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Diario de Sitges 2018 (II): Sangre y plomo

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Tantos años e introducciones hablando de la tortura que era levantarse a las 7 cada día para pillar las entradas del día siguiente, una lotería con 600 personas bloqueando la web y agotando entradas en segundos, han surtido efecto. Gracias a la presión y las continuas quejas de la prensa, el festival ha cambiado el sistema. Para esta edición, abrieron una semana antes la reserva para todos los días y salas, algo que se presumía caótico al tener que coger 40 tickets de una tacada, pero que ha funcionado perfectamente: toda la gente con la que he hablado ha podido reservar todas las películas que quería, y el estrés de las mañanas se ha reducido exponencialmente. Uno duerme mejor (y más) cuando sabe que ya lo tiene todo planificado y no tiene que estar despierto y alerta a una hora en concreto, que solía ser al menos 20 minutos antes de lo necesario para llegar al primer pase. Gracias, gente de la organización. No os he echado muchos piropos estos años, pero este os lo merecéis.



Empecemos por el producto nacional. Suelo tener la regla de no ver cine español en Sitges porque todo lo que se estrena aquí acaba siendo una basura. Hasta ahora podía pensar que esta maldición solo afectaba al cine catalán, pero demostrando que El Pacto no fue una casualidad, Atresmedia se ha sumado con gusto a la porquería. Porque eso es LA SOMBRA DE LA LEY (): una bazofia chabacana con ínfulas, ese tipo de cine histórico entre el drama culebronesco y el thriller de novela de aeropuerto que parece escrito por un comité de gente que no ha visto nunca una película, de esos batiburrillos que Hollywood nos presenta tan a menudo y son el hazmerreír de cualquiera con un mínimo de paladar, pero encima empeorado por un realizador que se cree que está rodando Ciudadano Kane cuando el resultado se parece más a La ciudad no es para mí.

Hay que decir que la película no engaña: desde el primer minuto es evidente que quiere copiar (mal) el cine del otro lado del charco. O mejor plagiar directamente, porque para qué absorber influencias y volcarlas a tu manera cuando puedes copiar plano a plano escenas de films que te gustan, ¿no? En cinco minutos tenemos El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, Uno de los nuestros, Alas y Érase una vez en América, y a partir de ahí es un no parar porque Dani de la Torre quiere utilizar todos los truquitos visuales que ha visto en otras películas (planos secuencia, travellings laterales y circulares, planos molones con muchas siluetas, drones como si no hubiera un mañana...), pero sin ningún criterio narrativo en absoluto, solo porque queda guay. Es una sacada de chorra en la fiesta de cumpleaños de tu sobrino de 7 años: impacta, pero por los motivos incorrectos. No tiene ni puta idea de qué expresa cada recurso, los usa hasta saturar, de forma inconsistente y sin que aporten nunca nada.

Esta labor no maquilla, sino que refuerza la sensación de vacío de un guion que va saltando sin orden ni concierto de hilo en hilo a base de topicazos, frases de manual, personajes esquemáticos, subtramas de folletín y huecos de lógica, con ratos largos donde se olvida por completo de su trama principal y otros donde desearías que lo hubiese hecho. Su romanticismo es sensiblería, su epicidad es horterada, su sentido del suspense es inexistente, su visión histórica es de tertuliano mañanero y su coherencia es la misma que una ardilla de color verde que baila claqué sobre un barco en llamas. Todo puntuado por una música intrusiva y apolillada, a caballo entre el Hans Zimmer más rimbombante y el Ennio Morricone más empalagoso. Para rematar la jugada, la mayoría de las actuaciones son falsas e impostadas, lo que le da un aire de serie de Antena 3 estilo Velvet o El Secreto de Puente Viejo, pero con más dinero. Cine escoria con envoltorio de Ferrero Rocher.



En el lado opuesto del espectro creativo, presupuestario y de calidad se encuentra ONE CUT OF THE DEAD (), película que, salvo que aparezca una obra maestra incontestable, va a ganar como mínimo el premio del público. Ovación en pie de toda Tramuntana durante 5 minutos para el reparto que ha ido a la presentación, y si llega a estar el director lo sacan a hombros por la puerta del Auditori y le ponen su nombre a una calle. Y todo ello se lo merece.

El film se presenta como una comedia de zombies sobre un equipo que rueda una película de este género y se ve envuelto en un apocalipsis de muertos vivientes. Y no es una definición para nada exacta, pero mejor no desvelar nada más, porque guarda multitud de sorpresas que la convierten en una maravillosa oda al cine, y en especial a esos creadores independientes que tienen que tirar de creatividad e improvisación para conseguir un resultado parecido a lo que sus sueños más locos han querido contar. Ed Wood por la vía de Qué ruina de función, referentes ambos a los que nada tiene que envidiar ni en narrativa (de una sencillez aparente que oculta una enorme complejidad), ni en emoción, ni desde luego en carcajadas. Y es que cada pieza que se muestra, por nimia que parezca, puede tener un doble significado inesperado que no solo arranca la carcajada, sino que avanza la historia un poquito más hacia ese mensaje tan hermoso de qué es el Cine y cómo esos locos geniales se desviven por hacer que nuestra imaginación vuele.

¿No he hablado nada de terror ni de zombies? No, no lo he hecho. Pero aquí hay brazos amputados, vómitos asquerosos, cubos de sangre, cadáveres que reviven, estrategias de defensa personal que hacen 'pom', hachazos en la cabeza y un buen puñado de decapitaciones. De esas que unen a una familia y se acercan mucho al arte, aunque solo sea espectáculo.



Mucho, pero que muchísimo más salvaje y sangrienta es THE NIGHT COMES FOR US (), otra de esas películas que el público de Sitges disfruta como gorrinos, y que es sin lugar a dudas la cinta de acción más bruta de la historia. Imposible llevar la cuenta de la cantidad de mutilaciones, huesos rotos, cuchilladas, hostias como panes, balazos, atropellos y demás casquería que se suceden sin apenas parar en esta absoluta barbaridad, este chute de adrenalina con un alarde de dirección soberbio que, si bien no llega a las cumbres creativas de la saga The Raid, mantiene un nivel de brillantez rabiosa y alocada que en Hollywood ni lo huelen.

La pega, como siempre en este tipo de películas, es un guion servicial cuya historia importa bastante poco y que cae en lo sensiblero de vez en cuando. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría con otras cintas como Headshot o La Villana, al menos no dan ganas de cortarse las venas cada vez que la acción se detiene durante lo que parecen siete horas. En este caso, los interludios están reducidos a la mínima expresión y el dibujo de la trama también, lo que le permite evitar esos problemas. Es todo pura explosión de salvajismo burro con personajes-cromo coleccionable con puntos de vida y habilidades especiales. Hasta tal punto es anárquica en su tratamiento narrativo que uno de los personajes parece salir de otra película que se está desarrollando de forma paralela, entra en la trama, tiene su función y sale de la misma forma que entró para continuar con su historia, que nunca llegamos a conocer. ¿Deus ex machina o recurso original? Al tercer degüello con torrente de hemoglobina, o te importa tanto que abandonas la película, o te la trae tanto al pairo que te abandonas a la catarsis de carne y sangre.



Hablando del maestro Gareth Evans, responsible de The Raid, su nueva película se llama EL APÓSTOL () y, como la anterior, es una producción de Netflix que en breve tendréis disponible en esta plataforma. En esta ocasión, el director se aleja del cine de acción para rodar un thriller sobrenatural de sectas, algo que ya hizo en el mejor episodio de V/H/S/2 de forma más salvaje y terrorífica de lo que busca transmitir con este film. Y no porque ande corto de brutalidad, tensión, sangre y locura, pero está menos concentrada y con un argumento que se adentra en una temática bastante más compleja.

Evans utiliza los lugares comunes de este tipo de historias: la comunidad cerrada llena de secretos, el puritanismo sexual, el rechazo al extranjero, los ritos inhumanos... Los combina con buen ojo, haciendo que la atmósfera sea cada vez más sofocante, con una tensión in crescendo que va dando paso al horror más visceral, al mismo tiempo sobrenatural y excesivamente humano para situarnos en esa cómoda zona de confort donde todo ocurre en un mundo fantástico. Pero todo eso es solo el vehículo para narrar la historia de cómo el hombre pervierte la espiritualidad, corrompe su relación con la divinidad en un círculo vicioso de explotación egoísta que solo sirve para intoxicar la mente y el cuerpo. Esta visión teológica abarca también el medio ambiente, enfocando este aspecto desde ese lado primario de la divinidad en el que se asocia a la madre tierra. Nuestros dioses son al fin y al cabo un mero reflejo de nuestras peores pasiones: nuestra codicia, nuestro ansia de poder, nuestra podredumbre moral. Todo ello culmina en una necesaria extinción como paso para el renacimiento más puro.

De esta forma, una película perturbadora en la superficie es también rica en el análisis. Un señor peliculón el que se ha marcadao de nuevo el británico adoptado por los indonesios.



Y para acabar, una cinta de la que no hay mucho que decir porque tampoco tiene grandes aspiraciones artísticas más allá del puro placer de la serie B bien ejecutada. NEKROTRONIC () es un delirio con demonios que invaden internet para propagarse, corporaciones malignas, caballeros andantes con superpoderes, espectros-mascota e impresoras 3D de espíritus. Una mamarrachada sin complejos que bebe de fuentes tan carismáticas como Golpe en la Pequeña China o Un Hombre Lobo Americano en Londres, pero que también tiene mucho de serie televisiva estilo Embrujadas o cualquier producto de Syfy o The CW, y no de las primeras temporadas, sino de las más avanzadas cuando ya han perdido todo el sentido del ridículo y lo único que importa es darlo todo en todo momento sin importar lo loco que sea.

¿Es una buena película? Está rodada de forma cutre pero competente, los actores tiran de energía y autoparodia porque saben que nada a su alrededor va en serio, y al guion le importa tres mierdas lo que tú pienses siempre que la historia continúe en movimiento constante. Así que no, no es lo que podríamos llamar una buena película en una reunión del club de la Filmoteca, pero sí que es una buena película si lo que queremos es pasar un rato divertido entre amigos y cervezas. Que es lo único a lo que aspira, así que misión cumplida.


@DamnedMartian

 

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