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Diario de Sitges 2016. Día 6: Psicópatas, mártires y centellas

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Siempre que he venido a Sitges ha hecho buen tiempo, pero algún día le daba por llover y dificultaba las cosas. Este año es al revés: ni un solo día completo de sol hemos tenido. Lluvia, lluvia y más lluvia, frío, y cielos encapotados. Y eso, para hacer cola durante media hora, viene mal; y para andar durante 15 minutos de subidas y bajadas, atravesando ramblas y charcos, también. Es curioso que el segurata cachondo del Auditori, que todos los años se dedica a hacer comentarios con sorna y burla a quienes esperan en cola (sea público, abonados o prensa, pero sobre todo a los últimos) esté prácticamente desaparecido. Claro, está lloviendo. Y el agua fría que cala los huesos y moja los pies es enemiga del humor, como todos sabemos.



La que también parece que se ha peleado con el sentido del humor es la italiana LO CHIAMAVANO JEEG ROBOT (), cinta de superhéroes que por ambiente, trama y personajes debería aspirar a convertirse en una Kick-Ass, pero que en lugar de eso se toma muy en serio a sí misma siguiendo el modelo de Christopher Nolan y DC. Huelga decir que los resultados son bastante pobres, no ya por la puesta en escena o las actuaciones, sino porque el tono está completamente desviado respecto a lo que podría haber funcionado.

Un criminal de poca monta tiene un accidente con unos bidones radioactivos y consigue superpoderes (en concreto, superfuerza). Al principio los utilizará para cometer hurtos, pero gracias a la influencia de su vecina, se pasará al lado de los buenos. El desarrollo de la historia sigue el esquema básico de todas las cintas del subgénero, así que las sorpresas son nulas pero tiene una cierta coherencia familiar. Sin embargo, también hay tratos con la camorra, un mafioso aficionado al karaoke y exconcursante de un reality de talentos (con este sobreactuado personaje desaprovecha una oportunidad para centrar su discurso en la cultura de la fama, dejándolo meramente apuntado y sin complementarlo con nada), una joven enferma mental obsesionada con una serie anime de robots (aunque por su comportamiento parece tener más bien una discapacidad intelectual) y otras cosas de carácter marcadamente pulp que deberían ser tratadas con el apropiado tono irónico para enmarcar la aventura en un contexto más coherente. Sin embargo, no hay ni un atisbo de humor o sarcasmo, más bien al contrario: durante dos larguísimas e innecesarias horas se subraya el drama, la tragedia del héroe e incluso la situación política, bajo la equivocada suposición de que así se dota de mayor profundidad a la historia, cuando lo que se consigue es hacerla aburrida y sin interés.

El caso más flagrante de tratamiento erróneo es el de la vecina loca. Su conducta es marcadamente infantil y desapegada de la realidad, pero Gabriele Mainetti busca sexualizarla en casi todas las escenas en las que aparece, hasta el punto de que en algunos momentos parece una escena de película erótica de Jaimito. Cuando añade a la mezcla traumas con abusos sexuales para potenciar su fragilidad, esa figura de mujer florero se convierte en grotesca y ofensiva. Quiere denunciar la cultura de la violación al tiempo que juega en su campo. Demencial.



Más satisfactorio, al menos desde un punto de vista artístico, es el drama surrealista I TEMPI FELICI VERRANNO PRESTO (), título imposible de recordar que se traduciría por algo así como “ya llegarán tiempos mejores”. Se trata de una de esas películas donde hay pocos diálogos, muchos silencios y escenas donde los personajes hacen cosas cotidianas y sin gran relevancia para la trama (como andar) durante un tiempo insultantemente largo. Es decir, que su impacto depende de que tenga un significado que te estimule mentalmente.

La historia se divide en dos partes. Por un lado, dos hombres se refugian por el bosque después de huir de algo (¿la cárcel, un crimen, la revolución?) en lo que parece ser un pasado reciente, por las ropas y objetos que aparecen; a la media hora de película, se los cargan. No es un gran spoiler, la historia real comienza después, tras un interludio donde explican varias leyendas sobre un lobo malvado y una joven que falleció. Entonces comienza un tramo situado en el presente, en el que una joven granjera se ve fascinada por un hollo; cavando, cavando, encuentra un pasaje a otra parte del bosque donde se encuentra uno de los hombres del otro segmento. Y uno dice: ajam, así que ha viajado a la laguna Estigia y esto es una metáfora de la muerte, del limbo al que van a parar las almas en pena, todo mezclado con una historia sobre cómo el mal se ve fascinado y alterado por la pureza... Y es muy aburrida, sí, pero tiene su aquel. Lo que pasa es que el tramo final parece anular esta interpretación, o si la respeta, añade elementos inconexos que soy incapaz de ubicar en la metáfora sin que me dé la risa.

Eso sí, a nivel formal tiene un gran dominio del espacio y, con escasos elementos, es capaz de transmitir distintas informaciones y atmósferas. Algunos planos se demoran en exceso, pero otros denotan un virtuosismo o una vocación de estilo muy potente. No resulta todo lo fascinante y poética que pretende ser, y su lectura femenina es bastante cuestionable, pero no es un film desdeñable. Solo que este no es su festival. Sería más apropiada para la Seminci.



Dejemos atrás Italia y viajemos al culo del mundo, es decir, a Filipinas. De ahí es la inclasificable ALIPATO. THE VERY BRIEF LIFE OF AN EMBER (), que podría intentar definir como una especie de Ciudad de Dios dirigida por Terry Gilliam que mezcla thriller, comedia, fantasía, surrealismo y hasta distopía postapocalítica. El film, que comienza con un gorila bailando y un carnaval de enanos y termina con un fantasma llevándose las almas al más allá, sigue las peripecias de una banda de jóvenes criminales de entre 3 y 18 años que hacen de las suyas en la ciudad de Manila. Y se sitúa en teoría entre los años 2025 y 2053, aunque la ciudad de carbón y basura que muestre sea tremendamente familiar.

Al principio cuesta entrar en el juego que plantea la película, tanto a nivel formal como argumental. Una serie de viñetas delirantes e inconexas, rodadas en plano secuencia, se van sucediendo en la pantalla sin que parezca existir un sentido que las cohesione, y hacen pensar en un film que se basa únicamente en su plasticidad visual y sonora, en sus elementos marcianos combinados con total anarquía, para no contar nada. Sin embargo, poco a poco se va desplegando una historia bastante clara, lineal en su desarrollo, con personajes reconocibles (incluso presentados con bastante humor negro a través de su ficha personal) y una trama consistente. Y sigue manteniendo el mismo estilo narrativo, esa cámara que da vueltas sin cortes por las habitaciones, pasillos y calles componiendo unidades argumentales frenéticas e iconoclastas, con una puesta en escena colorida y llena de elementos compositivos estimulantes; unas viñetas que a veces sirven para situar la acción en un contexto de realismo mágico y crisis social y medioambiental, y otras para seguir a los personajes. Las combina además con otros recursos resultones (cada muerte, una lápida con su nombre) y aprovecha su falta de presupuesto para impulsar soluciones creativas a los momentos más complejos (el gran atraco al banco está realizado en animación primitiva sobre las paredes de una celda).

El resultado es una película loca y maravillosa sobre la breve vida de estas centellas del submundo del hampa. Un thriller con estilo que pinta una sociedad corrupta donde la policía monta un tiroteo en un prostíbulo porque no les gusta cómo canta en el karaoke un narco. Cine negro desquiciado donde un niño de 3 años con máscara de Deadpool de ganchillo (normal, tiene la cara desfigurada por una bomba de napalm) se fuma un cigarro y sostiene un revólver mientras sus compañeros se van de putas y rajan a pijos que comentan las noticias que leen en el móvil mientras viajan en limusina por los estercoleros que componen Manila. Un misterio con psychokiller ritualista en el que la religión es el dinero, el futuro es morir desmembrado o con los pulmones negros, y al resto de U2 le da igual el hambre en África.



Pero como no todo van a ser sorpresas agradables, los malayos nos traen un thriller de saldo con INTERCHANGE (), enésima replicante de Seven que en esta ocasión nos presenta un asesino original e intrigante, capaz de extraer todos los vasos sanguíneos de un cuerpo y dejarlo colgado de unas ramas surgidas de la nada entre plumas negras de un pájaro extinto. ¿Vampirismo, brujería, serial killer sin más?

La respuesta a este enigma pronto da exactamente igual entre la montaña de despropósitos que se acumulan en una de las narraciones más caóticas y sin fuste del festival. Los personajes se definen de forma difusa y realizan acciones difícilmente comprensibles o coherentes, aparecen en lugares donde no tiene sentido que estén, y actúan con motivaciones flojas o inexistentes. La trama está tan desordenada (y no porque se emplee una narración no lineal, sino por la carencia de solidez en el causa-efecto) que las revelaciones son cada vez más caprichosas. Y los elementos fantásticos están presentados de forma realmente absurda, con seriedad pero sin talento, por lo que caen en la comedia involuntaria (en especial ese hombre-pájaro que quiere ser trágico y poético pero parece subnormal).

¿Y todo ello para qué? Pues para montar una reivindicación de los pueblos indígenas y una crítica al colonialismo, en una metáfora tan simplona y literal que poco puede aportar a una persona de más de 12 años de edad mental. Y en donde, además, se busca el romanticismo y la tragedia griega sin darse cuenta de que ninguno de los personajes ha hecho nada para ganarse la simpatía o identificación del espectador con su causa. Más bien al contrario.



Y de thriller incompetente a thriller incompetente, pero cambiando la nacionalidad por la estadounidense. LET ME MAKE YOU A MARTYR () se ha conocido como “la peli donde Marilyn Manson interpreta a un asesino nazi”, pero es mucho más que eso. Y todo malo. En realidad, la actuación de Manson es una de las pocas cosas que se pueden salvar de este despropósito pedante, confuso, insufrible y aburrido, que quiere ser una True Detective metafísica y está incluso por debajo del nivel de todas esas películas de mierda que salieron en los 90 intentando imitar al Tarantino de Pulp Fiction.

El argumento que se puede sacar en claro del desastre narrativo que es el film nos presenta al hijo de un traficante de droga, que regresa a su ciudad natal para saldar cuentas con su pasado porque le apetece un montón, y acaba cargándose o provocando la muerte de mucha gente porque cosas que pasan o algo así, quién sabe, porque el guion es una absoluta bazofia donde ningún personaje se comporta con una motivación clara, coherente o simplemente consecuente con los eventos mostrados en el resto de la película. Por un lado tenemos que la historia está narrada en un interrogatorio por el protagonista, y que éste cuenta no solo escenas donde no estuvo presente, sino también otras que ni siquiera puede saber que existieron. Por otro lado, la trama está presentada de forma no lineal y el criterio para ordenarlas es tan caprichoso como la absoluta ineptitud de la puesta en escena para comunicarte en qué momento temporal puedes situarte. Por otro, los diálogos son una mezcla de diatribas filosóficas gratuitas en torno a la vida, a Dios y al destino que podría haber escrito el estudiante rubio gilipollas de El Indomable Will Hunting; junto a otras reflexiones de cuadro de gatetes, tópicos mil veces vistos en el cine criminal y referencias a cultura popular tan caducas como vacías. Y como guinda del pastel, la mayoría de personajes y subtramas no pintan nada, son superfluas y no solo no tienen cohesión interna o motivación, sino que acaban sin resolverse o liándose en madejas que no saben dónde ir.

¿Y todo ello para qué? Pues para un giro final obvio y pretencioso que busca la poética y encuentra la ñoñería; busca la mirada inteligente a una realidad social sin esperanza y se encuentra con un bizco que no sabe por qué es mala la droga pero igualmente vota a Trump; busca la metáfora religiosa sobre la expiación y se encuentra una analogía incoherente de patio de colegio; busca la sorpresa y el volarte la mente y se encuentra uno de los recursos más manidos y simplones para resolver una historia. Esto no es True Detective, esto es True Mongoloider.



En comparación con esa película, un thriller sin grandes aspiraciones como PET () parece una obra maestra, aunque base toda su experiencia en una decena de giros de guion que no siempre se resuelven con la eficacia o aptitud para el matiz psicológico que requieren. El argumento nos presenta a un vigilante de una perrera que secuestra a una joven por la que se ha quedado prendado y la encierra en una jaula para enseñarle una lección. Desvelar más sería estropear la experiencia del primer visionado, pero baste decir que nada es lo que parece.

La labor tras la cámara del catalán Carles Torrens es correcta, sin estridencias ni señales de un estilo propio. La suya es una mirada puramente funcional al guion, limando asperezas que hacen que la trama se desarrolle con fluidez y sea accesible para cualquier tipo de público, pero también por ello desaprovechando ciertas aristas psicológicas de enorme perversidad que podrían haber dado mucho más juego. Su lado oscuro sigue estando ahí, porque al fin y al cabo es el motor de la trama y sin él cojearía; pero el realizador no realiza subrayados, ni utiliza recursos expresivos, ni potencia esos matices más allá de lo necesario. Donde un Cronenberg (por poner un ejemplo de director cuyo estilo podría haberse ajustado a la perfección a esta historia) habría realizado un cuento turbio sobre la obsesión sadomasoquista, sobre el amor y la entrega a través de la carne, Torrens rueda un mero thriller psicológico de entretenimiento, con giros de guion y algo de casquería para animar el desarrollo.

Es una salida válida y el resultado se disfruta sin problemas, incluso con placer, pero sus impactos no se meten bajo la piel y su capacidad para perturbar es limitada, por lo que es sencilla de olvidar. Si llego a esperar uno o dos días más para escribir sobre ella, quizá no habría sabido qué decir.



Todo lo contrario ocurre con THE EYES OF MY MOTHER (), una de las experiencias más malrolleras del festival. El film cuenta la historia de una niña que vive apaciblemente en una granja, hasta que un día aparece un extraño que viola y mata brutalmente a su madre. Conforme va creciendo, la niña va desarrollando una psicopatía cada vez más perturbadora y enfermiza.

A pesar de lo que pueda parecer esa sinopsis, la película se sitúa en las antípodas del cine exploitation. No se trata de un slasher, ni de pornotortura, ni de ningún tipo de terror de consumo de videoclub. Se trata, en cambio, de cine de autor puro y duro, que utiliza recursos argumentales del género para construir un cuento perverso y pútrido, una mirada perturbadora a las patologías creadas por la sociedad patriarcal en las mentes más frágiles y maleables. En el corazón de su discurso feminista se encuentra la corrupción total del concepto de madre devota, amante apasionada y esposa abnegada, deformada y caricaturizada aquí hacia la obsesión fetichista, la excitación necrófila y el sadismo corporal.

De esta forma, la tortura se inflige como modo de controlar el miedo que provoca el otro, como desviación religiosa para expiar los pecados propios y ajenos, como estrategia para mantener al extraño en un estado de dependencia, una simulación deforme y embrionaria de un hijo putativo. La necesidad de comunicación y empatía se sustituye por un entorno previsible y deshumanizado a través de la forma más pura de crueldad. Y los vínculos emocionales del pasado, incluso aquellos desarrollados a través del abuso sexual, se mantienen sin importar el estado de la carne. La incapacidad para afrontar el dolor y para rebelarse ante el concepto de mujer completa convierte así a la protagonista en una mantis religiosa bella por fuera, pero putrefacta por dentro. Sus demonios, encerrados en el granero, son una expresión de su mente frágil y corrupta.

Nicolas Pesce articula todo este discurso de enorme riqueza temática a través de una puesta en escena sobria y elegante, con un blanco y negro que suaviza el impacto de la sangre pero potencia el carácter expresionista de las imágenes. La composición de cuadro es una auténtica obra de arte, logrando que cada fotograma destile una belleza plástica enormemente perturbadora, en tanto que retrata la más absoluta podredumbre con una elegancia capaz de emocionar. Y aunque el tempo narrativo es extremadamente lento y parsimonioso, hasta el punto de que se puede atragantar a ciertas horas de la noche, las elipsis narrativas están empleadas con una gran efectividad. Pocos momentos más brillantes para comprender la potencia expresiva que puede tener este recurso que la escena donde la acción salta abruptamente de una futura víctima poniendo excusas para irse de la casa, antes siquiera de que la protagonista coja un arma o la amenace, a la mañana siguiente en esa misma cocina y la protagonista limpiando con esmero un enorme charco de sangre. A mí me volvió loquísimo. Solo ese momento ya merece más la pena que la mayoría de las películas de este artículo.


Para el próximo os hablaré de la nueva película de Rob Zombie, el músico. Abstenerse fanáticos que no soporten las críticas a este cantamañanas.

@DamnedMartian

 

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