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Diario de Sitges 2016. Día 7: Ruido, payasos y carne cruda

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Esto se acaba, señores. Cuando publique estas líneas ya habrá pasado la última ocasión en la que tengo que levantarme antes de las 7 para tener el ordenador listo para pillar entradas. A estas alturas ya conozco mi ruta del último día, las películas que no he podido coger porque alguien se ha adelantado y las rutas alternativas que tendré que seguir para llenar esos huecos, dándole una oportunidad a films que en principio no pensaba ver. Conforme escribo esto, ya estoy pensando en las cervezas de despedida, en mi organización para el viaje de vuelta, en la película que voy a ver en el tren, en la cantidad de films vistos de los que aún no he escrito, y en que conforme llegue a casa y deshaga la maleta tendré que volver a hacerla para otro viaje, pero en este caso sin relación alguna con el cine. Los días intensos no acaban todavía para mí, ni los artículos sobre Sitges acabarán cuando el festival termine. Como siempre, guardaré balas en la recámara para el postpartido.



Una de esas balas le podrían haber metido a los altavoces del Auditori para que la lamentable EL ATAÚD DE CRISTAL () no fuese tan enervantemente ruidosa y estridente. Hay muchos, muchos, muchos problemas con esta película, pero el más molesto sin lugar a dudas es un diseño de sonido que confunde intensidad con volumen, banda sonora con notas graves sostenidas y machaconas, voces impactantes con reverberación, efectos sonoros con rugidos artificiales A TODA HOSTIA y TODO EL TIEMPO. Una chapuza como no he visto en mi vida.

La historia es simple: una actriz acude a un homenaje por toda su carrera, pero la limusina que la lleva se convierte en una trampa mortal orquestada por un sujeto que le hace participar en diversos juegos psicológicos para sobrevivir. Como Saw, pero en subnormal. Eh, eh, ¿de dónde ha salido eso? ¡Si parece una premisa interesante para una cinta de suspense claustrofóbico! Claro que sí, pero será en otras manos. La puesta en escena se compone casi exclusivamente de primeros planos de la actriz y de la cámara-HAL9000 que la observa mientras ella y su torturador hablan, y aunque se trata de un espacio muy limitado, en muchas ocasiones no hay una percepción concreta de en qué parte del coche se encuentra la acción. Básicamente, los únicos cambios visuales que hay son de iluminación. El único recurso para crear tensión en esta monotonía es el diseño de ruido antes mencionado, y lo único que hace es atronar y molestar.

Así pues, todo se cimenta en las actuaciones y el guion. De lo primero ninguna queja: aunque Paola Bontempi no se merezca oler un premio por su interpretación, cumple la papeleta. Pero el guion es absurdo. Los juegos psicológicos son burdos e inofensivos, su impacto se basa en la humillación y no en la supervivencia, y aunque elegir esos y no otros tenga su razón de ser en la historia, su justificación es tan grotesca y tontorrona que parece que la película no vaya en serio. Los diálogos son chabacanos y juegan con el papel de actriz/director en la relación víctima/torturador, pero en lugar de dotar de mayor complejidad temática al film, lo que hacen es crear su propia parodia: al tiempo que proponen y fuerzan el juego, evidencian su artificiosidad ilógica con fórmulas de cine dentro del cine. Es imposible tomarse en serio nada de lo que pasa porque su propia naturaleza es la de falsedad. Pero es que encima las motivaciones del psicópata (cuyo aspecto se desvela en una de las escenas más sonrojantes del festival) son una tontería supina. Son tan intrascendentes que el hecho de que se exija sentimiento de culpa por parte de la protagonista es demencial.



Al menos la cinta española puede servir para pasar el rato sin aburrirse mucho, cosa que ni siquiera se puede decir de la última película de Rob Zombie, 31 (). El argumento es un remedo de Perseguido o Los Juegos del Hambre, pero con la estructura de La Matanza de Texas y empleando hillbillies como héroes y payasos asesinos como villanos. Todo muy original y prometedor, pero con menos se han hecho grandes películas. Esta no es una de ellas.

Zombie nunca ha sido santo de mi devoción, pero al menos con The Lords of Salem parecía encaminarse en una senda donde quería utilizar de una vez los recursos expresivos que ofrece el cine para contar su historia, aunque luego le saliese regular. Aquí da un paso atrás y vuelve a ser el de siempre pero como si le hubiese dado un ictus creativo, incluso imitando a peor algunos esquemas y situaciones de sus anteriores films (por ejemplo, vuelve a mostrar una escena de uno de los psicópatas follando en su vida privada para enseñarnos que, oh, si son como nosotros). Pero lo peor no es la familiaridad de todo, sino la absoluta carencia de tensión narrativa. Hay sangre, hay psicópatas, hay entornos oscuros y con abundancia de diseño, hay sierras mecánicas y cuchillos, pero todo está empleado de forma plana y monótona. Los personajes no importan, las situaciones son manidas, la puesta en escena es desvaída y repetitiva (todas las muertes y duelos se muestran con cámara temblorosa y confusa), los diálogos son insufribles (y cuando los sueltan los villanos, pedantes y gratuitos), y lo único en lo que parece que Zombie se ha preocupado es en combinar conceptos en busca de algo icónico, cayendo en su lugar en el esperpento más chorra (un enano nazi que habla en español, puro cine).

Danos algo, Rob. Algo que nos pueda interesar, divertir, escandalizar. Algo que nos ponga nerviosos o nos haga pensar. Intenta insuflar algo de vida al fotograma a través de la composición de plano, la creación de atmósferas o la simbología expresiva. Cúrrate las escenas de tensión, la creatividad de los asesinatos. Intenta crear metáforas sociales menos obvias y estúpidas. Prueba a encontrar una actriz que sepa actuar. O mejor, deja de intentarlo y vuelve al mundo de la música, porque con el grado de incompetencia en todos los aspectos de la producción que demuestras en esta película, más te vale dedicarte a algo en lo que puedas tener algo de talento. Porque el fotograma está vivo, pero esta película es un feto abortado.



Pasemos del coma a la discapacidad. Hay dos películas radicalmente distintas que se pelean por ser el centro de ANGUISH (), y ninguna de ellas es especialmente buena, lo que hace que las comparaciones con It Follows con las que la ha vendido el festival sean una broma bastante triste. Por un lado tenemos un melodrama con buenas intenciones pero bastante aburrido sobre la pérdida y la capacidad de cerrar heridas haciendo un esfuerzo por pasar página. Por otro, una cinta de terror efectista de las que hacen un CHANCHAN fuerte y repentino cada vez que quieren asustar. Sobre el papel podía ser prometedora, y hay que reconocer que algunas de sus imágenes son muy resultonas (la que ilustra esta crítica, el uso del vaho en una ventana). Pero el resultado, incluso sin tener en cuenta que los dos extremos mencionados nunca son coherentes entre sí, es mediocre.

El film, que comienza con un rótulo de concienciación social sobre el drama de los jóvenes con enfermedades mentales (con sus números y todo) y termina con un mensaje de “basado en hechos reales” que provoca más gracia que impacto, cuenta la historia de una joven con problemas psicológicos que comienza a tener alucinaciones con espíritus, solo que quizá no sean fantasías y estén ocurriendo de verdad. Sonny Mallhi intenta jugar con la duda de si lo que le está pasando a la protagonista es real o imaginado, pero la incertidumbre ni funciona ni interesa por la ineptitud en el desarrollo de la historia y un montaje lamentable, en el que las escenas acaban abruptamente y sin consecuencias palpables (ej: una escena en donde la joven es atrapada y lanzada al suelo por unos brazos invisibles termina ahí y se encadena con el día siguiente, cuando parece que no ha pasado nada físicamente). Este problema, unido al carácter efectista de sus sustos, donde solo importa el salto de volumen y se descuida la anticipación a través de la puesta en escena, hace que su terror sea superficial, gratuito y banal.

No acaban ahí los problemas del film, ya que cada nueva revelación de la trama resulta incoherente con lo visto anteriormente. Sería difícil enumerar la cantidad de intentos que hace por dar forma a su historia sin tener en cuenta el encaje de su nueva teoría en el conjunto del film; hay desde espíritus malignos hasta fantasmas con asuntos por resolver, desde posesiones hasta personalidades múltiples, desde vidas pasadas hasta casas encantadas. Incluso tiene alguna escena de risa involuntaria por la diferencia entre lo que el director cree que está contando y lo que realmente ha plasmado en imágenes. Diría que es un jolgorio si su última media hora no derivase hacia un dramón familiar que no escarba lo suficiente en los matices de sus personajes como para justificar su existencia, ni para dibujar una metáfora eficaz sobre la alienación adolescente.



Como el artículo está quedando muy deprimente, entremos en alguna película que se pueda rescatar, aunque sea con condiciones, como I AM NOT A SERIAL KILLER (). El film se sitúa en un pequeño pueblo donde se están sucediendo una serie de salvajes asesinatos. Un joven con cierta sociopatía y un interés malsano por los asesinos en serie intenta encontrar al responsable, y descubre que es su anciano y frágil vecino, que oculta algo más que su afición por la muerte.

La película tiene un primer tramo muy interesante de presentación de personajes y planteamiento de la intriga. Aunque el perfil del protagonista ya esté algo explotado en el género (no deja de ser un Dexter adolescente, incluso trabaja en la morgue), su proceso de autodescubrimiento a través de la investigación del psicópata funciona bastante bien. Su tramo final, con la inevitable escalada de tensión, el enfrentamiento y el descubrimiento de las motivaciones ocultas de asesino, también está desarrollado con potencia narrativa tanto para la acción como para el lado más sensible (que lo tiene, y es bastante importante). El problema del film es que su parte central se hace demasiado espesa: la trama apenas avanza, los personajes se hacen redundantes, el ritmo es muy lento y se deja de lado el toque de humor que posee en otros momentos para tomarse muy en serio a sí misma como drama.

Al final, lo que queda es una película interesante y curiosa, con un toque fantástico la mar de resultón, pero que habría funcionado mejor en 80 minutos que en 105.



Más divertida en todos los sentidos es la comedia de terror metarreferencial FEAR, INC. (), un film que intenta replicar el éxito del año pasado de The Final Girls, aunque se queda corto. La historia sigue a un joven descreído y obsesionado con el terror, que busca alguna experiencia que le dé miedo de verdad, así que contrata los servicios de una oscura compañía que promete ofrecer una experiencia real para cagarse en los pantalones y partirse el pecho... quizás literalmente.

Tanto el reparto como la puesta en escena tienen un inconfundible olor a videoclub, a cine rodado con poco tiempo y menos presupuesto para un consumidor poco exigente en términos artísticos. Todo es correcto como para cumplir la papeleta, pero no hay una mano personal detrás que haga pensar en que estamos ante un director a seguir, alguien con un lenguaje estimulante o rompedor. Es una película funcional. Ahora bien, cuando funciona (que es casi siempre), es muy divertida. Mezclando el esquema paranoide de The Game y la ironía de Scream con las referencias paródicas a otros títulos icónicos del género (desde Halloween hasta Saw, pasando por Viernes 13 y muchas otras), la cinta se convierte en una montaña rusa de sustos (pocos) y risas (bastantes) que se disfruta con la misma rapidez y efectividad con la que se olvida.

Y es que, a diferencia de los mencionados films de Wes Craven y Todd Strauss-Schulson, o de otra cinta fundamental del metaterror como La Cabaña en el Bosque, ni hay una potencia creativa que juegue con el lenguaje cinematográfico, ni hay diálogos o situaciones especialmente efectivas como gag rescatable para el postvisionado, ni hay un componente emocional que funcione en la aventura. Es un buen film comercial, pero no es nada más que eso.



Si buscamos una película con una capacidad expresiva a la altura de un festival de cine que se precie, tenemos que recurrir a la francobelga GRAVE (CRUDO) (), que sigue a una joven vegetariana que entra a estudiar a la Facultad de Veterinaria y, tras probarla por primera vez en las novatadas, comienza a desarrollar una pasión enfermiza por la carne cruda... preferiblemente humana.

Para empezar, un inciso: pese a esta sinopsis, las noticias llegadas de Toronto sobre desmayos durante la proyección deben ser casos de hipoglucemia o una maniobra publicitaria del distribuidor, porque el film no es especialmente duro ni sangriento ni gore, y solo una mente muy muy delicada podría tener un vahído con lo que muestra.

Entrando de lleno en la película, nos encontramos con una clásica historia de despertar a la madurez, retorcida por los extremos para expresar, a través de la carnalidad más física y sangrienta, el florecimiento sexual de una joven tímida (tremenda Garance Marillier, todo un descubrimiento) que despierta su yo salvaje y es incapaz de controlarlo. No hace falta estudiar mucho para encontrar vínculos freudianos: las pulsiones de vida y de muerte que se mezclan y confunden; el superyo y el ello que luchan por imponerse en la mente de la protagonista; el componente fálico (ese dedo devorado que abre un mundo nuevo de sensaciones) como sinónimo de un placer siempre sexual, aunque sea una patología alimentaria o una adicción a un producto prohibido; los complejos de Edipo y Electra, presentes en la relación con los progenitores y en el irremediable destino que los une; y muchos matices más que van componiendo un retrato perturbador y rabioso de la liberación femenina. Es la mujer quien somete al hombre, quien vence los estigmas y traumas del pasado (no es casual esa ducha de sangre que, a diferencia de lo que le ocurre a la oprimida Carrie, es aceptada como rito de paso normal) para erigirse como diosa única de su cuerpo y su mente, para lo bueno y lo malo.

El estilo narrativo de Julia Ducournau se sitúa a medio camino entre Mia Hansen-Løve y Michael Haneke, entre Fish Tank e It Follows; es decir: entre el lenguaje dramático europeo y el terror elegante de violencia impactante. Su puesta en escena es pasional e instintiva, muy cercana a los personajes pero al mismo tiempo con las dosis necesarias de recursos artificiales (planos secuencia, distorsión del sonido, cámara lenta, composiciones casi pictóricas) como para establecer una distancia expresiva con ellos, para que su historia no sea un cuento social de realismo exacerbado sino una fábula perversa de subtexto ideológico militante. Y, sobre todo, para meterse bajo la piel del espectador y transmitirle la presión contenida de la primera Justine y su proceso de ebullición personal, su torbellino caótico y liberador, placenteramente sucio.



Pero como acabar con una nota positiva sería demasiado optimista para transmitir las horas bajas que se han vivido entre semana en el festival, acabemos en el inframundo. La primera vez que vine acreditado a Sitges, hace 4 años, tuve mucha suerte: la primera película que vi fue una basura absoluta llamada La Jungla, un film que nació tan caduco y anodino que aun hoy en día no me explico cómo alguien pudo tener interés en rodarlo sin dormirse. Al lado de WORRY DOLLS (), La Jungla es Ciudadano Kane. Hay que tener un talento especial, de esos que aplicados a otros ámbitos laborales pueden acabar con una plaga extendiéndose por el mundo y acabando con la especie humana, o con el lanzamiento de todos los misiles nucleares del planeta, o diciendo frases sin sentido gramatical sobre los alcaldes y los vecinos, para hacer algo tan rematadamente inepto en todos los sentidos como esta puta mierda infecta y deplorable.

El argumento, que no tiene sentido ninguno, nos presenta a un psicópata que muere en el prólogo, pero deja unos muñecos feos de cojones que acaban por arte de imbecilidad en las manos de una niña. ¡Son muñecos poseídos! ¡Y la gente que los toca hace… cosas… malas?! O algo así, porque el guion no tiene coherencia ninguna: explica una cosa (que los muñecos potencian los miedos de la persona y le hacen reaccionar malamente), pero muestra otra (un adolescente llega a una gasolinera a comprar algo y se carga al dependiente cuando éste le pide… chan chan… que pague); y cuantas más cosas explica, más contradicciones hay. Podría criticar la inexistente puesta en escena, la cantidad de secuencias de comedia involuntaria que tiene (¡estoy ardiendo, voy a correr 2 kilómetros hasta caerme en un lago sin querer! ¡Oh, una víctima huyendo del psicópata que busco, voy a quedarme sentado en mi coche de espaldas a la ventanilla durante 10 eternos minutos hasta que aparezca para matarme!), la absoluta falta de tensión hasta en los momentos en los que una nutria podría haber conseguido poner nervioso a alguien, las subtramas prescindibles, los personajes definidos como el dibujo de un niño de 2 años con parálisis cerebral (mis disculpas a quienes este problema les toque cerca), los diálogos de cenutrios con frases subnormales (“No tenías porqué mostrarle la foto” / “No.” / “¿Querías ver su reacción?” / “Sí.” / “No sabe nada.” / “No.”), o esa panda de troncos juntapalabras que se hacen llamar actores.

En lugar de eso, voy a contar dos de las mayores escenas de mierda que tiene esta bazofia execrable. Primero: matrimonio de redshirts, él va a una entrevista de trabajo con traje y corbata. Ella: “cariño, lleva este muñeco que te va a dar suerte”. El muñeco poseído en sí, más feo que un aborto, es una mezcla entre los palitroques de la Bruja de Blair y un puto troll, y aproximadamente del tamaño de un hámster gordo, I-DE-AL para llevarlo orgulloso a una entrevista por fuera de la camisa. Acto seguido, él se vuelve loco y se carga a un mexicano que pasaba por ahí, y una cosa lleva a la otra y está corriendo en bolas por su casa con unas tijeras de podar y pegando un brinco ridículo para degollar a su esposa mientras el policía protagonista no hace nada, porque lo suyo durante toda la película es disparar a la gente una vez que se han cargado a la persona que ha ido a salvar. Porque es imbécil.

Segunda escena: la niña poseída por el muñeco ve por la noche al perro de la casa, que es grande pero cariñoso, y se acojona. Y va huyendo poco a poco de él, con musiquilla de tensión, mientras la cámara espera que detrás de la esquina aparezca… ese perro tan cuqui que dan ganas de achucharle. Pero buaaah, música de tensión y la cría aterrorizada (todo lo que puede estar una niña que no sabe actuar) y dios que me va a comer… ¿a abrazos? ¿A lametones? Se supone que el quid de la escena es que la cría se carga al chucho aunque es inofensivo porque los muñecos bla bla bla, pero el director intenta que reaccionemos como ella, con miedo al perro más adorable de la historia. Es un ridículo espantoso. Y ojo, que por entonces parece que la película todavía se puede quedar en meramente mediocre, porque la putrefacción fílmica que viene después es todavía más patética y nefasta.


Para próximos artículos me dejo la resurrección de buen cine de los dos últimos días, desde un drama de época coreano hasta un delirio estético y sangriento, pasando por dos cintas de hostias como panes, un noir de estructura descoyuntada y una comedia negra con fetos que incitan al crimen. Mucho que cortar y muy poco tiempo, que hay que exprimir al máximo las últimas horas, así que no os desesperéis porque los artículos lleguen tarde: aunque sea la semana que viene, pero irán llegando.

@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 1379 veces


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Comentarios (1)

21:14 - 14/10/2016

Miniviciao@

jajajajja me parto con algunos comentarios [qmparto]


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