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Diario de Sitges 2018 (I): Anticlímax

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El año pasado, llegar a Sitges desde Murcia estuvo lleno de suspense: referéndum con carga policial, gritos de independencia, mensajes regios del Preparado, piquetes y barricadas en las vías del tren... 2018 tenía el listón muy alto y, obviamente, no lo ha alcanzado. Las 7 horas hasta Barcelona y la otra hora de ahí a Sitges pasaron sin más incidentes que el señor que pidió en el bar del tren una Cruzcampo conscientemente, como si eso no fuese pis de gato, lo cual es una anécdota de mierda para empezar esta serie de artículos. Eso pensaba yo a las seis de la tarde, pero como a la una de la madrugada estaba bebiendo un chupito de vodka caramelo tras seis cervezas en la noche flamenca de un pub con las paredes cubiertas de retratos de drag queens y folclóricas, incluida una foto gigante de Rocío Jurado firmada por la más grande, mientras un camarero ruso que hablaba cinco idiomas se quejaba a cuatro catalanes y un murciano de por qué tenía que aprender además catalán, digamos que este año hemos empatado.



Empecemos con la película de inauguración y una de las más esperadas de esta edición y en general de todo el año cinéfilo. SUSPIRIA () es una experiencia tan desconcertante como sus 152 minutos de duración podían indicar. Con tantas similitudes como diferencias argumentales respecto al giallo original, el film no está en absoluto preocupado por continuar su legado o por respetar cualquier planteamiento estético o mitológico establecido por Dario Argento. De hecho, el film entronca más con el expresionismo alemán (no en vano se sitúa en el Berlín de 1977) que con el rococó policromado del italiano. No que no quiere decir que haya mayor contención estilística, más bien al contrario: la película está tan sobrecargada de recursos visuales, tan asfixiada en cada segundo por decisiones expresivas, que a veces da la sensación de que Luca Guadagnino (o Guadaniño, como lo ha llamado Ángel Sala) ha querido hacer siete películas distintas que están todo el tiempo dándose codazos por ser la que salga a la luz.

Esta saturación de estilo, que no siempre parece guardar una coherencia, acaba por descolocar tanto que el guion va a trompicones, la historia circula por meandros poco definidos, los personajes no llegan a delinearse con claridad, y todo el ambiente sociopolítico que sirve de contexto para situar el relato no llega a asimilarse con lo que cuenta para construir una metáfora sólida. O quizá sí que lo haga, pero sean necesarios varios revisionados para encajar las piezas que Luca pone sobre la mesa, y que exigen una complicidad, atención y capacidad de análisis que, al menos en este primer visionado, han estado por encima de mis posibilidades.

Ahora bien, es innegable incluso en este primer acercamiento que tiene dos escenas que no solo no tienen nada que envidiar a las cumbres de la Suspiria original, sino que en comparación consiguen que Argento parezca un aprendiz. El baile-tortura de la sala de espejos y el tremebundo clímax final son, sencillamente, increíbles. Lo mejor que nadie ha rodado este año en ningún medio audiovisual.



Y hablando de clímaxes y de autores que tiran de saturación sensorial, lo nuevo de Gaspar Noé se llama precisamente CLIMAX (), un título un tanto engañoso respecto a lo que ofrece, en especial porque Gaspar Noé no es capaz de sostener el ritmo del film durante unos limitados pero, a tenor de la parquedad de contenido que tiene, excesivos 97 minutos.

Hay que decir que la intención de Gaspar Noé es evidente desde el primer momento: un asalto sensorial absoluto como camino inevitable para transmitir el descenso a la locura de los personajes. Así, la puesta en escena comienza desde la moderación visual, dejando que la descarga de energía se centre en los cuerpos danzantes de los protagonistas, abandonados a la música hasta el punto de la extenuación. Repitiendo recursos de anteriores filmes, este tramo oscila entre los planos secuencia y los clips breves con la cámara estática y pequeños fundidos a negro, que sirven para contextualizar a través de microdiálogos el carácter hedonista de cada bailarín. Poco a poco, el estilo de Gaspar Noé se va haciendo más frenético y lisérgico, los sonidos se desdibujan, las imágenes se asfixian y retuercen al tiempo que la cordura va dejando paso a la paranoia, la enfermedad, la violencia y el deseo. Es decir, poco más o menos lo que ya hizo Gaspar Noé en Irreversible, lo que unido a lo repetitivo de los eventos que presenciamos, hace que la fuerza con la que empezó se vaya diluyendo.

Si os ha parecido que he mencionado demasiadas veces el nombre de Gaspar Noé durante este breve texto, eso es porque tiene un ego tan grande que ni siquiera mencionando su nombre media docena de veces estaría satisfecho. Este ombliguismo sea seguramente el que no le deje ver que su voluntad de transgresión se ha quedado un tanto estancada tanto estilística como temáticamente, lo que empieza a evidenciar que su discurso es, en el fondo, profundamente conservador.



Otro que se ha acomodado un tanto, o por lo menos en esta ocasión solo quería hacer una pequeña pieza de cámara para oxigenar su cerebro de la completa locura estructural que fue Réalité, es Quentin Dupieux. AU POSTE! () tiene su sello inconfundible: humor absurdo, gags irreverentes, juegos de distintos planos narrativos que se entrecruzan y mezclan, y sobre todo un estilo que busca hacer marciano lo cotidiano. Solo que en este caso, en menor cantidad que en sus anteriores films.

El caso es que todo funciona bastante bien en la película, construida en torno a un interrogatorio tan prosaico como inacabable y cada vez más loco. Todo lo que Dupieux intenta le sale bien: es muy graciosa, tiene personajes memorables, el supuesto misterio va cobrando intensidad conforme se vuelve más estúpido, y la teatralidad de la puesta en escena es aprovechada para unas intrusiones narrativas brillantes a la par que esquizofrénicas. Es puro Quentin... Solo que, de nuevo, no es terreno nuevo para él ni ofrece nada que sus otras películas no tengan en mayor cantidad y, con la excepción de algunas escenas especialmente inspiradas aquí, en mejor calidad. Esta relativa contención argumental y estilística tiene además como efecto secundario que el ritmo se resiente. Habrá que esperar a la siguiente para saber si es un nuevo camino que está experimentando o si es solo un bache en su senda hacia el delirio absoluto.



Las películas de historias cortas sin relación suelen dar siempre una de cal y otra de arena. Por eso, hayq eu reconocerle cierto talento a THE FIELD GUIDE TO EVIL () para lograr que tengan coherencia estilística entre sí, siendo cada uno de un director distinto, y que el nivel sea similar en todos sus relatos excepto en dos. Una pena que ese nivel esté tan cercano a la mediocridad. Como no hay relación entre ellos más allá de los seres mágicos, iré comentando uno por uno.

Severin Fiala y Veronika Franz abren el film con una sencilla historia de amor prohibido, sobre los demonios de la culpa impuestos por una sociedad religiosa. Es uno de los más completos porque le da tiempo a desarrollar una historia con personajes, mostrar algo de terror y alcanzar una conclusión reafirmadora y feminista. Can Evrenol tira menos de costumbrismo y más de topicazos de género que en parte son efectivos, pero suenan a ya vistos. El de Agnieszka Smoczynska comienza con fuerza expresiva en el encuentro con la bruja, su historia de canibalismo es prometedora, pero carece de un final satisfactorio. O de un final. Luego llega el americano Calvin Reeder y lo jode todo con una de las mayores mierdas que se van a ver en este certamen, una tontería con niños con cabeza de chupachups que parece rodada por un niño de teta y escrita por una morsa con herpes. Después de esta intrusión que ni siquiera se acerca en tono al resto, la historia de Yannis Veslemes se resiente: es la que mejores ideas visuales tiene de todo el grupo, pero su irreverencia nunca se sabe si va en serio o en broma (y después del anterior, solo se puede tomar de la segunda manera). Katrin Gebbe vuelve a la senda de la primera historia con un relato costumbrista sobre las formas monstruosas que adquiere el pecado, en este caso el incesto, y su final es una carta de presentación del #MeToo, aunque por lo general se antoje demasiado lánguida y carente de tensión. La historia en blanco y negro de Ashim Ahluwalia parece apuntar a horrores lovecraftianos, pero se queda en absolutamente nada hasta el punto de que la he visto hace una hora y no recordaba su existencia.

El mejor con diferencia llega al final, con Peter Strickland narrando un cuento como los de los hermanos Grimm, pero el estilo narrativo y visual del Guy Maddin de hace quince años. Es una auténtica delicia con humor, pasión, creatividad, poder expresivo y un sentido narrativo. Si todos los demás se lo hubiesen tomado tan en serio como él, seguramente esta colección habría merecido la pena.



Para finalizar el artículo, otra de historias cortas que pude ver antes del festival y que se proyectó hoy. El premio al título más engañoso del festival seguramente se lo lleve GHOST STORIES (): como diría Nelson, hay al menos dos cosas que están mal en él. Para empezar, porque no se trata realmente de historias, sino de secuencias, ideas cortas de terror que no dan ni para un episodio televisivo. Cada vez que uno de estos relatos comienza y plantea su punto de partida, casi de inmediato llega a un final que por lo habitual ni siquiera supone una conclusión climática: como en el caso de la segunda historia, sencillamente se detiene en uno de los sustos. Esto a la larga resulta frustrante, dado que los realizadores saben manejar la tensión para que uno se zambulla en cada situación, pero siempre se ve interrumpida cuando te ha agarrado del cuello. El interludio entre ellas, que es el que le da sentido argumental al film, resulta correcto pero bastante menos interesante que estos segmentos.

El otro aspecto que está mal en el título es el de los fantasmas, gancho nominal que abarca desde demonios hasta posesiones infernales, pasando por espíritus y cicerones ultraterrenales, en una amalgama estimulante pero no siempre consistente. Además, su tramposo tramo final, que cambia las reglas del juego para acercarla más a films como Session 9 o La Escalera de Jacob, deslegitima toda la tensión creada en las historias y la convierte en un mero juego innecesario con el espectador. Aunque sea un giro coherente consigo mismo y que puede dejar picueto a más de uno, no sirve para extraer de esas historias ningún significado ulterior. Más bien al contrario, las convierte en pasatiempos para despistar. Aunque a alguno le siente mal esta comparación (porque tenga alguna lesión cerebral que le impida apreciar a uno de los mejores directores de la historia): es justo lo contrario de lo que hace David Lynch en Mulholland Drive, película de la que podrían haber extraido un puñado de lecciones narrativas para que el desarrollo de la historia y el giro final se complementasen temáticamente.


@DamnedMartian

 

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