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Zinemaldia 2018 (4). Corrupción y danza en una Sección Oficial sin brillo

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Nunca he sido muy fan del verano. Soy de los que aplauden en la soledad de mi casa la llegada de septiembre y con ella el adiós al calor sin renunciar a los rayos del sol (o al menos así es en Mallorca). Aunque también entiendo a todas esas personas que, acostumbradas a ver nubes y lluvia, buscan con ansia los días de sol y calor.

En estos primeros días del festival, el tiempo (climatológico) esta siendo excelente (sobre todo durante el día, por la noche es otra cosa). Casi da pena meterse en una sala de cine y más si es para ver alguna de las películas que ayer entraron en competición.


Manila, ciudad sin ley.
"Ha sido magnífico. Matemos a otros 32 cada día", decía Rodrigo Duterte horas después de la que fue, por aquel entonces, la operación policial más importante contra el narcotráfico en Filipinas. El presidente filipino que alienta y promueve la lucha contra todo aquel que esté involucrado no solo en la venta y el trafico de drogas, sino también a los consumidores, llegó a amenazar a su propio hijo, acusado de narcotráfico. “Mis órdenes son matarte, y si te atrapan, protegeré al policía que te mate”. Esto ha provocado una auténtica caza del narcotraficante, lo que ha incrementado el número de asesinatos y crímenes sin resolver.

En este ambiente de violencia y corrupción, Brillante Mendoza sitúa Alpha, the right to kill, que se abre con unos primeros 20 minutos vibrantes en los que asistimos a una redada policial contra Abel, uno de los mayores capos de la droga de Manila. El oficial de policía Espino y Elijah, un camello de poca monta convertido en confidente (que reciben el nombre de ‘Alpha’), proporcionan la información para la operación, que pronto desemboca en una violenta confrontación armada entre los SWAT y los hombres de Abel en un barrio de chabolas. Antes de que los investigadores irrumpan en el lugar de los hechos, Espino y Elijah huyen llevándose la mochila de Abel, llena de dinero y metanfetaminas, con las que intentarán ganar un dinero extra.


La película, surgida casi como un spin-off de la serie AMO que actualmente puede verse en Netflix, disecciona los bajos fondos de la sociedad filipina con un ritmo pausado y pocos diálogos. Mendoza realiza un trabajo notable tras la cámara y consigue imprimir tensión y ritmo en las escenas de acción. Además, la cámara al hombro sigue muy de cerca a los personajes, lo que nos sitúa mucho más próximos al cine documental que al de ficción, sobre todo en los momentos en los que asistimos a la vida en los barrios más marginales de la ciudad.

Mientras la dirección se salda con nota, el guion da la impresión de alargarse en exceso y caer en cierta reiteración que al final acaba por lastrar el ritmo de la cinta. La película denuncia la corrupción de la sociedad filipina, la policía y el poder, pero lo hace siguiendo senderos por los que ya han transitado muchos antes, todo nos suena a ya visto y en esas comparaciones sale perdiendo.

En resumen, es interesante pero da la sensación de que con ese punto de partida se le podría haber sacado mucho más, o al menos esa era la sensación general al terminar el pase, que se cerró con pocos aplausos.


Danzad malditos.
La segunda película a competición del domingo corrió mejor suerte en la recepción del público, pero no así de la crítica, que la recibió de una forma bastante fría, pese a que había mucha expectación por ver lo nuevo de Icíar Bollaín. Yuli cuenta la historia de la figura mundial de la danza Carlos Acosta, el bailarín negro que no quería bailar.

La película recorre la vida del bailarín desde su infancia en La Habana hasta los escenarios de los mejores teatros del mundo, y lo hace siguiendo todos los puntos del manual para construir un biopic de superación personal. Tenemos peleas familiares, negación del protagonista a ser lo que finalmente será, el elemento que se interpondrá entre el protagonista y su futuro, algún drama familiar y un final feliz. Con todo esto no digo que estemos ante una mala película, ni mucho menos, pero sí estamos ante algo que no va sorprender y nos suena, de nuevo, a ya visto.

Bollaín dirige con soltura las escenas del día a día de nuestro protagonista, pero se echa en falta que le saque más partido a las escenas de danza, y más cuando muchas de ellas están enteras, hecho que puede acabar rompiendo el ritmo a más de uno. En mi caso no me hubiese importado ver más, pero ojalá estuviese rodado como Wim Wenders rodó su Pina. Uno de los grandes aciertos del film es la fotografía de Alex Catalán, que hace brillar la pantalla consiguiendo unos colores muy vivos, seguramente como consecuencia de la vida que desprende la propia Cuba (y sus gentes en este caso).

Si la fotografía es la luz de la película, en las sombras tenemos el guion de Paul Laverty, (sobre)cargado de discursos motivacionales y revolucionarios, viéndosele en la mayoría de los casos el momento en que busca la lágrima del espectador. Si bien es cierto que a veces consigue unir dichos elementos de una forma menos artificial a lo que ocurría (al menos en mi caso) en El Olivo.


Como decía al principio, la crítica la ha acogido muy friamente, todo lo contrario que el público, que ha hecho subir las acciones de las compañías de pañuelos de papel y ha despedido con un sonoro aplauso la proyección.

No todo ha sido malo en este día, pero por falta de tiempo os lo pondré en el próximo artículo. Eso sí, ya podéis apuntar un nombre: Hannes Baumgartner y su Midnight runner, desde ya una de las películas del festival. Además, recuperaremos alguna de las películas de la por ahora pobre Sección Oficial. Hasta entonces, nos vemos en los cines.

Carlos Fernández

(más fotos en la galería de fotos del Festival de San Sebastián 2018)


Fotos:Inés Barreda

 

Fuente: CINeol | Visitada: 366 veces