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Diario de Sitges 2018 (IX): Calabazas y castañas

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Con lo bien que había empezado el festival, encadenando un peliculón tras otro, llevamos unos cuantos artículos que solo llego a las cuatro estrellas de forma esporádica. De hecho, comprobaréis que en el de hoy no hay ni una que alcance esa nota. Puede que el cansancio y la saturación de cine tengan algo que ver, pero poco en comparación con la política de programación de este certamen (y de cualquier otro). Desde siempre, el aluvión de títulos de primera línea llega durante el primer fin de semana, cuando hay mayor afluencia de público. Durante las jornadas centrales baja mucho la audiencia, porque la gente está trabajando, así que solo se proyectan uno o dos títulos punteros al día. El resto es fondo de barril donde te puedes encontrar alguna joya, pero también mucha mierda. El siguiente fin de semana vuelve a acudir el público en masa, pero entre que el palmarés se anuncia el sábado por la mañana (por lo que hay que proyectar todos los títulos de la Sección Oficial antes), que lo que se estrene ese día no va a tener pases en otro momento, y que el domingo se reserva a maratones de títulos que ya se han visto durante las jornadas previas, tampoco hay mucho más que rascar. Así que lo mejor ya lo hemos dejado atrás.



Sin duda, la película más esperada del día (y una de las más esperadas del festival) es LA NOCHE DE HALLOWEEN (), secuela directa de la cinta original de 1978 que decide borrar de la existencia toda la saga y los remakes posteriores. Así lo especifican claramente: Michael Myers fue detenido poco después de su noche sangrienta y lleva 40 años encerrado. Que repitan el error de querer trasladarle el mismo día que cometió sus crímenes en las dos ocasiones anteriores (de niño y cuando se escapó durante un traslado, oh casualidad) es uno de los muchos paralelismos que establece David Gordon Green con el film de John Carpenter, en ocasiones de forma tan absurda como esta.

Hay tres formas de ver la película. Una es como cinta de terror independiente de cualquier saga o referente, por su valor intrínseco como largometraje. Sin grandes alardes técnicos (salvo un plano secuencia bastante resultón) ni grandes escenas de tensión, la película cumple muy bien la papeleta. Tiene un ritmo que no decae en ningún momento, mucha acción, personajes interesantes y un malo expeditivo y sin compasión. No es nada que no hayamos visto antes, pero está resuelta con oficio. Otra forma de verla es como continuación de la original. Aquí aprovecha bien tanto las constantes del género como la mitología familiar creada por el evento inicial, que permite añadir una capa de complejidad a la relación entre víctima y asesino ausente en la primera entrega. Por contra, sacrifica el elemento de la caza, el acoso, la vigilancia de la presa que tantos minutos ocupaba en el film original, creando una sensación de amenaza invisible que aquí es sustituida por la pura fuerza bruta. Algo que funciona narrativamente, pero que hace que el film sea más plano en lo formal.

La tercera forma de ver el film, y sin duda la más divertida, es como una reinterpretación de la cinta original que actúa como universo-espejo, y donde las escenas que vimos en la anterior son recreadas a veces desde la fidelidad referencial, y otras desde la subversión absoluta. Así, el 'nuevo doctor Loomis' es un Spock con perilla, la versión oscura del personaje de Donald Pleasence; las nuevas víctimas guardan paralelismos con las anteriores hasta en su muerte, pero invirtiendo a veces el orden de su caída; y, sobre todo, Laurie Strode ocupa en muchas escenas el lugar de Michael en la película de 1978, convirtiendo al presunto asesino en una presa que no sabe de dónde vendrá el golpe o cuestionando la línea psicológica que separa la paranoia defensiva de la furia homicida. Esa visión posmoderna del mito, encajada a la perfección en un relato clásico, es su mayor baza.



Y de la original a la copia. Sobre el papel, HE'S OUT THERE () debería ser una castaña insufrible. Uno lee el argumento, ve las imágenes, descubre que su director (Dennis Iliadis) la ha desheredado y firma con seudónimo, y piensa que va a ser el enésimo slasher que sigue todos los tópicos más manidos del género de forma asquerosamente predecible, con personajes tan estúpidos que podrían morirse porque se han olvidado de respirar, de esos que son capaces de atrancar la puerta con un sofá cuando toda la planta baja está llena de ventanales gigantescos del suelo al techo. Y si pensáis que voy a decir que no es así, os equivocáis: es exactamente eso. Solo que hay un par de aspectos que la separan del rebaño y le dan un valor de implicación emocional que no tiene ningún derecho a tener.

Por un lado, el guion aumenta radicalmente la tensión con un recurso tan sencillo que es raro que no se use siempre: las niñas. Las víctimas del psicópata, encerradas en una casa de campo sin poder salir, son una madre y sus dos hijas muy pequeñas, una de las cuales está enferma y podría morir si no llega al hospital. Esta situación, que no es ni siquiera aprovechada en toda su extensión y llegado a un punto incluso se olvida, consigue transmitir un agobio constante por la indefensión absoluta de esta familia ante el carnicero. Aquí hay que romper una lanza en favor de Yvonne Strahovski, quien sin realizar alardes, se muestra siempre firme y creíble en su papel de madre coraje.

El otro punto del film es la humanización del asesino, algo que la aleja por completo de los monstruos anónimos nacidos de Michael Myers. Ocurre solo en un par de escenas, en las que la tensión se detiene por un momento para que ese ser repulsivo muestre su patetismo demasiado humano, incluso su torpeza. Y con esa poquita introspección, le da una pátina de tragedia griega a lo que no es más que terror funcional e impersonal.



Otro subgénero clásico del cine de terror son los compendios de relatos cortos. Pensad en Creepshow, Bolsa de Cadáveres, Los Ojos del Gato o incluso la serie Historias de la cripta y sabréis lo que os vais a encontrar de forma más que competente en NIGHTMARE CINEMA (), divertidísima colección de historias cuyo punto en común es un cine donde Mickey Rourke muestra a cada espectador sus pesadillas particulares para decidir si merece vivir o morir. Como ya hice con The Field Guide to Evil, las comentaré una a una.

Abre el film a saco Alejandro Brugués situándonos en mitad de un slasher que al principio parece una acumulación de tópicos, pronto encuentra su tono autoparódico y más tarde da un giro de 180º hacia otro subgénero que permite reinterpretar desde otra óptica todo lo visto hasta entonces. Está bien, pero la cosa mejora con Joe Dante, que tira de humor negro y cinismo crítico en una historia malsana sobre cirugía estética y culto a la imagen deformada. Ryuhei Kitamura tiene quizás el corto más flojo de la terna, por su caos narrativo y su ambiente cutrón; aunque claro, tiene a un obispo con una espada medieval matando y desmembrando niños poseídos, con brazos y cabezas volando por el aire, tras haberse follado a una monja, y eso es algo de lo que no pueden presumir muchos.

Con diferencia, la mejor historia es la de David Slade, rodada en un blanco y negro perturbador y sucio. Es una historia de locura y monstruos tratada desde la composición de una atmósfera densa y desquiciada, donde los ecos de David Cronenberg se confunden con el apocalipsis nuclear y La Escalera de Jacob. Formalmente es tan distinto y tan por encima del resto de episodios, que parece sacado de una antología distinta. Después llega Mick Garris para devolver la película al redil, con una historia de fantasmas que vendría a ser una versión oscura y verbenera de El Sexto Sentido, pero le cuesta un rato encontrar de nuevo el tono después de la ruptura de Slade. El resumen global, eso sí, es muy satisfactorio: es una película idónea para aficionados al terror sin complejos ni moralinas, el miedo como puro escapismo.



Y como no todo iban a ser sorpresas agradables (dentro de una calidad moderada), llega una película que parece hecha a propósito para que deje de dar la murga en las colas de prensa con lo mala que era La sombra de la ley. Porque SIETE CABEZAS () es tan mala en todos los sentidos, que en comparación el telefilm inflado de Dani de la Torre es hasta reivindicable. Por lo menos intentaba ser algo, aunque fuese un culturista con micropene. Esta es una garrapata demasiado vaga hasta para chupar la sangre, un despropósito aburrido de principio a fin cuya historia cabe en la cabeza de un alfiler y tiene la misma calidad que el poder de secado de una servilleta de bar.

Durante 234 horas subjetivas, asistimos a personas haciendo alguna cosa que otra sin interés, hablando de alguna cosa que otra sin interés, y un personaje es muy intensito pero muy suyo, como un Hannibal Lecter gurrumido que solo quisiese coser en su casa ante el fuego y mirar de abajo a arriba a la gente respirando fuerte. Por ahí hay una trama de animales muertos que nunca llega a nada y de repente, en medio del tedio absoluto con ínfulas de atmósfera malsana del Aldi, un diálogo te dice abiertamente de lo que quiere ir la película (el apocalipsis bíblico y los sacrificios y tal, cita textual y a casa a comer). De una forma tan torpe, por cierto, que parece que el guionista se despertó en ese momento y no entendía su letra, así que en vez de tirar lo anterior a la basura escribió dos frases y se volvió a la cama. Todo acaba en un clímax donde la violación de una mujer es tratada a modo de catarsis y desemboca en un epílogo que deja claro que aquí no ha pasado nada, ni apocalipsis, ni Hannibal, ni un mal polvo en la estepa: solo ronquidos de apatía y las lágrimas vertidas por los espectadores que han pagado una entrada para un somnífero sin receta cortado con polvos de talco.

Por ser más claro: una mierda de grande como una montaña.



En comparación, una mediocridad televisiva como KEEPERS () puede ser hasta simpática, aunque su nivel de entretenimiento sea solo ligeramente superior al de ver una partida de bolos entre ancianos de 85 años con parálisis cerebral. La premisa: hace mucho tiempo, en una isla desaparecieron sin dejar rastro tres fareros y nadie sabe qué fue de ellos ni tienen pistas. Esta es una historia inspirada en esa leyenda. Y, de todas las teorías que podría uno crear en base a ello, es la penúltima más sosa que uno podría escoger.

No hay nada en el film que justifique algo más que un corto, porque a nivel formal es bastante plana y la trama da muy poco de sí, esforzándose hasta lo indecible por reiterar eventos para llenar metraje de forma innecesaria. No hay suspense ni drama destacable, más allá de una escena de tensión resultona que es el núcleo del evento y que dura unos cinco minutos. Ni antes ni después hay nada más que destacar: solo Peter Mullan cumpliendo con oficio, Gerard Butler esforzándose al modesto nivel que puede alcanzar, y un jovenzuelo random haciendo de 'soy ignorante y temperamental' igual que cualquier joven random que hemos visto y olvidado en otras películas. Y poco más. Es una película tan gris como un cielo británico, así que solo se merece indiferencia.


@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 520 veces