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Diario de Sitges 2016. Día 1: Trenes, bosques y sirenas

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Cuarto año consecutivo en Sitges. Nuevo hotel, nuevo medio de transporte (el tren en lugar del avión), mismos amigos, quién sabe si alguno nuevo durante la duración del festival. Todo cambia y todo sigue igual: la organización del certamen nos sigue obligando a levantarnos indecentemente temprano para pedir tickets (ahora también para los pases de prensa por nosequé excusa de que se quedan sitios vacíos que podrían vender al público, como si un martes a las 11 de la mañana se llenasen las salas), pero parece que la cantidad de caos se ha reducido. Por ejemplo, este año hemos podido sacar la acreditación el día antes, en lugar de estar a las 8 en punto en la sala de prensa para cogerla y largarse corriendo a otro cine.

Además, me ha venido bien lo de la acreditación temprana porque os aseguro que 7 horas y media de tren para llegar de Murcia a Sitges te dejan las piernas muertas y con ganas de estirarlas, y nada mejor que un paseo al Auditori seguido de unas cervezas (las primeras y por supuesto no las últimas). Tampoco es que el viaje en tren se haga muy pesado cuando tienes la oportunidad de rescatar alguna de las películas que por tiempo y horarios no podrás ver en el festival. Y qué mejor film para ver en un tren que uno de zombis situado en un tren...



El cine de género coreano ha dado muchas alegrías a los cinéfilos desde su explosión internacional a principios de siglo. Hay una frescura especial en su tratamiento de los distintos estereotipos de género, una innovación formal que no es rupturista y quizá sea mera consecuencia de su forma de entender el cine, pero que insufla nueva vida a los esquemas más trillados. Eso es lo que ocurre con la entretenidísima TRAIN TO BUSAN (), una película de zombis (o infectados) cuyo único punto de originalidad es desarrollarse de forma casi íntegra en el interior de un tren.

Tampoco es que el film requiera de una originalidad pavorosa para resultar efectivo. Basta con una puesta en escena sólida, un ritmo endiablado, unos personajes bien definidos (cuyo orden de muerte se puede prever con bastante facilidad, pero cuyos arcos argumentales se resuelven con coherencia e incluso emotividad) y un aprovechamiento notable del espacio y los recursos limitados (aun sin librarse de ciertas trampas para facilitar la supervivencia de los personajes en determinadas situaciones, como esos zombis empujados a los asientos que se quedan ahí revolviéndose hasta que terminan de pasar los héroes por el pasillo). Y así, sin necesidad de grandes virguerías y sin intentar abarcar más de lo necesario ni darse una importancia que no tiene, se consigue un thriller de terror y acción la mar de resultón y con pocas pegas que ponerle.

Esta modestia en sus objetivos (que no en sus recursos visuales) también hace que, a diferencia de buena parte del cine de muertos vivientes, no desarrolle un discurso político, económico o social en profundidad. Los infectados que en otros films son carne de metáfora sobre el borreguismo, el consumismo o la deriva del ser humano, no tienen en este caso ninguna función más allá de ser la amenaza contra la que los personajes deben enfrentarse. Sí que existe, en cambio, una crítica al individualismo como lacra social, ensalzando la colaboración, el altruismo y el sacrificio como valores sobre los que construir una sociedad que no esté abocada al colapso. Pero si ese mensaje se hubiese complementado con un retrato del monstruo con alguna segunda intención, quizá la película habría dado el salto de mero entretenimiento a clásico del género.



La cinta coreana está protagonizada por un padre y su hija, y de infectados y relaciones paterno-filiales también trata HERE ALONE (), que centra su historia en una superviviente que vive en el bosque tras un apocalipsis zombi, y que tendrá que aprender a convivir de nuevo en sociedad (o al menos en familia) cuando un padre y su hija se cruzan en su camino. Su estructura, muy clara atendiendo a esta sinopsis, se divide en dos tramos claramente diferenciados. Y, como ocurría en la última versión de Soy Leyenda, la primera parte es muy superior a la segunda.

Cuando se centra en la solitaria protagonista (una excelente Lucy Walters) y en su mecánica diaria para alimentarse, luchar contra los elementos y evitar a los muertos vivientes, el film es sobresaliente. Dirigido con pulso firme, consigue extraer momentos de tensión evitando mostrar cualquier atisbo de sus criaturas, solo empleando sonidos y utilizando los espacios abiertos y los bosques frondosos como parajes ominosos donde la muerte acecha. Los flashbacks a la vida previa del personaje, que no son realmente necesarios, al menos consiguen aportar una cierta realidad emocional para entender el periplo que ha sufrido y su transición de madre y esposa a dura superviviente. Parece que se avecina un peliculón, pero es solo el primer acto de la historia, y durante la hora siguiente el guion traiciona este espíritu para caer en todos los tópicos del género, tanto en las situaciones manidas como en los personajes estereotipados.

Al principio, con la llegada de los intrusos la dinámica de la película se altera en modos interesantes. La resocialización de la mujer ofrece la oportunidad de abordar la necesidad del otro para vivir, en especial cuando se ha sufrido una pérdida. Sin embargo, el guion sigue las pautas ya exploradas por tantas y tantas películas y series que pierde toda su frescura, no consigue aportar ni una visión renovada ni un discurso sólido, prefiriendo recurrir a escenas de tensión gratuitas y deformar a sus personajes para provocar determinados giros de los acontecimientos que quieren crear un aumento de la sensación de peligro, pero en lugar de eso solo causan un desapego emocional por caer en lo irreal y peliculero. Al final, acaba aburriendo.



Más estimulante resulta la francesa DANS LA FORÊT (), donde Gilles Marchand da un recital sobre cómo crear atmósferas y construir simbolismos orgánicos al desarrollo de la historia, creando un thriller casi lynchiano a partir de un guion que bien podría haber sido una mediocridad con final sorpresa y sustos de opereta en manos de un realizador menos avezado (miedo me da pensar en que Hollywood se interese por rodar un remake). El planteamiento es sencillo: un padre divorciado lleva a sus dos hijos a un viaje por el bosque, en concreto a una cabaña. Sin embargo, lo que busca de este lugar y de sus propios hijos es mucho más oscuro.

Es mejor desvelar lo menos posible del film, porque sus piezas no son tan complicadas de encajar (ya digo que el guion no es un dechado de virtuosismo críptico, aparte de que podría haberse condensado en 90 minutos para funcionar de forma más compacta) y conocer de antemano los caminos que va a seguir pueden deslucir el misterio que consigue construir. Baste decir que lo que parece un film de terror al uso se desvela como una exploración sensible y muy humana sobre el miedo: cómo lo sentimos, cómo lo rechazamos, cómo lo afrontamos o lo evitamos, cómo lo aceptamos como parte inevitable de nuestra existencia. El miedo a lo extraño, a lo desconocido, y ante todo a la muerte. Empleando el sonido y el silencio como motores sensoriales, otorgando una fuerte presencia a los espacios vacíos y oscuros, a la inmensidad del espacio y a la claustrofobia del bosque, Marchand consigue transmitir la sensación del mal que acecha sin apenas mostrarlo más que en unas pocas ocasiones, y de forma más rotunda por complementarlo con los recursos fílmicos mencionados.

Hay que destacar también la interpretación del jovencísimo Timothé Vom Dorp como el niño cuyas capacidades especiales le hacen ver seres y saber cosas que no debería. En su mirada asustada y su tensión psicológica, así como en su halo de inocencia y pureza, descansa toda la trama.



Si el film francés podría haber durado 10 minutos menos, ARE WE NOT CATS () debería haber durado más. Bastante más. Lo necesario para encontrar una historia que merezca la pena contar, porque en su estado actual de 78 minutos no llega más allá del planteamiento inicial, y para eso con un corto era suficiente. La historia en sí nos presenta a un chico cuya vida es un desastre, que se enamora de una joven moderna, alegre y adicta a comer pelo. Es un trastorno psicológico real llamado tricomanía, y hasta que uno no lo ve en pantalla no es consciente de lo jodidamente asqueroso que es.

Rodada de forma correcta, sin caer demasiado en los esquemas característicos del cine independiente 'manic pixie dreamgirl', y sí un poco más en la fijación con el asco puto del gore corporal autoinfligido (no es que muestre vísceras, desmembramientos ni nada parecido, pero sí que se recrea en arrancar pelos, rascarse úlceras y vomitar sangre), el principal problema del film es que carece de propósito alguno. Más allá de retratar un problema mental de forma básica, ni desarrolla una historia de amor emotiva, ni realiza un análisis profundo de los motivos o las vinculaciones (eróticas, nerviosas, traumáticas, obsesivas) de esta patología, ni utiliza esta trama para simbolizar nada en concreto. Es simple, llana, sin recovecos excesivos, y tan pronto como plantea su conflicto lo resuelve. Ni siquiera aprovecha su potencial surrealista, sarcástico o bruto. Se queda en una cinta adecuada pero plana.



Si más allá del asco, la anterior película aporta poco, todo lo contrario se puede decir de la polaca THE LURE (), una cinta inclasificable que retoma el cuento de la Sirenita y lo convierte en un musical pop de terror gótico y luces de neón y erotismo cuasipedófilo. Es difícil a pie de festival abarcar todos los matices que requeriría una crítica completa de una cinta que provoca tanta tensión como carcajadas, que se parodia a sí misma pero que al mismo tiempo busca la emoción a través del asalto sensorial más delirante. De hecho, escribo estas líneas recién salido de la sala y, si no le hago justicia, es porque es una película tan bizarra que exige una digestión más prolongada.

La historia nos presenta a dos sirenas seducidas por la música de un joven, que salen a tierra y acaban en un grupo musical que toca en un club nocturno. La fractura entre ambas se produce cuando una de ellas comienza a enamorarse del joven. Agnieszka Smoczynska inunda sensorialmente al espectador desde el primer minuto, empleando un amplio abanico de recursos visuales y sonoros para transmitir el poder seductor de estas dos muchachas, cuya abierta y lubricada sexualidad (incluso sus colas disponen de una abertura vaginal cronenbergiana) contrasta con sus figuras casi infantiles. De hecho, carecen de sexo, lo que hace que su ninfomanía resulte casi tan perturbadora comos los ecos y rasguidos asonantes de sus voces primordiales, que se añaden a otras conductas para delatar su naturaleza semianimal. Los colores vivos, las luces fulgurantes, contribuyen a crear una plasticidad que aleja por completo la historia tanto de un entorno realista como de una fábula clásica, convirtiéndola en un cuento lisérgico donde los hechos no deben tomarse al pie de la letra, sino por su simbolismo y función narrativa abstracta.

En este sentido destacan los abundantes números musicales, tanto dentro como fuera del escenario, cuya variedad abarca desde la locura orgiástica hasta la melancolía homicida, pasando por la ingenuidad naive, el humor de opereta e incluso el musical clásico. Cada uno de ellos cumple una función para definir los personajes, pero también para hacer avanzar la historia hacia un retrato desencantado y mordaz de la fama y el amor, siempre acompañados por una autodestrucción que en este caso no se debe a la avaricia ni la adicción, sino a la dependencia emocional (y sexual) del hombre. Todas las figuras femeninas del film son fuertes, tienen poder para hacer cualquier cosa, pero eso no les impide sucumbir a sus debilidades y acabar en tragedia, muerte y pérdida. De esta forma, no es tanto un alegato feminista como una metáfora sobre el sufrimiento de la mujer, sobre sus maravillosas capacidades y sus trágicas flaquezas, que ensalza la unión fraternal y celebra los instintos más primarios (sea follar, beber, cantar, bailar, amar o arrancar gargantas de cuajo) sin ningún atisbo de culpa o necesidad de expiación.

Pero todo esto, claro, es lo que uno va diseccionando de un film tan esquizofrénico y estimulante como frustrante y absurdo, que cambia de tono y estilo como quien se prueba ropa ante un espejo, y que asalta los sentidos y el cerebro con tantas aristas expresivas y emocionales que es difícil dar un veredicto en un solo visionado. Eso sí, abstenerse mentes poco preparadas porque se puede atragantar con facilidad.


Y mañana más, que Vigalondo me está esperando en Tramuntana.


@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 704 veces


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Comentarios (1)

22:06 - 10/10/2016

Miniviciao@

Yo solo vi la del tren y me gusto lo suyo XD


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