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Zinemaldia 2019 (VII). Bendita locura

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Cada año al volver del Festival Internacional de Cine de San Sebastián me hacen, tarde o temprano, el mismo comentario “¿has visto todas esas películas?, estás loco” y creo que en el fondo algo de razón tienen, aunque cualquiera que sienta la misma pasión por alguna otra afición (fútbol, música, etc.) podría sentirse identificado con todos los que, durante los 9 días que dura el Zinemaldia, nos inyectamos cine en vena.

En esa locura compartida que se produce en el festival todas las ediciones hay alguna película que atrae la mayor parte de la atención de la prensa y el público haciendo que las colas para los pases se inicien mucho antes de lo que suele ser habitual y que la longitud de las mismas también crezca en proporción al interés generado. Si el año pasado el pase de Roma supuso un pequeño caos para organizadores y visitantes (la elección de una sala pequeña para la expectación generada y las pocas entradas disponibles para acreditados en días posteriores) este año se preveía un caos similar con el pase de la película sorpresa, aunque el Zinemaldia, como ha demostrado otros años, aprende rápido de sus errores y colocó el pase de prensa en un espacio con mayor capacidad.

El título de la película sorpresa ya no lo era tanto pues las pistas que poblaban los carteles publicitarios de Donostia, desde el día antes de la inauguración, ya nos dejaban claro que la cosa iba de payasos. Y así llegó el penúltimo día de festival y nos disponíamos a ver a la reciente ganadora del León de Oro de Venecia, a la que le estaban lloviendo críticas por su (supuesta) exaltación de la violencia.


El JOKER llegó y venció. Este nuevo acercamiento a la figura del villano más carismático de Gotham es a su vez la película más alejada del cine de superhéroes que conocemos. Todd Phillips deja a un lado la espectacularidad de las escenas de acción, las explosiones y la destrucción de las ciudades para hacer un retrato íntimo de un personaje enfermo. Una auténtica bomba de relojería que el entorno se encargará de activar.

En una ciudad inundada por la basura, donde la violencia está latente en la superficie, los poderosos viven al margen de la miserias y complicaciones en las que se encuentran la mayoría de ciudadanos y la revolución de los débiles se encuentra a punto de estallar, Arthur Fleck sobrevive trabajando como cartel humano disfrazado de payaso, con lo poco que gana cuida de su madre enferma mientras el mismo lucha contra un trastorno que le provoca risas incontrolables que le pondrán en situaciones incómodas.

Joker, como si fuese un reflejo de la sociedad actual en la que vivimos, está cargada de suciedad, desesperanza y violencia. Y en ese caldo de cultivo nuestro protagonista, un enfermo psíquico (nunca hay que olvidarlo), sufrirá acosos, vejaciones y palizas que lo acabaran llevando a utilizar la violencia, en primera instancia para sobrevivir y después para lograr su sueño de convertirse en alguien conocido. Es a partir de ese momento donde la película, acompañando al descenso total a la locura y pérdida total de raciocinio del Joker, se vuelve realmente radical mostrando una violencia que, tomando claramente como referencia a Scorsese, provocará alguna de las escenas más impactantes vistas en cine en mucho tiempo. En esas primeras apariciones de la violencia serán la mecha que provocará que la violencia y la revolución latente en Gotham terminen de explotar y con ellas se impondrá la locura en la ciudad y en Arthur.


Pero todo lo que es excelente en la película lo sería mucho menos si no fuese por el auténtico recital interpretativo de Joaquin Phoenix quien se mete física y psíquicamente en el personaje con una transformación que vemos en pantalla siendo un personaje encogido en sí mismo durante la primera parte de la película que verá todo su potencial a medida que avanza el metraje y acabará por convertirse, a pesar de lo desagradable de sus acciones o quizás por ellas, en un personaje totalmente hipnótico.

En todo lo que llevamos de texto no hemos nombrado a Batman en ningún momento y es que uno de los grandes aciertos de la película es no sentirse deudora de tener que contentar a los fans del murciélago. La película, si no fuese por ciertas referencias que se utilizan durante la película para ubicar temporalmente al espectador y algunos personajes secundarios que nos sitúan dentro del universo DC, sería un retrato excelente sobre el como una mente enferma acaba imponiendo su locura a una sociedad.

El Zinemaldia se cerró con los trastornos del Joker y se abrió con un descenso a los infiernos, donde la soledad, el aislamiento y la locura son compañeros de viaje. EL FARO , segunda película de Robert Eggers tras la aplaudida La Bruja, sitúa a dos fareros en una alejada y diminuta isla de Nueva Inglaterra a finales del Siglo XIX. Allí deberán permanecer, atrapados y aislados, haciéndose cargo del faro. Las diferencias de carácter les llevarán a una creciente escalada de enfrentamientos a medida que se fraguan tensiones entre ambos y unas misteriosas fuerzas, reales o imaginarias, parecen apoderarse de ellos.


Ante una historia que nos podría resultar conocida Eggers decide basar gran parte del potencial de la película en su estética con una cuidadísima fotografía en blanco y negro, con contrastados juegos de luces y sombras, que nos traslada a la estética del expresionismo alemán, plagando el desarrollo de la cinta de momentos que nos traen a la mente leyendas e historias de pescadores abandonados a su suerte en mitad del mar y referencias a monstruos que podría haber ideado el mismísimo H.P. Lovecraft.

En este descenso a los infiernos de la locura el director se permite jugar con el espectador a medida que avanza la cinta. Si en un principio la locura afecta únicamente a los protagonistas con el paso de los minutos la confusión creada, las dudas sobre el tiempo transcurrido y el no saber qué parte de lo que vemos es real nos coloca como un personaje más de la isla y consiguiendo que el desconcierto se apodere de nosotros. Si bien, con sus casi dos horas de duración, la película consigue crearte esa sensación de desasosiego continuo y en aumento se echa en falta algo más de ritmo en su parte central sobre todo lastrado un poco por la reiteración de las acciones e interacciones de los protagonistas.

Si en el Joker hablábamos del recital interpretativo de Joaquin Phoenix aquí no podemos dejar de destacar las excelentes actuaciones de Robert Pattinson, desde hace años ligados a proyectos arriesgados e interesantes con los que se ha ganado un reconocimiento y valoración por parte de la crítica que nadie esperaba después de su trabajo en Crepúsculo, y Willem Dafoe quienes construyen unos personajes antagónicos que nos provocan inquietud desde su primera aparición y consiguen una química y magnetismo potenciando el hipnotismo que nos genera lo que vemos en pantalla y que nos hace que sea difícil apartar la mirada.

Con su estreno ante el gran público las películas podrán funcionar más o menos, pero está claro que cuando, disfrazados de cine comercial, se nos presentan títulos tan arriesgados, radicales y rompedores como estos dos todos aquellos que amamos el cine, y a los que algunos llaman locos, podemos decir bien fuerte “Bendita locura la nuestra” .

 

Fuente: CINeol | Visitada: 924 veces


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Comentarios (1)

17:34 - 03/10/2019

Miniviciao@

Tengo ganas de ver la del Faro que la de la bruja me molo un montón.


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