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Zinemaldia 2015. Día 6. Decepción con acento cubano

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Comienza la cuenta atrás de las películas que faltan por ver. Revisamos la Sección Oficial valorando lo que hemos visto y cruzamos los dedos para que todavía quede algo sorprendente por ver. Lamentablemente, en esta jornada no ha aparecido ese título.


Una de las películas más esperadas tras su anuncio a competición era El Rey de La Habana de Agustí Villaronga, quien volvía a San Sebastián tras el éxito de Pan negro. Había buenas sensaciones tras sus pases previos en Madrid pero, para seguir la costumbre de este año, ha sido proyectarse para la prensa y empezar la división de opiniones, aunque en esta ocasión las negativas han sido muy superiores a las positivas.

El director mallorquín adapta la novela homónima de Pedro Juan Gutiérrez. En ella un joven adolescente cubano debe enfrentarse a las calles de La Habana durante los años 90, ayudándose de su "tremenda pinga con dos perlas" para conseguir salir adelante en una ciudad alejada de las postales turísticas, donde la precariedad, la pobreza y la violencia conviven con la mentira y el engaño mientras que el sexo sirve, más que para el disfrute, como forma de conseguir algo de alimento y seguir viviendo un día más.

Villaronga nos muestra la Cuba más oscura, un retrato para algunos demasiado morboso y que busca sorprender e incomodar al espectador a toda costa, mostrando una realidad afeada que por momentos resulta difícil de creer. En el punto opuesto a esas críticas nos encontramos los que defendemos esos ‘excesos’ para hacer creíble la difícil situación de los personajes. El problema llega quizás en los tremebundos minutos finales, diana de todos las críticas y que lastran a una propuesta entretenida, a pesar de su dureza, y sobre todo con ritmo para mantener al espectador atento a pesar de la acumulación de cansancio.

Las expectativas de encontrarnos con algo parecido a su anterior trabajo no se cumplen pero para servidor es una película de las que remueven por dentro y deben ser vistas. Aunque esta parece ser la opinión minoritaria, a la vista de los pocos aplausos que recibió la película.


Bastante menos enfrentamientos ha habido con la segunda película a competición del día, la georgiana Moira. Reconozcámoslo: pocos, por no decir casi nadie, sabrían nombrar el título de una película de Georgia más allá de la multipremiada durante el año pasado Corn Island, ya que parece que la única manera de ver films de este país fuera de sus fronteras es en los festivales. Lo curioso es que, vistas las cintas de otras nacionalidades que llegan a nuestra cartelera, algo tan accesible, correcto y disfrutable (en la medida de lo que cuenta) como Moira no encuentren su sitio en nuestras salas.

La película cuenta la historia de Mamuka, que acaba de salir de la cárcel e intentará sacar a su familia de la pobreza y volver a unirla. Gracias a un préstamo de un amigo consigue comprar un barco y empezar una próspera vida como pescador, pero el pasado y el destino tienen otros planes para él.

No es una gran película, pero sí un sólido drama familiar con algunos elementos de thriller que se ve con facilidad durante todo su metraje y que gana enteros con una resolución notable. Aplausos en la sala y comentarios favorables sin ser excesivamente efusivos.

Por suerte para los cronistas, existe vida más allá de la Sección Oficial, y si se ha tenido una mañana floja de cintas a concurso siempre se puede remontar. Para eso es mejor recurrir a las secciones donde se juega sobre seguro, Perlas o Zabaltegi, con títulos que ya han pasado por otros festivales y de los cuales ya tenemos referencias. En esta sexta jornada, dos consagrados directores como Jafar Panahi y Aleksandr Sokurov se han encargado de darle un poco de brillo al día, con dos propuestas totalmente diferentes pero de resultado notable.


El director ruso nos habla de la historia y más concretamente de cómo el arte ayuda a entender esa historia. Su magnífica Francofonia empieza con una frase demoledora y que marca el tono que va a tener el documental "¿Qué sería Francia sin el Louvre? ¿Qué sería Rusia sin el Hermitage?". A partir de ahí Sokurov utiliza las obras del museo parisino y recreaciones históricas rodadas para la ocasión (sin eliminar las claquetas, para dejar claro ese juego entre realidad y ficcionado) para contar la historia del Louvre desde principios del siglo XX, centrándose sobre todo en los personajes que hicieron posible la conservación de las obras durante la ocupación alemana de la capital francesa en la Segunda Guerra Mundial.

Estamos ante una película pausada donde el acercamiento a las obras y su contemplación adquieren la misma importancia que el desarrollo de la historia. Al fin y al cabo es la protección de esas obras y de la memoria histórica lo que Sokurov defiende, como se ve en un momento del film en el que el director ruso habla con un amigo, capitán de barco, que se encuentra en mitad del océano en medio de una tormenta transportando obras de arte de un museo a otro. Los dos interlocutores están horrorizados ante la posibilidad de perder la carga. En esa misma conversación, Sokurov se confiesa: "Ya he terminado mi trabajo… Aunque creo que no va a ser una buena película". Quizás el termino película no valga para definir Francofonia: debería hablarse de ella como lo que realmente es, una pequeña obra de arte.


Si Sokurov nos habla del pasado a través del arte, Jafar Panahi decide contarnos el presente de Irán y de su situación, esa en la que todavía tiene prohibido rodar películas por considerar que no cumplen las leyes del ‘cine distribuible’ que dicta el gobierno iraní.

En Taxi Téhéran, el director se mete en la piel de un taxista para, con la instalación de varias cámaras en el vehículo, relatar la situación de su país contada de primera mano por los clientes que se van subiendo al coche. Nos encontramos ante una nueva muestra de la maestría de Panahi para combinar el formato documental con la narrativa de ficción, pero en ese saber hacer también es donde se pierde cierta frescura, al guionizar la actuación de los personajes que van apareciendo para exponer ciertas ideas, y sobre todo por mostrar cierta parcialidad al contarnos únicamente su verdad.

Hay que reconocer la valentía del director de seguir rodando cine a pesar del riesgo que corre, pero no hace falta engañarse: la película tiene más valor por lo que significa para la libertad de expresión y el amor al cine que por ser una gran cinta, solo es un título sencillo y disfrutable.

Cada vez falta menos para llegar al final. En el próximo artículo, penúltimo del festival, hablaremos de una Sección Oficial basada en hechos reales y de la, por fin, película consenso del Zinemaldia, La Novia. Hasta entonces nos vemos en los cines.

 

Fuente: CINeol | Visitada: 1327 veces