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SEFF'15. Europa se vuelve global

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Todos hemos escuchado alguna vez la expresión de ‘los vascos nacen donde les da la gana’ a partir de ahora esa expresión puede aplicarse al cine Europeo o al menos eso parece después de ver cómo se están desarrollando los primeros días del Festival de cine de Sevilla.

Bueno quizás he pecado de extremista o de novato (de esto segundo seguro) pero la sorpresa de ver películas Iranís, Tailandesas y/o brasileñas es chocante aunque claro lo importante (como casi siempre) es de dónde viene el dinero que hace posible esos trabajos. Gracias a estas co-producciones el festival rompe las fronteras europeas y adquiere una dimensión internacional.


Tras ver en el pasado festival de cine de San Sebastián la última película de Jafar Panahi, en la clandestinidad y sin permisos, donde hablaba de la represión y la falta de libertad a la que estaba sometido llega a Sevilla dentro de la sección Nuevas Olas, Paradise producida por su hermano, Yousef Panahi, que mantiene la tradición familiar de rodar en Irán sin permisos oficiales en este caso para contar la historia de Hanieh una profesora que se enfrenta a la desesperante burocracia para pedir un simple traslado a un colegio más cercano que le evite los los interminables transbordos que tiene que hacer para llegar al trabajo.

La película se inicia con una pantalla en negro sobre la que escuchamos la entrevista para solicitar dicho cambio en ella a la protagonista se le recrimina su falta de conocimiento sobre cómo y cuándo debe ponerse el Hiyab (velo que cubre desde la cabeza a los pies dejando únicamente al descubierto la cara y las manos). Esta prenda es el símbolo de la represión a la que están sometidos las mujeres en Irán, opresión en la que son simples objetos y culpables de su destino si no se dedican a cumplir las leyes de la moral.

Al igual que en Taxi Téhéran nos encontramos con una cinta en la que el valor extracinematográfico supera a los méritos cinematográficos. Aunque no por haberse contado con anterioridad la historia deja de ser necesaria pero sí pierde fuerza ante las comparaciones aunque es curioso que en este caso la cinta gana enteros cuando empiezan a aparecer similitudes escenas que nos recuerdan a nuestro pasado.
Y es que no hay tanta diferencia entre la directora del colegio de niñas del film y aquellas monjas, que como ella, estaban más preocupadas por la longitud de la falda o la inmoralidad de practicar ciertas actividades (como jugar a fútbol) que de la enseñanza.

Asusta ver que aquellos que muchos llaman países fundamentalistas en el fondo, no están tan alejados de nosotros o al menos no de nuestro pasado.

De Irán viajamos a Brasil para seguir hablando del pasado o en este caso de cómo se puede recuperar un pasado entre padre e hijo si este nunca existió.


Tras veinte años sin hablar con su padre Sergio Oksman se cruza con él durante un viaje en 2013 a Brasil y acuerdan que pasarán El Mundial de Fútbol de 2014 juntos documentando ese encuentro. El resultado es, O Futebol, un documental muy personal que utiliza el deporte rey como excusa para intentar acerca a los personajes pero acaban descubriendo que, como el propio director comentó en rueda de prensa, ‘el fútbol se inventó para evitar los silencios incómodos entre padres e hijos’. De esos silencios está la película llena, momentos que solo se rompen con comentarios triviales (magistral, por el absurdo que supone, resulta la escena entre el padre del protagonista con un trabajador de seguridad mientras ven un partido) y que provocan que ante las pocas muestras de profundidad del padre del protagonista nos resulte incómodo estar ahí, como si ese momento no debiera pertenecernos.

Con poco más de una hora de duración Sergio Oksman construye un profundo retrato de una relación rota en la que los dos protagonistas se encuentran perdidos.

Sin duda, de momento, es la mejor película de lo que llevamos del festival y una de las mejores del año.


Seguimos viajando y de Brasil viajamos al sudeste asiático desde Tailandia llega Cemetery of Splendour y la parte más complicada de escribir de este artículo ya que tengo que reconocer que no soy el mayor fan de Apichatpong Weerasethakul, es más, únicamente he visto una película de él, dos si contamos esta, y no conseguí encontrar todas las virtudes que se le atribuían y que le llevaron a ganar la Palma de Oro.

Dicho esto, está claro que quizás no sea la persona más indicada para hablar de la última película del director tailandés. Y aunque en Cemetery of Splendour reconozco valores por ejemplo me fascina el uso de la fantasía como algo terrenal, sin alardes, elementos fantásticos que son casi imposibles de diferenciar de los reales, no puedo más que dejarme llevar por los momentos en que nos invita a cerrar los ojos y, en cierta medida, hipnotizarnos llevándonos a visitar lujosos palacios de épocas pasadas en lugares donde hoy en día únicamente hay campo, o selva en este caso. Descubro la belleza en las imágenes que se crean en la sala de cuidados del hospital, con esos aparatos que inducen al sueño de los soldados y cambian de color generando preciosos baile de colores, pero en el momento en que termina la película y aparecen los primeros títulos de crédito siento que me han querido contar algo que no he sabido comprender y leo a otros compañeros que ven metáforas sobre la situación actual de Tailandia y la figura del ejercito.

Así que, si necesitáis o queréis indagar más sobre Cemetery of SplendourCemetery of Splendour os recomiendo que busquéis más artículos ya que servidor todavía no conecta con el cine de Apichatpong Weerasethakul pero no os preocupéis porque en la próxima volveremos a intentarlo.

En el próximo artículo recuperaremos la sección oficial dónde han empezado a aparecer los primeros títulos con posibilidades de estar en el palmares final. Hasta entonces nos vemos en los cines.

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