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Crítica - 300

Poster

'Un espectáculo digno de ser vivido y disfrutado'

22/03/2007 - Por korben dallas

(3/5)

300
Director: Zack Snyder
Intérpretes: Gerard Butler (Rey Leonidas) / Lena Headey (Reina Gorgo) / Vincent Regan (Capitán) / Michael Fassbender (Stelios) / David Wenham (Dilios) / Dominic West (Theron) / Tom Wisdom (Astinos) / Andrew Pleavin (Daxos) / Rodrigo Santoro (Jerjes) / Andrew Tiernan (Ephialtes) / Stephen McHattie (Consejero leal)
Duración: 117 minutos
Sinopsis: En el 489 a.C., el vasto ejército del emperador persa Jerjes avanza hacia Grecia para invadirla y conquistarla. La liga griega no consigue ponerse de acuerdo acerca de la organización de la defensa, de modo que con tal de ganar tiempo, [...]
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Estreno en España: 23 de Marzo de 2007
Nota I.M.D.B.: 8'2/10 (46750 votos)



CRÍTICA



Las costas de Grecia reciben un terrible visitante: el ejército persa, liderado por Jerjes, rey y dios de la horda pagana que recorre el Mediterráneo adquiriendo pueblos sin siquiera tener que mostrar su fuerza.

A los bordes de Esparta llegan emisarios que desean hablar con Leónidas. Le proponen que a cambio de someterse pacíficamente (ofreciendo al dios pagano una porción de su terreno) el ejército de Jerjes no destruirá su pueblo. Leónidas no duda. Ataca despiadadamente incluso a los emisarios.

Toda la Grecia Antigua está en contra de la lucha, no desean ir a la guerra, los oráculos no son favorables. Leónidas conoce su cometido: reúne a trescientos guerreros que parten hacia las Termópilas, para hacer frente a un ejército de cientos de miles de hombres. La batalla será dura, cruel y oscura, el honor y el arrojo de los hombres de Leónidas incontestable.

Basada en el cómic homónimo de Frank Miller -el cual está basado a su vez en los relatos de Herodoto- llega a nuestras pantallas 300, de Zack Snyder. Una espectacular epopeya que combina historia, violencia y efectos digitales a partes iguales, así como se pone a la cabeza de los filmes con dirección artística más peculiar de la historia del cine.



300 es un filme histórico, pero no nos engañemos, no es un típico y rudimentario peplum al más puro estilo Steve Reeves, sino un ejercicio de imaginación y una explosión de plasticidad que a primera vista impresiona y se consolida como buque insignia de la posmodernidad. Sin embargo hay que ver 300 con cautela, pues es fácil que todo su expresionismo (en el más puro sentido de la historia del arte) y pomposidad épico-digital quede relegada a un único y logrado mérito en su carrera por captar al espectador.
Ciertamente el inicio de 300 es glorioso, estructurado y cimentado sobre un prefacio en que conocemos el origen de los guerreros espartanos en la evolución del rey Leónidas, y gracias al cual, el espectador se sumerge de lleno en un universo plástico poco visto en la pantalla, heredero del cómic (como ya pasara en Sin City, también basada en una obra de Frank Miller) e del neoclásico francés –las referencias a Jacques-Louis David son ineludibles-, así como de obras que ya son picas irrefutables del nuevo cine actual (de Matrix (1999) a Moulin Rouge (2001), pasando, cómo no, por la trilogía de los Anillos (2001 a 2003)). Una propuesta con tanta fuerza y tal artificiosidad que llega a ser incluso kistch en escenas como la del oráculo con la virgen vestal orgásmica-acuática (a caballo entre Esther Williams y Emmanuel).

Pero este arriesgado planteamiento, sin embargo, no impide que el transcurso narrativo en un primer momento se desarrolle de manera muy satisfactoria y los personajes nos sean presentados con profundidad y dimensiones más allá de la pura pose. El problema de 300 surge en el mismo momento de en que hace honor a su nombre y los mencionados llegan al campo de batalla. Cuando el llegan a las Termópilas y se conoce la verdadera dimensión del ejército de Jerjes, el filme abandona su inicio brillante y se mantiene, relajadamente, en una tonicidad plana hasta el final de la película. Es en este momento cuando el pulso al director lo gana la grandilocuencia, y la espectacularidad emborrona el argumento, la riqueza del personaje y su espíritu decadente y oscuro del inicio. Las lides, que se suceden con brillante soltura y magnífica destreza cinematográfica –atención a los embistes de Leónidas en un plano secuencia con ralentizados y aceleraciones, muy de video musical, por cierto-, las hordas de atacantes, los litros de sangre derrochados sobre el campo de batalla, los miembros cercenados surcando la pantalla como trofeos del triunfo del gore a cámara lenta, los variopintos y muy resultones vestuarios y bestias de las tropas enemigas, etcétera, harán las delicias de aquellos que disfruten con la megalomanía, las grandes partituras, la épica ralentizada y los festivales abdominales de los contendientes. Y son, cuando menos, considerables como excepcional demostración de dominio de la técnica y el soberbio ejercicio de entretenimiento del que se trata.

Pero toda esa ampulosidad y grandeza no llega a ocultar su verdadero origen ineludible: que todo el filme se construye con el único propósito de epatar al espectador y lucir efectos especiales por doquier. Y resulta un poco desalentador ver cómo se regocija de este modo en una segunda parte que podría haber mantenido ese pulso inicial tan sostenido y logrado pero que se hunde y acaba sepultado por su propia pretenciosidad y gigantismo, como el ejército de Jerjes. Dando paso al aburrimiento y al hastío de tanta batalla y al agotamiento por sus repetitivos recursos de grandeza, que al final ya no logran lo que se proponen de puro manidos que han sido durante la hora y media precedente. Por no hablar de su evolución artística, desde la elegancia davidiana inicial hasta su más hortera y rimbombante presentación de Jerjes –que de afeminado y exagerado parece sacado de Priscilla, Reina del Desierto-, interpretado por Rodrigo Santoro, por no hablar de la ridícula -y totalmente fuera de lugar- incursión en el harén, que va más allá de lo chabacano.



En cualquier caso, hay que reconocer los méritos de Tyler Bates, que ha compuesto una banda sonora con ecos del Carmina Burana de Orff y la más actual épica medieval de Howard Shore, así como de Larry Fong, cuya fotografía –quizá un poco granulada para los gustos de algunos y excesivamente retocada a los ojos de cualquiera…- se consolida como uno de los mejores logros de la cinta.

Eso sí, 300 no defraudará a quién busque carnaza, en todo el esplendor de la acepción: durante sus dos horas, no se escatima en hordas de adanes anabolizados y prácticamente desnudos cuyos músculos engrasados (y retocados con maquillaje, que tanto abdominal no es de verdad) deberían salir en los títulos de crédito; lo cual pone de manifiesto que la película no sería lo que es sin el esfuerzo de los actores, los cuales, más que interpretar parecen haberse metido en una competición olímpica –nunca mejor dicho- y pujar en una contienda de testosterona y dieta proteínica, entre los cuales destaca Gerald Butler (el incomprendido fantasma de la última versión de El Fantasma de la Ópera) como el más fornido y el que se pega la paliza más grande entre carreras, saltos y demás demostraciones atléticas. Por ello mismo, exceptuando la primera media hora del film ninguno tiene la suerte (o la desgracia) de poder demostrar sus dotes interpretativas, y los que lo hacen –Lena Headey como la reina Gorgo, y Dominic West como Theron- no salen demasiado favorecidos.

Se podría decir que Zack Snyder ha pegado un verdadero bombazo, su película es todo un logro. Un espectáculo digno de ser vivido y disfrutado, un ejercicio de demostración de destreza bélica, pero que se queda obsoleto y se cae por su propio peso a la hora de combatir en guerras de consecuencia y estructura formal –por no hablar del rigor histórico-. Una joya del entretenimiento, sin duda alguna, y un nuevo ejemplo de cómo los efectos digitales y el impacto de los medios más efectistas (publicidad o video musical) acaban poco a poco con el cine tal y como se ha entendido siempre.

 

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