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Diario de Sitges 2018 (V): Aislados y corruptos

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Una de las tareas más importantes para ir a un festival, sobre todo si vas acreditado, es saber organizarse en el tiempo y el espacio, algo que parece que viene de serie en el ser humano pero que es más complicado de lo que parece. Comparemos el domingo con el lunes: en ambos días he visto cinco películas de duraciones similares, tres en Auditori y Tramuntana (salas que están a las afueras de Sitges) y dos en Retiro y Prado (cines situados en el centro de la ciudad). Como sabréis, Sitges es una localidad de playa, así que se extiende por toda la línea de la costa, no circularmente, lo que significa que se tardan 15 minutos al menos en llegar de una zona a la otra. Pero tanto hoy como ayer solo tuve que hacer un viaje de subida y uno de bajada. ¿Por qué entonces ayer estuve con el agua al cuello para comer y escribir el artículo, mientras que hoy he podido sentarme en una terraza tranquilamente y escribo esto en un hueco de tres horazas entre pase y pase? ¿Y qué es mejor, estar encadenado al Hotel Meliá hasta las 22 horas o pasar la tarde en el pueblo con breves visitas al apartamento? Pues, sinceramente, organizarse mejor de lo que yo lo he hecho este año. O de lo que la programación me ha permitido.



En cualquier caso, tener un hueco tan amplio me permite ordenar los pensamientos sobre una maravilla que pude ver ayer y que prefería reservar para cuando tuviese espacio para explayarme. UNDER THE SILVER LAKE () es la siguiente película de David Robert Mitchell tras triunfar en el festival con la soberbia It Follows, y aunque en esta ocasión el recibimiento ha estado más dividido, para el que escribe estas líneas es una obra maestra incontestable e inabarcable en un único visionado. De hecho, con más libertad para cambiar las entradas, habría sacrificado alguna otra cinta para poder verla de nuevo y disfrutar como un gorrino de sus 139 minutos de locura angelina.

Se podría escribir un artículo entero mencionando y diseccionando los referentes argumentales, estilísticos y tonales del film: desde Raymond Chandler hasta Bret Easton Ellis, desde David Lynch hasta los hermanos Coen (más los de ¡Ave, César! y El Gran Lebowski que los de No Es País Para Viejos y Valor de Ley), desde el cine noir clásico hasta los dramas intensos de grandes divas, desde el musical de Bob Fosse hasta el suspense de Alfred Hitchcock, desde la leyenda negra de Hollywood vista por Kenneth Anger hasta el culto de Charles Manson y los excesos de la era hippie, desde Chinatown hasta Puro Vicio... Sin embargo, se puede resumir en una frase: es una película sobre Los Ángeles, no tanto una ciudad como una filosofía de vida que infecta a los que viven en ella. Esto implica mirar a la cultura del éxito vacío y al éxito de la cultura vacía; explorar la necesidad materialista del objeto y el icono tanto como la creación de mitos fantásticos, sustitutos ambos de una religión inexistente y una cultura basada en el pastiche; navegar por las aguas de la droga, la fiesta, el hedonismo y la enfermedad mental, aspectos distintos de una misma huida de esa realidad que duele porque no es una película; buscar misterios, relaciones espúreas, significados ocultos y conspiraciones oligárquicas como método existencial para dar sentido a una vida sin rumbo; retratar la ciudad de los grandes sueños rotos y las falsas promesas luminosas como la hermosa fachada que impide ver una realidad de pobreza en las calles, prostitución de lujo, muertes sin sentido y revolución fabricada en serie.

Toda esta amalgama de temáticas no están tratadas desde la verborrea argumentativa, sino desde una trama absurda y llena de giros, una intriga tan prosaica como compleja, repleta de callejones sin salida y puntos de vista deformados y poco fiables, tan llena de recovecos que es imposible saber qué camino tomará a continuación. Mitchell integra sus mil referentes en un estilo visual tan personal como reconocible, heredero lisérgico del technicolor de Nicholas Ray, y con una narración absorbente, hipnótica, con grandes dosis de humor y surrealismo, que es capaz de plasmar al mismo tiempo la melancolía y la joie de vivre de un lugar marciano, situado en otro planeta anímico. El resultado, excesivo en todos los sentidos, es indescriptible. Un paso de gigante para convertirse en un autor de referencia mundial y una de las cintas americanas más importantes de los últimos años. Por si pensábais que os iba a bajar las expectativas.



Podría seguir hablando de ella, porque siento que no he rascado ni la superficie de toda su riqueza expresiva, pero habrá que tratar también las otras películas. Curiosamente, I THINK WE'RE ALONE NOW () podría funcionar como su secuela espiritual, sobre todo en su tramo final. La historia que cuenta ya la hemos visto muchas veces: después de un apocalipsis que ha acabado con toda la humanidad, el último hombre sobre la Tierra se encuentra con otra superviviente, una chica que trae el caos y la entropía a su rutina ordenada y metódica. Es una historia tratada de forma tierna y sobria por Reed Morano, con el gran acierto de coger a Peter Dinklage para su personaje principal. Aparte de que es un actor enorme, le permite añadir una nueva capa dramática a su soledad, convertirla en un reflejo liberador del rechazo que tuvo que vivir en sociedad antes de la debacle por ser diferente.

Sin embargo, todo esto está muy manido y prácticamente es el manual a seguir para rodar un drama postapocalítico, por mucho que esté escrito y rodado con suma solidez. El giro, que intentaré no desvelar, viene en su último acto y en una revelación que entra dentro de lo esperable para el subgénero excepto por un detalle muy loco (sin ser lo mismo, digamos que se da un aire a lo que se desvela al final de Déjame Salir) que le da una dimensión totalmente distinta a la historia. De hecho, la convierte en una crítica mordaz del capitalismo amoral, de la explotación femenina por parte del statu quo, del desierto cultural en que se ha convertido la sociedad actual, donde se prima ante todo el placer y la felicidad narcisista y se olvida por completo cualquier referente artístico e intelectual que pueda añadir emociones no deseadas al paraíso. Una propuesta discursiva que ha creado división de opiniones.



Otro film que se basa en dos personajes aislados y rechazados es THE DARK (), cuento infantil oscuro que podría haber nacido de la mente de Tim Burton o Guillermo del Toro. Si alguno de ellos se hubiese hecho cargo del film, probablemente se habrían solucionado la mayoría de los problemas que le afectan y que impiden que sea todo lo bueno que podría ser. Esa creatividad visual, ese sentido de la magia y el terror sugerente, esa capacidad para hablar sobre mundos interiores en cada plano sin necesidad de crear poemas compositivos, habría añadido ese condimento indispensable que le falta a la película, correcta en su puesta en escena pero demasiado parca en recursos narrativos.

Es una pena que haya este desapego emocional con la historia, porque es un retrato perturbador de los estragos psicológicos que provoca el abuso (físico, mental, sexual). La impotencia para hacer frente al maltratador, que corroe por dentro y por fuera a través de la rabia contenida; la sensación de miedo e indefensión, que se traslada en una dependencia emocional que destruye la identidad de quien sufre el abuso; el desapego y la falta de confianza que se padece respecto a las personas ajenas a este círculo vicioso, que provoca su rechazo incluso cuando desean ayudar; la sombra insistente que proyecta el abusador sobre la víctima incluso después de desaparecer, incluso cuando ya no puede hacer más daño. Son temas tratados con delicadeza y ternura, con una profunda tristeza por esas inocencias perdidas, que sin embargo deja una puerta abierta a la esperanza de hacer frente a los traumas. El desarrollo como película de género para actuar de cápsula a estos sentimientos es lo que cojea, no de forma fatal pero sí fundiendo sus alas antes de alcanzar una altura significativa.



Todavía se puede reducir aún más la ecuación de los personajes: ÁRTICO () es un one-man-show de Mads Mikkelsen como náufrago en el, ejem, Ártico, una aventura primitiva y básica donde la supervivencia es lo único que importa. Un hombre solo perdido en el lugar más inhóspito e inhabitable sobre la faz de la Tierra, ¿qué posibilidades puede tener de salvarse? ¿Y qué opción tenemos nosotros, como espectadores, si no es aburrirnos con tan escaso argumento y tan limitadas variaciones en la trama?

Dejando a un lado que Mads podría estar leyendo la guía telefónica o mirando fijamente a cámara durante dos horas y tiene un magnetismo y potencia actoral que hacen imposible despegar la mirada de él, Joe Penna consigue componer un film apasionante de principio a fin. Sin prisas ni excesos, con un lenguaje puramente visual, porque, ¿con quién va a hablar Mads en medio de la nieve? ¿Con un oso polar? ¿Con una trucha? ¿Con una víctima en coma que debe arrastrar por lo que parecen mil kilómetros de montañas y peligros y retos inhumanos que debe afrontar con dos cojones más grandes que el jumbo con el que se estrelló? No hay lugar para las palabras, solo para los hechos, así que lo más importante es mantener un ritmo firme y cuidar la puesta en escena para situar geográficamente al espectador en el mundo nevado y sin apenas relieves que debe atravesar nuestro héroe. Y ambas cosas se resuelven con nota en lo que es una epopeya homérica tan primaria como satisfactoria. Claro que, si queréis una experiencia inmersiva de verdad, probad a verla bajo el aire acondicionado del cine Prado a -2ºC.



Para culminar el artículo me he dejado otro danés con el pepinazo del lunes: THE HOUSE THAT JACK BUILT (), también conocida como la nueva travesura de Lars von Trier. A estas alturas, quien no se haya dado cuenta de que la única razón de ser del realizador es cachondearse de los espectadores, es que no ha estado prestando atención. Puede ser en modo de ofensa, de provocación, de autofelación, de insulto, de exceso, de ruptura formal o de destrucción de tabús, pero Lars siempre está jugando. Puede que sus intenciones sean nobles y progresistas o que ese día lo tenga tonto y quiera escupirle a la sociedad una machada neonazi a ver cómo reacciona, porque su cine no solo existe en la gran pantalla sino también en la platea, pero siempre, siempre, es un cómico a quien se la sudan los límites del humor.

Ninguna película suya más diáfana que esta para ilustrar esta gran broma. Lo que podría ser un thriller perturbador o un torture porn en manos de cualquier otro, Lars lo plasma como una comedia negrísima llena de una brutalidad física y moral que pone a prueba la ética del espectador. Cada acto de Jack (increíble Matt Dillon) es más atroz y desagradable, cada una de sus opiniones y cada uno de sus diálogos son más polémicos y ofensivos, y Lars no oculta en ningún momento que esa es su baraja. Incluso te muestra sus cartas abiertamente, introduciendo un comentador que cuestiona a Jack desde el sentido común y le indica repetidas veces que es un monstruo, que sus justificaciones sobre el poder transformador del arte, los iconos culturales o la inteligencia femenina son absurdos y demagógicos. Sube incluso la apuesta identificándose a sí mismo con Jack, introduciendo el discurso sobre si creador y creación son indisolubles o no utilizando su propia obra (y todas las sensaciones desagradables que nos despierta) como ejemplo. Remacha la jugada explicándote abiertamente que las historias seleccionadas de cinco de sus decenas de víctimas (todas ellas mujeres, todas ellas estúpidas, como bien remarca verbalmente) son las que más le divierten, pese a que lo mostrado en ellas sea grotesco, demencial, brutal, sin capacidad de redención.

Y, pese a todo ello, pese a dejarte claro que Jack es un asesino pusilánime y fracasado sin ninguna cualidad positiva, que sus víctimas no han hecho nada para merecerse su destino (quizá Uma Thurman sí), y que va con toda justicia directo al infierno (casi) más hondo, en un final pictórico quizás demasiado alargado, pese a todo ello todavía tienes la sensación final de querer que Jack se salve. Y de esa forma, entronca con los discursos que ha ido mostrando durante todo el film: la atracción enfermiza que sentimos por un villano carismático, el silencio y la indiferencia ante la voz y los gritos de ayuda de las víctimas, la capacidad del arte para transformar la realidad de un modo emocional. Lars ha mandado a Jack al infierno, ¿qué has pensado y sentido tú, espectador? Sé sincero contigo mismo y quizá puedas sacar una lección sobre quién eres.

El puto Lars es el troll más grande del mundo.


@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 467 veces