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Zinemaldia 2022 (IV). Intrascendencia en la competición oficial

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Las películas tienen el poder de emocionarnos, divertirnos e incluso hacernos enfadar por eso unas de las cosas que más me molesta al terminar de ver una película es que lo único que me haya generado sea indiferencia. Por desgracia en la Sección Oficial hemos visto tres títulos (casi seguidos) en los que ese era el sentimiento que nos encontrábamos al encenderse las luces de la sala tras la proyección.


PORNOMELANCOLÍA (), un título que provoca más que la propia película sigue los días de un pornoinfluencer que decide dar el paso y empezar meterse en la industria del porno. En su nueva película, Manuel Abramovich, realiza una mezcla entre ficción y documental para sacar a la luz la deshumanización del mundo del porno en la que los actores no son más que trozos de carne pero ese mensaje queda sepultado por su interés en mostrar más los cuerpos desnudos que los sentimientos de los personajes, aunque sea en esos breves momentos entre bambalinas donde ellos se desnudan emocionalmente y la película gana en interés y profundidad para rápidamente volver a centrarse en cuerpos desnudos. Incluso un tema tan potente como el rechazo de los contagiados por VIH en el mundo de porno gay y en la sociedad queda como un ligero apunte al margen, una ocasión perdida de adentrarse más en la psicología de unos personajes que enfrentan la vida que muestran en redes sociales, llena de sonrisas y comentarios positivos, con lo que realmente están viviendo, la soledad, el silencio y los tristes encuentros sexuales.

Así que uno termina con la sensación de haber visto una película donde lo más interesante son los trazos que perfila más que el cuadro final. Una pintura, sin grandes alardes técnicos ni detalles excesivamente llamativos, agradable de ver pero que se olvida al poco tiempo, casi como un cuadro de decoración de Ikea.


Algo parecido, aunque con mucho más empaque visual, sucede con la representante de República Checa al Oscar a Mejor Película Internacional. IL BOEMO (), biopic sobre la figura de Josef Mysliveček, compositor de origen checo que a finales del Siglo XVIII se convirtió en el autor más celebrado y prolífico de la ópera italiana.

Petr Václav dirige con solvencia una historia que por momentos parece más interesada en los escarceos amorosos del autor que en sus logros artísticos. De corte clásico y academicista tiene todos los elementos que pueden esperarse de una gran producción de época como la que nos ocupa; un maravilloso diseño de producción, un excelente y muy numeroso vestuario, grandes escenas musicales, actuaciones solventes y un guión lleno de clichés pero que funcionan en una estructura clásica de auge y caída de cualquier estrella del rock. Además consigue que, a pesar de sus 140 minutos y sus alargadas (en exceso) secuencias operísticas, sobre todo aquellas que no funcionan como reflejo de la vida del autor, el interés no decaiga manteniendo un ritmo que consigue evitar la cabezada del espectador (lo que es un logro en un pase a las 4 de la tarde).

En resumen tenemos una película en la que todos los elementos funcionan bien, no aporta ninguna novedad al género de cine de época, pero se ve con facilidad la misma con la que posiblemente se olvide.

Algo más de poso y menos indiferencia dejaba el debut en la dirección de Mikel Gurrea quien compite con su primera película por la Concha de Oro.


SURO () o que mal le sienta a los pijos de ciudad irse a vivir al campo es un debut arriesgado, interesante pero también irregular que peca de querer abarcar demasiados frentes.

En uno de ellos, que funciona notablemente se nos retrata la llegada de Helena, una demostración más del enorme talento y el poder de atracción de Vicky Luengo, un animal en pantalla con una capacidad brutal para saber el momento justo en que pasar de la sutileza a la explosión de emociones, e Ivan a una nueva vida en los bosques de alcornoques, donde ella ha heredado una posesión enorme, pero sus diferentes puntos de vista sobre cómo vivir en la tierra producirán el desgaste de la pareja y aparecerá la doble moral con el que toman decisiones según les afecte o no a su bolsillo, demostrando un muy buen reflejo de esa gente acomodada con ideología cooperativista y conciencia social pero que a la hora de la verdad lo único que quiere es ganar dinero para ellos. En otro de los frentes encontramos el retrato de las diferentes clases sociales y los dobles raseros a la hora de medir la valía de los trabajadores en función de su nacionalidad. Una identidad de clases que se traslada al trato que esos trabajadores tendrán con la pareja protagonista cuando empiece la retirada del corcho (“suro” en catalán) de los árboles de alcornoque.

En la relación con los trabajadores es donde se produce una subtrama en la que se pierden minutos, alarga innecesariamente la historia y no aporta gran cosa al desarrollo de personajes ni de la historia. Algo parecido a lo que sucede en el cierre de la película que se alarga hasta en tres finales siendo el última quizás el menos potente y que únicamente sirve como subrayado a lo que nos ha mostrado la película una especie de metáfora sobre bien está lo que bien acaba aunque nos hayamos dejado el amor, las amistades y las ganas de vivir por el camino. A pesar de sus excesos los puntos a favor de la película, el gran manejo de la tensión creciente, el trabajo actoral, una gran puesta en escena, hacen que nos cree bastante curiosidad por saber por dónde seguirá la carrera de Gurrea.

Falta medio festival todavía y ya he visto la que seguro será mi película favorita del Zinemaldia 2022. En el próximo artículo os escribo sobre ella. Hasta entonces nos vemos en los cines.

Este año también comentaré más películas en el Podcast de Cinema Manifesto y como todos los años podéis leerme en la cuenta de twitter Charlyr2d2.

 

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