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Zinemaldia 2019 (III). La trinchera del miedo

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A medida que pasan los días el cansancio se acumula en la cara de los espectadores. En las sesiones matinales de prensa lo que en los primeros días eran agradables y distendidas charlas poco a poco se van sustituyendo por ligeros saludos con la cabeza mientras que la mente sigue aferrada a la almohada. Si además el día amanece lluvioso y frío (aunque hay que estar agradecido que de momento solo ha sucedido una vez) las dudas sobre si abandonar la cama ha sido una buena opción empiezan a hacerse muy fuertes. Para todos aquellos que asistieron al pase de las 8:30 de la mañana (haciendo cola desde las 7:10) para ver LA TRINCHERA INFINITA se darían cuenta que madrugar había sido la mejor opción que habían tomado en mucho tiempo (aquí a lo mejor exagero un poco pero es por darle carga dramática)

Encerrarse en el miedo
Tras muchas dudas y suposiciones sobre si la primera película no hablada en euskera de Jon Garaño, José María Goenaga y Aitor Arregi (y la primera que dirigían los tres juntos) volverían a repetir en la Sección Oficial tras Loreak (Flores) y Handia (Premio especial del jurado) o tendría un estreno internacional y finalmente han decidido estrenar en su tierra y junto a los suyos quizás porque el mostrar su proyecto más ambicioso y arriesgado en casa ayuda a hacer más llevadero el miedo a cuál será la reacción del público.

La historia de un topo (personas que vivieron ocultas tras la Guerra Civil para escapar a la represión franquista.) sirve como punto de partida para construir una película que habla de los miedos, las rencillas y las oportunidades perdidas a los que se vieron sometida todos los habitantes de un país. Durante los 147 minutos (que terminan por hacerse cortos debido a un excelente montaje) los directores nos obligan a encerrarnos con Higinio, un encierro provocado por el instinto de supervivencia que se verá prolongado en el tiempo por el creciente miedo (ante la deriva social y política del país) que ahoga al protagonista.

La película contiene muchas decisiones arriesgadas pero todas resueltas de manera brillante siendo la más radical el mostrarnos gran parte de la historia desde el punto de vista del personaje de Higinio, lo que lleva a que en algunas ocasiones solo vemos su cara y nos tenemos que imaginar, por los sonidos que rodean a la casa, todo lo que sucede alrededor lo que aumenta más la sensación de intranquilidad, peligro, agobio, claustrofobia y soledad a la que está sometido el protagonista

Cuando escribo/hablo de cualquiera de los trabajos que realiza Antonio de la Torre me parece redundante el seguir destacando lo excelente de sus actuación incluso cuando la película no acompaña (a Felices 140 me remito) pero en este caso lo que crean tanto él como Belén Cuesta es digno de mencionarse y no me equivocaría si digo que son sus mejores papeles.
La contención y el encerrarse en uno mismo de él, la tenacidad y el verse encerrada en vida, teniendo que renunciar a sueños y ambiciones, de ella les llevan a construir momentos emocionantísimos y por los que deberían estar recogiendo premios desde hoy mismo.

Mucho se hablará de la Trinchera infinita, y más cuando se acerque el estreno a finales de octubre, pero la gran mayoría se podrán resumir en que estamos ante una gran película que espero esté representada en el palmarés de esta edición de la que seguro ya se llevan la ovación recibida al terminar cada uno de las proyecciones que ha tenido.

En el próximo artículo seguiremos hablando de encierros con Parásitos y Mano de obra.

Twitter Carlos Fernández

 

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