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Diario de Sitges 2018 (III): ¡Autor, autor!

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Tercer día de festival y ya se empieza a perfilar una constante en esta edición: la abundancia de directores que imponen su sello sobre el producto. Esto puede parecer prosaico en un certamen de cine, donde se supone que se selecciona lo más destacado del panorama actual, pero en una cita de de este tipo no suele ser tan frecuente. El terror, el fantástico, la acción o el thriller son géneros que se ofrecen al oficio, al director artesano que piensa más en la efectividad de la propuesta que en darle cualquier tipo de personalidad propia. La serie B en especial, tan propicia para Sitges, tiene unos rasgos identitarios particulares que están por encima de cualquier búsqueda de la estética y otra clase de consideraciones artísticas. Por eso, este inicio de festival de Lucas, Gaspares, Timos, Quentines y la fauna que puebla el artículo de hoy, es una rara avis en los seis años que llevo acudiendo a tierras catalanas.

La película que mejor ejemplifica este rumbo autoral es la demencial MANDY (), cuya sinopsis puede llevar a pensar que se trata de un mero film de venganza a lo John Wick con Nicolas Cage a la cabeza, es decir, carne de videoclub. Nada más lejos de la realidad: se trata ante todo de una obra de Panos Cosmatos, que impregna cada fotograma con su estilo denso y atronador, buscando nuevos significados en una historia de corte clásico hasta convertirla en un viaje a los infiernos con textura psicotrópica.

Desde un sentido puramente plástico, estamos ante una obra de arte asfixiante por excesiva. El uso de los colores hipersaturados como vehículo para expresar el amor y el horror, el carácter onírico de las composiciones de plano (desde el sueño hipnótico de su primer tramo de felicidad, hasta la pesadilla desquiciada de sus últimos compases, pasando por los ecos demoníacos de sus villanos cenobíticos), la banda sonora electrónica metalera que rasga el ambiente como si una motosierra descuartizase la realidad... Todo el aspecto estético está cuidado para trascender la historia, para darle una cualidad inmersiva y sofocante hasta el punto de saturar y pasar en más de una ocasión la línea de lo gratuito, alargando determinadas escenas y recursos narrativos cuya función no es tan compleja para ser empleados con tanta asiduidad.

Esto, que provoca un enlentecimiento del ritmo más acusado en su tramo central, deja de ser un problema cuando la violencia explosiva entra en escena. La orgía de sangre se convierte en una catarsis emocional insatisfactoria, en tanto que el camino de la venganza no conduce a la paz sino a la locura. Cada nuevo paso que da el sobreactuado (para bien) Cage lo sitúa más lejos de la realidad, cada acto de crueldad lo lleva un paso más cerca de ser su propio Dios inclemente, tan alejado de este planeta horrible que es capaz de encontrar el suyo propio. Es una película para experimentar, pero no es en absoluto una experiencia fácil de asimilar o de disfrutar.



Algo parecido se podría decir de la más modesta PIERCING (), segundo film de Nicolas Pesce tras The Eyes of my Mother. En esta ocasión adapta en unos parcos 80 minutos una novela de Ryu Murakami sobre un hombre de familia obsesionado con matar que contrata a una prostituta para ser su víctima, algo que obviamente no saldrá como espera y que da lugar a un juego del gato y el ratón, la víctima y el verdugo, que ya hemos visto tratado de diferentes formas en otras películas como El Coleccionista o El Hilo Invisible.

A diferencia de su anterior film, rodado en un blanco y negro clásico, Pesce sitúa su historia en una ciudad de juguete con colores vivos y sintetizadores a todo trapo, como salida de la estantería más underground de un videoclub de los 80, buscando siempre la conjunción entre el cine exploitation (con su toque cómico y su regodeo en lo truculento) y el aura autoral del primer Brian De Palma (con sus perspectivas cambiantes y sus pantallas partidas). El propósito de este proceso es explorar la cultura del sadismo y la violencia desde el punto de vista de su patetismo, indisociable de una autoestima fracturada y de un sentido de la identidad alienado. Y en el proceso, construir una historia de amor basada en la psicopatía compartida. ¿Le sale la jugada tan redonda como pretende? No del todo, porque Pesce todavía no maneja el ritmo con soltura, la historia se desarrolla de forma irregular y no llega a ofrecer ninguna revelación temática o emocional que no se haya plasmado de forma más redonda en otras cintas. No es un paso atrás para él, porque explora recursos estéticos radicalmente distintos de su ópera prima, pero tampoco es una evolución artística significativa.



Otra que sufre un bajón de ritmo en su tramo central es AMERICAN ANIMALS (), pero es prácticamente lo único negativo que se puede decir de un thriller de atracos sorprendente no por lo que cuenta, sino por cómo lo hace. Bart Layton toma una decisión narrativa radical que le permite multiplicar la riqueza emocional del relato: compaginar la narración recreada de un hecho real con entrevistas a las propias personas que estuvieron involucradas en el crimen, que no solo ayudan a la introspección en los personajes, sino que se introducen en la propia película para modificarla, comentarla o enfrentarse a sus propios yos ficticios. Una pirueta que combina el documental con la ficción y consigue mayor complejidad que si hubiese optado por una sola de estas opciones.

Además de este recurso, la historia está planteada desde la amargura absoluta: los personajes nacen de un vacío existencial creado por sus propios egos rotos, por esas promesas culturales del sueño americano que se revelan falsas o inalcanzables porque ni llegando a ellas se alcanza la felicidad: evolucionan hacia un golpe con el único motor de la inevitabilidad del crimen en una sociedad corrupta, impelidos por una fuerza inmoral que son incapaces de repeler por mucho que su conciencia les atormente; y acaban derrotados no por haber fracasado en su plan, sino por la culpa de sus actos más atroces, de haber sido capaces de llegar a esos extremos sin ser capaces de deternerse a sí mismos. Es una desmitificación del género que la aleja brutalmente de films como la saga Ocean, que ocultan bajo capas de estilo y ritmo una glorificación de la amoralidad, y la emparenta directamente con la cara más pesimista del neonoir, como Fargo o No Es País Para Viejos.



El americano Jordan Downey también tiene cierta intención de convertirse en un autor, motivo por el cual THE HEAD () tiene interés hasta cierto punto. La puesta en escena es sólida, la idea de base (un cazador de monstruos que debe enfrentarse al que mató a su hija) es prometedora, y el enfoque elegido tiene potencial: un solo actor con escasos diálogos, lo que permite una narración más primaria, enfocada en contar la historia visualmente. Sin embargo, todo ello está desarrollado de forma profundamente mediocre porque el guion no es más que un corto alargado a 70 minutos.

Para empezar, la decisión de tratar las cacerías del protagonista desde la elipsis resulta curiosa la primera vez, pero a la cuarta es innecesariamente reiterativa. Vemos al personaje partir de su cabaña e inmediatamente volver, sin que nos haya presentado nada en el interludio, ni siquiera un mínimo atisbo de sus estrategias para cazar, o alguna secuencia de suspense. Ni siquiera hace falta que use el presupuesto con el que no cuenta para mostrarnos algo directamente, porque si algo sabía gente como Val Guest o Jacques Tourneur es que ocultar el horror es más efectivo que enseñarlo, pero también eran conscientes de construir escenas donde ese miedo esté presente, aunque no esté en el plano. Esto es lo que intenta hacer en su segunda mitad, una persecución en medio de la noche a una criatura propia de serie Z casposa que, sin embargo, está tratada desde la seriedad más afectada. Precisamente por haber escatimado en anteriores enfrentamientos, no hay sensación alguna de peligro o tensión, y la búsqueda pronto se hace repetitiva e insulsa. El giro final, propio de un cortometraje resultón o de una antología televisiva pero obvio para un largo, no contribuye a hacer que la historia merezca la pena.

Frente a todos estos intensitos de cuidado, es refrescante ver una película sin prejuicios que lo único que busca es divertir aunque no tenga ningún sentido. Eso es lo que ofrece ATERRADOS (), cinta argentina presentada por el propio director echándose a sí mismo una cantidad de mierda innecesaria (“este proyecto no lo quería hacer nadie durante años”, “cuando me ofrecieron dirigirla lo hice sin ganas”, “no sé si habrá salido bien, espero que sí porque desde niño quise venir a Sitges”...). A ver, Demián Rugna, quiérete un poquito más a ti mismo. Que tampoco hace falta dar tanta pena para que te aplaudan.

Como decía, no hay que buscar ninguna lógica a lo que sucede porque no hay reglas. Rugna nunca se preocupa por plantearlas ni mucho menos por respetarlas, así que los espíritus pueden aparecer de cualquier forma o hacer cualquier cosa (o no hacerla), porque todo vale. Además, los personajes son inexistentes por la propia estructura del film, que va cambiando de uno a otro en lo que en realidad son perlas cortas de terror encadenadas de forma más o menos consecuente. Pese a ello, el film funciona perfectamente si uno se abandona a la experiencia, como un tren de la bruja donde sabes que en cada esquina puede haber un monstruo dispuesto a asustarte, qué más da cuál sea o de dónde salga. Cada escena está resuelta con solvencia, con un sentido estético muy acertado y un manejo de la tensión bien medido. Es más, el argentino le insufla una gran dosis de humor (negro y absurdo) a la historia que acaba por cimentar esa sensación de que aquí hemos venido a pasárnoslo bien. No me cabe duda de que si James Wan llega a ver este film, fichará a Rugna para la próxima entrega de Insidious. Al fin y al cabo, esta es una pariente no tan lejana.


@DamnedMartian

 

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