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Crítica - Ratatouille

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'Obra maestra'

04/09/2007 - Por _Jesu_

(5/5)

Que Brad Bird es un genio, no voy a descubrirlo yo, bastante hablan por sí solas películas como El gigante de hierro o la maravillosa Los Increíbles. Es uno de los pocos directores herederos de ese sentido de la maravilla que antaño, transmitía Disney en sus películas de animación, y que, tristemente, adolece de la falta total de dicho sentido en los últimos años.

Pero he aquí que Disney hace el movimiento más inteligente de su historia: hacerse con los servicios de Pixar, y desde entonces, ellos siempre vienen al rescate de Disney, ya desde aquella genialidad que parieron llamada Toy Story, que dejó alucinados a millones de niños y, por qué no decirlo, sobre todo a no tan niños que quedamos anodadados ante el despliegue gráfico que se nos presentaba, y a una constante en todas las películas de la compañía: unos personajes entrañables y emblemáticos (A ver, ¿a quien no le molan Buzz Lightyear, los monstruitos de Monster, la hormiguita de Bichos o los coches de Cars?) que han quedado en muchos casos en la memoria de muchísima gente.



Y este año Brad Bird nos presenta Ratatouille, un elogio al arte de la animación, ni más ni menos, y voy más allá: un elogio al cine. No soy ningún experto en cuestiones informáticas, ni de diseño gráfico, ni de animación. Pero sí se un poco de cine a secas, y lo que nos presenta Bird en esta película es cine con mayúsculas, cargándose de un plumazo a toda la competencia en el sector (al menos de momento, veamos ese futuro proyecto de Robert Zemeckis).

En Ratatouille, cada personaje tiene algo que te llama mucho la atención: Remy con su deseo de no quedarse estancado, Linguini y su enorme pasión por las cosas, pero con una no menos enorme torpeza o por citar tan sólo un tercer ejemplo más, uno de los para mí, mejores personajes que he visto en el cine de animación: Ego y el ambiente tétrico, casi de terror, que simepre le rodea y que las cámaras se encargan de resaltar, aun así, es protagonista de uno de los momentos más tiernos que he visto en el cine de animación.



En el aspecto más puro de la filmación, es decir, el trabajo de cámaras, la película es perfecta. Los planos secuencia se suceden, los ángulos de cámara son perfectos y acompañan a la acción de manera intuitiva y efectiva. Como dije antes, no sé mucho de informática, pero sí me parece que lo más real que he visto en mi vida en cuanto a animación ha sido esta película, juro que ha habido momentos en que me ha parecido que podía tocar los escenarios, que cada adoquín del suelo se podía tocar y que hasta olía prácticamente la comida.

El núcleo del guión lo componen dos tramas clave: la primera sería ¿El arte es un concepto limitado y elitista, o todos podemos participar de él? Remy y Linguini luchan contra el elitismo (representado por Ego, símbolo desde ya del gafapastismo exacerbado) a la vez que nuestra amiga rata se enfrenta contra la segunda trama: ¿hemos de conformarnos con lo que estamos destinados a ser, o podemos cambiar algo? Temas universales, vaya, que además están aderezados con miles de situaciones divertidas, gracias a un guión medido a la perfección, en la que una situación te lleva automáticamente a la otra, y en la que el humor es puro, al estilo de la comedia clásica.



Si hablamos de la banda sonora, hay que levantarse y aplaudir la banda sonora compuesta por Michael Giacchino, llena de compases de jazz que dan un ritmo endiablado a las escenas de cocina y un toque melancólico a los momentos tristes (que los hay).

Desde luego, y ya lo supondréis si habéis leído toda mi crítica, si tengo que poner algún calificativo a esta película, es el de obra maestra. Pixar lleva 12 años regalándonos maravillas, pero para mí, en esta ocasión, han logrado la perfección, el nirvana fílmico que siempre está esperando a la gente que tiene talento de verdad, y Brad Bird lo tiene, al igual que su personaje Remy.

 

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