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OSCAR 2018: Las campañas más sucias de la historia

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En una sociedad moderna, civilizada, próspera, culta, educada, respetuosa y tolerante, la democracia es un sistema por el que un pueblo informado examina las propuestas de los candidatos, valora sus méritos, debate sus debilidades y elige la mejor opción desde su criterio personal, matizado y responsable. Esto es más probable que se aplique a las próximas elecciones presidenciales de Uganda que a cualquiera de las votaciones que tienen lugar todos los años en la Academia de Cine americana para elegir los ganadores de los Óscar.

Las campañas que los distintos estudios emplean para promocionar sus películas podrían en ocasiones hasta violar los Derechos Humanos. Posiblemente haya más gente despreciable en una agencia de publicidad cinematográfica que en el corredor de la muerte, y no necesariamente porque los jueces blancos quieran ajusticiar a cualquier negro que pase por su tribunal. Incluso en un año aparentemente tan inocuo como este, donde todas las películas nominadas son más o menos agradables y los autores responsables de ellas son buena gente que le cae bien a todo el mundo, ninguna de ellas se ha librado de la calumnia, la manipulación mediática, la búsqueda de trapos sucios, el fomento de actitudes extremistas o la crítica maniquea llena de medias verdades.

Este año, gracias a los publicistas rivales y sus tejemanejes entre bambalinas, hemos oído que: La forma del agua es un plagio de entre dos y cuatro obras anteriores, entre ellas la de todo un premio Pulitzer (algo que también ha afectado a Lady Bird, acusada de copiar Las mujeres de verdad tienen curvas, con el agravante de cambiar a una protagonista hispana por una blanca); que Tres anuncios en las afueras es racista porque uno de sus personajes lo es y no solo no paga por ello, sino que se redime; que El hilo invisible promueve los estereotipos de hombre maltratador y mujer sumisa; que los veteranos que estuvieron en Dunkerque dicen que la película de Nolan es un invento que no se parece a lo que ellos vivieron; que Gary Oldman es un maltratador con un pasado violento; que Déjame salir es una fruslería que nadie en la Academia considera merecedora de estar ahí, pero la nominaron por ser políticamente correctos; que Los archivos del Pentágono tergiversa la realidad para atacar a los votantes republicanos y por tanto es propaganda de los amigos de Hillary; y la traca final, que Call Me by Your Name promueve la pederastia porque el protagonista tiene 17 años.



Nada de todo eso es cierto, al menos de la forma peyorativa y acusadora en la que se presenta: hay similitudes casuales y homenajes conscientes a muchas obras en las cintas de Del Toro y Gerwig, pero acusarlas de plagio es como decir que toda película de acción que se desarrolle en un sitio cerrado debería ser demandada por los productores de La jungla de cristal; las críticas a los films de McDonagh y Anderson confunden la caracterización de un personaje con el discurso moral de la película o del cineasta; las inexactitudes históricas de las nominadas puede que sean incluso menos que cualquier otra cinta de época, incluidas todas las que algunas vez se han llevado el Óscar; Oldman pasó por un divorcio conflictivo pero nunca ha sido denunciado por ningún acto violento; la obra de Peele ha gustado muchísimo, solo que a la vieja guardia le apetece quejarse de los jóvenes, como a cualquier persona senil; y la edad del personaje de Timothée Chalamet es irrelevante porque es una relación legal y consentida no solo por ambos hombres, sino incluso por sus padres.

Pero no solo en la categoría de mejor película se producen este tipo de ataques: Kobe Bryant está nominado por un corto animado y en cuestión de días resurgió un supuesto caso de violación por el que fue denunciado (aunque la fiscalía no consideró que hubiese pruebas para ir a juicio); las acusaciones de que James Franco había utilizado su fama para ligar y (quizás) abusar de jovencitas surgieron en plena semana para votar a los nominados, acabando con sus opciones de estatuilla; el director del documental Last Men in Aleppo es víctima de un acoso organizado para desacreditar su trabajo por parte de agencias rusas y autoridades sirias molestas por el contenido de su obra, y que han conseguido que sus noticias falsas intoxiquen los medios americanos; y se han escrito numerosos artículos sobre la frivolidad con la que Yo, Tonya trata la violencia de género, culpándola poco menos que de fomentar esas actitudes como si la sátira tuviese que tomarse literalmente.

Rizando el rizo, los ataques hacia Mudbound se han dirigido hacia su distribuidora, Netflix, utilizando los típicos argumentos en su contra (la estrategia de saltarse las salas amenaza con acabar con el cine; su producción propia de largometrajes de ficción tiene un nivel paupérrimo; están robando talentos a la gran pantalla a golpe de talonario; sus cifras de negocio son tan oscuras que puede ser una estafa piramidal) para señalar a la Academia y decir “¿es este el mensaje que queréis mandarle al mundo, que este es el futuro y nosotros los estudios tradicionales estamos acabados?”. Nada como hacer que la gente se sienta culpable para que vote por otra cosa.

Estaréis pensando que es exagerado creer que todas esas noticias han surgido exclusivamente de estudios rivales. Es cierto. No todas habrán nacido de una estrategia sucia. Algunas habrán sido fruto del trabajo periodístico, de una crítica sincera, de un ataque sin relación con las estatuillas, o han ido gestándose de forma natural en el clima sociopolítico del momento. Pero sin duda los estudios que se han encontrado con ellas han hecho todo lo posible por avivarlas y utilizarlas en su favor. De eso viven estas campañas: si no son capaces de sacar mierda, por lo menos la remueven.



¿CÓMO SE CREA UNA CAMPAÑA SUCIA?

Siguiendo el manual del maestro en campañas sucias, el infame y despreciable Harvey Weinstein, podríamos hacer un decálogo de pasos que hay que seguir para que tu estrategia sea efectiva para derribar a un rival:

1. Nadie debe saber que tú estás detrás de la campaña. Las acusaciones deben surgir de forma espontánea, o al menos esa debe ser la impresión externa. Nadie relacionado con tu película debe intervenir en ningún momento ni hacer ningún tipo de declaración pública al respecto. Cuanto más lejos estén de la mierda, menos probable es que les salpique.

2. Todo se puede sacar de contexto. Unas fotos amistosas entre dos personas pueden ser interpretadas con un poco de esfuerzo como la prueba irrefutable de que ese actor o actriz, pongamos por caso Nicole Kidman en Las horas, le está poniendo los cuernos a su marido con otro, digamos Jude Law durante el rodaje de Cold Mountain. Ya tienes una mancha en la imagen pública del rival (aunque en este ejemplo no fue fructífera y Nicole se llevó la estatuilla de todas formas; por cierto, no hubo ninguna aventura entre ellos). Ocurre igual con el tema de reinterpretar el argumento de una película de forma que parezca algo ofensivo o negativo, como hemos visto antes.

3. Google es tu amigo. Nada como encargar a tus becarios que buceen en la red para sacar a la luz noticias antiguas de cuando esa persona no era nadie o no estaba cerca del Óscar. Noticias que pueden ser perjudiciales para su imagen actual. Pero solo las que sean malas: si durante el seguimiento de un caso de abusos la persona fue exonerada, lo que te interesa es resucitar el caso, no su resolución. Porque todos sabemos que las sentencias se compran, así que la absolución prescribe de cara a la opinión pública.

4. Si no sacas nada de Google, tira de rumores de la industria. Nadie va a comprobar que un rumor es falso, y si lo hacen, siempre habrá más gente interesada en el escándalo que en su desmentido. Así que llama a tus contactos, organiza alguna cena, haz preguntas casuales, escucha historias. Será que no hay mierda para sacar en un lugar tan deshonesto como Hollywood. Y si no encuentras nada, invéntatelo tú mismo y cuéntaselo a la gente para crear tú el rumor. Ensucia, que algo queda.



5. No hace falta que sea algo grave para que sea algo perjudicial. No todo el mundo puede contar en su haber con un presunto homicidio como Roscoe 'Fatty' Arbuckle, con una sospecha de asesinato como Christopher Walken, con una condena por matar a su esposa como Robert Blake, con una cleptomanía como Winona Ryder, o con un pasado de drogas y putas como Robert Downey Jr. Es suficiente con tirarle un teléfono a la cara al recepcionista de un hotel por culpa de una rabieta, como hizo Russell Crowe en plena promoción de Cinderella Man. O con protagonizar una comedia soez de las muchas que has hecho y estrenarla en medio de la temporada de Óscar, como cuando Eddie Murphy era el favorito por Dreamgirls y sacó Norbit. Se lo puso muy fácil a los publicistas de sus rivales para decir “¿es esto lo que queréis premiar?”.

6. Consigue una red de periodistas y articulistas ‘amigos’. El quid pro quo se lleva mucho en todos sitios, pero la Meca del Cine es un vivero de este tipo de actitudes. Todo publicista y manager tiene a unas cuantas personas de su confianza para filtrarle informaciones que le convienen durante todo el año, y esa red es puesta a buen uso durante la temporada de premios para actuar de altavoz o de caja de resonancia para la campaña sucia. No se trata de escribirles los artículos, sino de lanzarles ideas de forma directa o subrepticia, dependiendo de la ética del bloguero. “Se comenta mucho que…”. “¿Has hablado con Ted de…?”. “He oído que Frank ha hecho…”. “Me han pasado este enlace, ¿qué piensas de esto?”. Y si no hace caso, siempre hay un amigo dispuesto a hacerte un favor y escribir un artículo de opinión sobre ese tema: si es lo bastante famoso, cualquiera querrá publicarlo. En este sentido, la precariedad en el sector periodístico y la necesidad de contenidos constantes para mantener la audiencia son aliados perfectos del publicista y heridas mortales en la ética deontológica.

7. Planta ‘topos’. No se trata solo de que te lleves bien con trabajadores anónimos de estudios rivales, que te pueden filtrar información jugosa que utilizar a tu favor. Se trata de que siempre mandes a alguien a actos organizados por tu contrincante. Un pase para la industria abierto a preguntas del público puede ser mucho más incómodo si el ‘topo’ saca a relucir el pasado nazi de ese personaje de biopic que tú has plasmado en pantalla sin hacer mención a ello. O si pregunta por el artículo que has sacado publicado esa semana. Y si todo falla, siempre puede alborotar para forzar una reacción cuestionable, y vídeo viral al canto.



8. Las redes sociales convierten un grito en un clamor. El concepto de boca a oreja se transforma hoy en día, gracias a las redes sociales, en una caverna llena de ecos donde cualquier gota se convierte en un estruendo machacón. Plantas tu semilla en un medio (web, periódico, revista, blog…). Otros medios informan sobre esa noticia que ha salido e incluso la completan. Todos comparten sus artículos por Twitter. La noticia empieza a redifundirse, a provocar reacciones y por último a inspirar memes. Los medios regurgitan esos mensajes en más artículos. Lo que antes era un ciclo de una semana puede durar ahora buena parte de la temporada. Solo hay que soplar la hoguera cuando se esté extinguiendo para que la llama vuelva a surgir.

9. Sé la persona más simpática (y generosa) del mundo. Nada de todo lo que has hecho para enmierdar al contrario te va a servir de nada si no te presentas como alternativa. Hay que ser sociable, organizar eventos para estar junto a los votantes en todo momento, agasajarles con regalos y comida hasta el límite de la vergüenza, intentar en la medida de lo posible (y la Academia cada vez es más restrictiva en este sentido porque ya conoce el juego) hablar con los votantes para mostrar tu inmensa amabilidad. Y siempre respetando. El otro no es despreciable, es problemático. Cuestionable. Polémico. En cambio tú eres un profesional que creyó en un proyecto y lo ha sacado adelante con su sudor. La otra película es muy buena, qué duda cabe, pero, ¿quieren premiarla? La tuya también lo es, y vaya si la disfrutaron, o eso te han dicho, ¿no? Bueno, que gane el mejor. Estrechar la mano, sonreír, mirar en la lejanía y saludar a cualquier otra persona, despidiéndose como un señor con todas las letras cuya película quizá merezca que el votante la ponga más arriba en su lista.

10. Si todo falla, a la próxima no fallará. Puede pasar que nada de todo esto funcione y tu rival siga ganando… ese año. Pero los académicos tienen memoria, recuerdan los favores, y todo lo que se ha sembrado durante un año se puede recoger al siguiente, o al siguiente, o al siguiente… La mierda ajena se puede reutilizar, con la ventaja de que más adelante tendrás un nuevo argumento: “¿le vais a dar otro Óscar habiendo hecho esto?”. Y las relaciones públicas que hayas generado en esa campaña se van acumulando hasta que, un año, la Academia decida que te lo has trabajado tanto que cómo te van a decir que no. Si eres buena persona. Si nunca dices nada malo de nadie. Y mira que hay mierda para decir. Como lo que han dicho hoy en Variety…



LOS ORÍGENES DE LAS CAMPAÑAS SUCIAS

La primera constancia de lo que podríamos llamar una ‘campaña sucia’ fue en 1935, cuando la Academia aún estaba en pañales. Ese año, cuando se anunciaron las nominadas a mejor actriz, los nombres que aparecieron fueron los de Claudette Colbert, Norma Shearer y Grace Moore. La sorpresa fue la ausencia de Bette Davis, que se presuponía favorita para la victoria por su interpretación en Cautivo del deseo. Por lo que la actriz contó en sus memorias, Warner había orquestado una campaña secreta contra ella entre todos sus trabajadores, indicándoles que por nada del mundo la votasen. El tema es que Davis estaba bajo contrato con este estudio, pero había sido cedida a RKO para el film por el que se postulaba para el Óscar. Y Jack Warner no iba a ser el hazmerreír de nadie.

Combatiendo fuego con fuego, en RKO contraatacaron orquestando una campaña para que la Academia permitiese votar por Davis como ganadora incluso sin esa nominación oficial. La estrategia fue tan exitosa que contaron incluso con el apoyo del presidente de la Academia, Howard Eastbrook, y de la nominada Norma Shearer. El ‘parche’ fue aprobado oficialmente, pero ni siquiera así logró Bette la estatuilla, que fue a parar a Colbert por Sucedió una noche. Tanto ella como Shearer consiguieron más votos que Davis, que quedó tercera. Tanto ruido para nada. Al año siguiente, la diva se resarciría ganando su primer Óscar por la olvidable (y, de hecho, olvidada) Peligrosa.

En 1936, la Academia prohibió expresamente este tipo de votos y comenzó su extensa relación con la firma PriceWaterhouseCooper para que se encargase del recuento.



El caso Bette fue el primero, pero pronto no sería ni el único ni el más famoso. Ese honor le pertenece a Ciudadano Kane. En 1941, el magnate William Randolph Hearst emprendió una cruzada contra el film de Orson Welles, inspirado en su figura, en la que no dejó títere con cabeza para asegurarse de que la película quedase enterrada. O más bien destruida. Porque eso quería Hearst: eliminar todas las copias y negativos, borrarla de la faz de la tierra dejando solo una silueta vacía en el lugar que una vez ocupó.

Para empezar, vetó la publicidad del film en todos sus medios de comunicación, incluyendo no solo anuncios sino cualquier noticia, crítica, reportaje o reseña sobre él. De hecho, incluso prohibió a sus reporteros mencionar su título. A continuación comenzó una campaña sucia de acoso contra todo Hollywood hasta que no se pusiesen de su lado, inventando noticias falsas sobre su corrupción e inmoralidad, alertando sobre la presencia en la Meca del Cine de inmigrantes que robaban el trabajo a los americanos, y animando al público a que abandonase las salas.

La técnica surtió efecto porque Welles, pese a sus nominaciones al Óscar, no le caía especialmente bien a nadie; y porque Hearst era un rival demasiado poderoso para tenerlo en contra. Pronto el empresario había reclutado a gente como Louis B. Mayer, presidente de Metro Goldwyn Mayer, quien se encargó de ofrecer 842.000 dólares de la época a RKO si destruía la película (que les costó bastante menos). Cuando el estudio dijo que no, se pasó a la siguiente fase, en la que las cadenas de exhibición de Fox, Paramount y Loews se negaron a proyectar el film. RKO tuvo que amenazar con una demanda para que le permitiesen alquilar sus salas, pero aun así fueron pocas y, por miedo a las represalias, ni siquiera llegaban a proyectar la película.

Como Welles no abandonó y siguió buscando formas alternativas de promocionar y mostrar su obra, Hearst le atacó directamente acusándole de tener vínculos con el comunismo, entre otras lindeces que provocaron que el FBI comenzase a investigarle.

Al llegar a la noche de los Óscar, la reputación del film y el director era tal que la Academia decidió alejarse todo lo posible de él y elegir la opción más segura, ¡Qué verde era mi valle!, un drama familiar de un valor seguro como John Ford. Ciudadano Kane, que antes de Hearst parecía la favorita para ganar, acabó conformándose con el premio a mejor guion entre los abucheos de los presentes en la gala.



Avanzamos una década hasta 1952, en concreto al primer caso en el que no se puede señalar claramente un responsable de la campaña sucia, ya que se orquestó en la sombra y con la aportación de todos. Era una época complicada para tener principios: el senador Joseph McCarthy sembraba el terror anticomunista en el país y estaba en plena caza de brujas en Hollywood, intentando destapar la propaganda roja que según él se había infiltrado en los estamentos culturales americanos.

Ese año había un claro favorito, el western Solo ante el peligro, un éxito de taquilla que todo el mundo proclamaba como una obra maestra del género. Solo había un problema: su alegoría del mcarthysmo era una crítica directa a aquellos que se habían plegado a los chantajes del político conservador y habían abandonado a sus compañeros a su suerte entre las hienas. Cuando, poco después del estreno del film, su guionista Carl Foreman fue incluido en la lista negra, se prendió una mecha que el resto de estudios, a caballo entre el miedo a McCarthy y la avaricia de Óscar, se ocuparon de avivar.

Para cuando llegó la ceremonia, la cinta era considerada casi veneno para Hollywood. Estar cerca de ella era convertirse en sospechoso. Ese clima de paranoia, que ya estaba presente antes de la campaña sucia, se retroalimentó por su culpa. Los propios impulsores de la estrategia acabaron sucumbiendo a ella. Ni siquiera la presencia de un símbolo americano como Gary Cooper consiguió salvar al film de la derrota (aunque el actor sí que recogió una estatuilla por su papel, junto a otras tres en apartados técnicos).

No por casualidad, la vencedora de ese año fue la profundamente mediocre El mayor espectáculo del mundo, de Cecil B. DeMille: el realizador era un derechista declarado que apoyaba públicamente las listas negras y la persecución de ‘rojos’ para expulsarlos del país. Su victoria, que con toda justicia ha pasado a la historia como uno de los puntos más bajos de la Academia, fue una bajada de pantalones ante McCarthy.



La primera vez que la estrategia de lanzar mierda se fue al traste fue en 1978. Ese año, El cazador cambió las reglas del juego de los Óscar. Hasta entonces, las películas se estrenaban en cualquier mes y contaban con que su carrera comercial e impacto social ayudase a sus opciones de ganar la estatuilla. El plan del publicista Allan Carr fue justo el contrario: estrenar de forma limitada en diciembre y no llevarla al resto del país hasta que no lo hubiese ganado todo, aprovechando el galardón para explotar en taquilla. La táctica fue un éxito y desde entonces, con matices, es la que siguen los grandes estudios.

Carr contaba con que la película crearía polémica por el tema que trataba (la guerra de Vietnam y su efecto en los soldados), lo que unido a su impacto emocional haría que todo el mundo hablase de ella incluso sin verla. Lo que posiblemente no se esperase fueron los ataques frontales de sus rivales directos.

Su principal competidora era El regreso, otro drama sobre veteranos que vuelven a casa tras servir en el país asiático. Y lo primero que hizo su equipo, en concreto Jane Fonda, fue condenar a la película de Michael Cimino como racista por su tratamiento estereotipado y negativo de los vietnamitas. A ese carro se subieron numerosas asociaciones pro-derechos humanos, toda la izquierda americana en bloque y, en un más difícil todavía, los países del Bloque del Este encabezados por Rusia, que se retiraron del Festival de Berlín en protesta por su proyección. Pero si solo fuesen ellos no habría pasado nada. ¿A quién le importan los ‘rojos’? ¿Eh, Warren Beatty? El problema es que las protestas se extendieron hasta los propios veteranos de guerra, que denunciaban que nada de lo mostrado en las secuencias bélicas del film se correspondía con la realidad.

En el campo contrario, El regreso no parecía molestar a nadie… ni tampoco apasionarles, por lo que al final toda la publicidad que podría haber sido negativa se convirtió en un incentivo para que la obra maestra de Cimino consiguiese el preciado premio. He aquí la importancia de no solo provocar la negatividad de la gente hacia tu competidora, sino también redirigirla en votos hacia tu candidata. Cosa que Fonda y compañía no hicieron, porque ella ya no caía bien.



1982 es la prueba de que no todas las campañas sucias tienen por qué sacar las vergüenzas del contrario: pueden sencillamente dedicarse a manipular a los votantes de forma rastrera. Ese año había dos favoritas. La opción seria, académica, con empaque, era el biopic Gandhi; la opción populista, divertida, con imaginación, era la mítica E.T., el Extraterrestre. La ventaja la llevaba el film de Steven Spielberg gracias a que todo el mundo la amaba, pero en la Academia se percibía con cierta reticencia. Porque en los 80, la Academia olía a naftalina y alcanfor.

Al igual que hizo varias décadas después Harvey Weinstein con The Imitation Game, la campaña promocional de Gandhi se basó en el chantaje emocional, resaltando la figura del activista indio y dejando de lado los méritos (o no) cinematográficos. Votar por la película era votar por Gandhi. No votar por ella… ¿qué clase de persona no lo haría? ¿Acaso alguien que está en contra del señor Mahatma? ¿Podríamos decir que un racista o un nazi? La campaña nunca utilizó esos términos, pero estaba implícito en el mero hecho de querer atribuirse los logros del pacifista.

No sería la última vez que Spielberg salía perjudicado por una campaña sucia. De hecho, para ser una persona a quien no se le conoce polémica alguna, posiblemente sea el realizador que más atrae en su contra a los publicistas manipuladores. Baste recordar los casos de El color púrpura y Salvar al soldado Ryan.



Con El color púrpura, Spielberg quería al fin ganarse el respeto de sus compañeros de profesión, ya que con sus cintas fantásticas y de aventuras solo tenía el favor del público y siempre se quedaba a las puertas del Óscar. ¿Qué mejor que un dramón histórico sobre el racismo para atraer a la Academia a su coto? Sin embargo, Steven no contaba con la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP). La organización movilizó a otras entidades por los derechos de los negros para protestar por lo que consideraban un film ofensivo hacia su cultura. No se trataba, como ocurrió este año para eliminar a Detroit de la ecuación, de criticar que un director blanco realizase una película sobre gente de color (como si la empatía o la comprensión cultural fuesen quimeras inalcanzables para los lechosos). Se quejaban de que los personajes, en especial los masculinos, caían en todos los tópicos históricos de los que la raza estaba intentando escapar.

No hay pruebas de que ningún estudio estuviese detrás de la polémica, pero el caso es que surtió efecto: si ya Spielberg estuvo ausente de las 11 nominaciones del film, éste igualó el récord de Paso decisivo al quedarse con el marcador a cero. Sospechosamente, la beneficiada fue Memorias de África, cuya representación racial no es en absoluto más compleja o matizada que el film de Steven.

El momento surrealista de este episodio llegó después de la entrega de los Óscar, cuando los mismos miembros del NAACP que habían montado todo el revuelo contra El color púrpura organizaron una nueva protesta, en esta ocasión quejándose de que la Academia era racista por ignorar el film, y que esto era un gesto de desprecio hacia el productor Quincy Jones. Ante todo, coherencia.



LA ERA WEINSTEIN

Pocas personas han sabido aprovechar la manipulación publicitaria como Harvey Weinstein. El orondo abusador de mujeres ha convertido una práctica inmoral en un arte despreciable, lo ha perfeccionado y potenciado hasta límites vomitivos. Ya desde su primera campaña, el viejo y sucio Harvey apuntaba maneras: en medio de la promoción de Mi pie izquierdo, por entonces una película independiente irlandesa con un reparto desconocido que prácticamente se había encontrado con sus nominaciones, consiguió que Daniel Day-Lewis hablara ante el Senado estadounidense en apoyo de la Ley de Discapacidad que se estaba debatiendo. Porque, como sabéis, un actor puede dar una opinión experta sobre este tema.

Años después haría algo similar con Philomena, pero en este caso usando al personaje real en el que se basa la película, a quien le consiguió reuniones con varios senadores para hablar sobre la reforma de las leyes de adopción.

El momento álgido de lo que se dio a conocer como ‘el toque Weinstein’ llegó con Shakespeare enamorado, que batió a Salvar al soldado Ryan en una carrera muy ajustada. Aunque, de no ser por él, no habría habido carrera alguna. Entre todas las pequeñas tretas que urdió para acortar la distancia entre ambos films, la que mayor repercusión tuvo fue destruir la reputación ‘realista’ de la cinta bélica poniendo en cuestión su veracidad histórica. En este caso sí que podemos afirmar, porque ellos mismos lo reconocieron, que fue Weinstein quien presionó a los medios para que se hiciesen eco de la noticia, que tuvo como gancho emocional a los veteranos ingleses que habían estado en esa playa en el desembarco de Normandía y que fueron cambiados de nacionalidad para la película.

Esta estrategia de revisionismo histórico se ha convertido en un clásico de todos los años, hasta el punto de que ya nadie le presta mucha atención, pero por entonces era aún vista como un punto negro en un film que hasta entonces era intachable. Al final, la Academia optó por la película agradable en lugar de por la que había hecho llorar de pena a los héroes del Día D.



Al frente de Miramax, Weinstein fue el responsable de orquestar ataques tan salvajes como el dirigido hacia Una mente maravillosa . La estrategia fue de nuevo la fidelidad histórica, pero en este caso dirigida hacia el personaje del matemático John Nash. Y se produjo en dos oleadas que casi se podrían calificar de tsunamis. Todo empezó con las presuntas aventuras homosexuales de Nash, totalmente omitidas en el biopic. Los medios se cebaron con el film, acusándolo de homófobo y de ocultar información para que no le perjudicase en taquilla en los estados conservadores. La siguiente oleada fue peor: resulta que Nash era bastante antisemita, y no en plan “no sé por qué se celebra Hanukkah”, sino en plan “el Holocausto es un invento del lobby judío”. Y eso tampoco aparece en el film, claro. Porque si querían ganar una estatuilla, no iban a hacer una película sobre un tipo que odia a los judíos.

Todo esto acabó eclosionando en artículos que desglosaban todos los fallos históricos, falacias, inventos y tergiversaciones de la realidad que Akiva Goldsman había metido en su guion para hacerlo más digerible. Un guion que, por cierto, también se rumoreó que había sido plagiado de otra obra del mismo autor. Para poner la guinda.

Como los artículos habían ido apareciendo en los mismos medios (que casualmente siempre publicaban críticas de cinco estrellas de los productos de Miramax, que este año competía con En la habitación) y con una frecuencia demasiado estudiada y simultánea, todo el mundo sospechó que había gato encerrado. El resto de estudios negaron estar involucrados. Cuando la presidenta de Universal (productora del film de Ron Howard) señaló finalmente hacia Miramax, Weinstein la amenazó cara a cara durante los Globos de Oro con enterrar su película. Como si hasta entonces hubiese ido de buenas. Tras ello, el aspirante a mafioso publicó una columna en Los Angeles Times defendiendo el honor de sus estrategias de campaña. Como si este hombre hubiese estado a menos de 10 kilómetros de ese concepto en su vida.



Al año siguiente, el punto de mira del Napoleón del cine se posó en El pianista. Contaba con un arma infalible, la violación por la que Roman Polanski fue condenado en los 70. Como todas las películas nominadas ese año salvo esa estaban producidas o distribuidas por Harvey, en principio no había de qué preocuparse. Pero cuando los publicistas rivales lograron que la víctima del director polaco saliese de nuevo a la luz para decir que le perdonaba por lo que hizo, Weinstein supo que tenía que hacer algo más. En concreto, consiguió que se filtrasen documentos confidenciales del Gran Jurado del caso donde se describía el asalto de forma gráfica, reavivando un debate que hacía tiempo que estaba muerto y que, gracias a esta intervención, cada poco vuelve a resurgir.

Ese año fue el único en el que cometió un error que perjudicó a una de sus películas. En concreto, la columna de opinión que publicó Robert Wise en un par de periódicos de Los Ángeles alabando a Martin Scorsese y pidiendo a sus compañeros académicos que votasen por Gangs of New York, algo que contravenía frontalmente las reglas de la Academia para las campañas publicitarias. Sin embargo, Weinstein se apresuró a coger frases selectas de este texto y situarlas prominentemente en todos sus carteles promocionales. La investigación (y posterior sanción) de la Academia desveló que Wise ni siquiera había escrito el artículo, había sido obra de un publicista de Miramax. El revuelo fue tal que muchos académicos pidieron que se les devolviese su papeleta para cambiar el voto que le habían dado a Marty. No lo consiguieron, pero aun así Scorsese perdió.

En comparación con estas cosas, el haber logrado que críticos conservadores y activistas de izquierdas se uniesen para criticar la postura de Million Dollar Baby sobre la eutanasia fue solo un ejercicio de calentamiento. Reconozcamos, eso sí, que hay que llegar a un nivel de inmoralidad al alcance de pocos para conseguir colar una historia sobre cómo el equipo de Slumdog Millionaire había dejado abandonados en la miseria infrahumana, viviendo en chabolas insalubres y sin ver ni un solo beneficio económico, a los niños protagonistas del film. El truco tenía las patas cortas, porque los chavales comenzaron a salir sonrientes y felices en todas las alfombras rojas, y Fox Searchlight aclaró que les habían creado un fondo fiduciario. Moraleja: si vas a usar la carta de la explotación infantil, asegúrate de que tus rivales no están en situación de explotarles aún más para desacreditarte a través de la ternura.



Pero no todo ha sido un camino de rosas para esta sabandija. De vez en cuando también ha recibido su merecido con las mismas tretas que él ha utilizado en tantas ocasiones. Así ocurrió con Las normas de la casa de la sidra, que removió a los antiabortistas hasta el punto de que organizaron piquetes de protesta a la entrada del Shrine Auditorium. Porque sin duda todos ellos habían visto u oído hablar de una cinta tan popular en su momento (con diferencia la que menos había recaudado de las nominadas) y no habían sido agitados por nadie de DreamWorks.

Peor lo pasó El indomable Will Hunting, que tuvo la mala suerte de coincidir con un gorila de 80 toneladas con la forma de un barco hundiéndose. Como no había rival posible para Titanic, el resto de nominadas se pelearon por las migajas. Y en la categoría de mejor guion original, el film escrito por Matt Damon y Ben Affleck partía como el claro favorito. Eran dos valores de futuro para Hollywood, dos talentos que la industria quería adoptar, criar y explotar. Guapos y listos, combinación ganadora.

De hecho, demasiado guapos para ser tan listos. Ese fue el mensaje de la campaña sucia, que consistió en el rumor de que no habían escrito realmente el guion, solo le habían puesto su nombre al trabajo de otro. Las primeras historias sugerían que el autor era el oscarizado William Goldman, que admitió que había leído el guion y les había dado algunos consejos para una reescritura, o el realizador Kevin Smith, amigo personal de ambos. Poco después, Variety publicó una historia insinuando que el guionista real era Ted Tally (El silencio de los corderos), pero éste contactó con la revista para negar categóricamente las acusaciones. La estrategia era clara: poner en duda el talento de Damon y Affleck pero no el de la película, usando nombres respetados para que los ‘malos’ fuesen los jóvenes actores que habían robado ideas, no los votantes a los que les había gustado el resultado.

Años después, en una entrevista con el New York Times, Damon recordaba cómo se sintió esos días: “¿Quieren venir y mirar mi disco duro? Estuve trabajando en el guion durante años. Entonces alguien me explicó que no se trataba de eso. Que se trataba de sembrar suficientes dudas en los votantes para que pensasen ‘he oído algo sobre esa película, no estoy seguro de que esos chicos la escribiesen de verdad. ¿Qué es esto? Oh, me gustó Mejor imposible’”. En efecto, la infructuosa campaña la inició el equipo de publicistas del film de James L. Brooks, que se tuvieron que conformar con las categorías de mejor actor y actriz.



LA ERA POST-MIRAMAX

Se puede considerar que el periodo de gloria del execrable Harvey Weinstein acabó en 2005, cuando dejó Miramax para fundar The Weinstein Company con su hermano. La compañía, que debido a los escándalos de abusos sexuales de este infraser se está yendo a la bancarrota, tardó unos años en encontrar su sitio pero finalmente también consiguió la gloria del Óscar usando los trucos clásicos del magnate. Ahí está El Discurso del Rey, que basó su compaña en pintar a La red social como una película gélida que ningún votante iba a entender, en contraste con su preciosa y emotiva historia de superación personal que evitó que los nazis ganaran la guerra. Ninguna de esas cosas, claro está, es cierta. Pero no se trata de decir la verdad, sino de que crean que es verdad.

Mientras Harvey buscaba su nuevo sitio, se desarrolló una de las campañas más odiosas y repugnantes de la historia. Corría el año 2005 y había una clara favorita que además iba a hacer historia: Brokeback Mountain. La crítica, el público y prácticamente todos los premios de la temporada habían dado un veredicto inequívoco a su favor. Era hora de que la Academia premiase a una película sobre homosexuales. Pero no contaban con que LionsGate iba a derrochar millones de dólares para impedírselo.

Para empezar, el estudio envió 130.000 screeners de Crash a absolutamente todos los miembros de la Academia y del Screen Actors Guild (SAG), un número que superaba con creces el de cualquier campaña realizada hasta el momento. Pero eso no es nada inmoral. Que cada uno se gaste el dinero que quiera. La cuestión es que, de forma paralela, entraron en contacto con algunos académicos veteranos. Confiaban en que el tema que trataba la favorita podía causar rechazo entre los más cuadriculados de mente. No se equivocaban.



Pronto tenían como aliados fervientes a Tony Curtis y Ernest Borgnine, que dedicaron todo su esfuerzo a desacreditar el film y enorgullecerse públicamente de no haberlo visto ni tener intención de hacerlo, validando de esta forma cualquier ramalazo homofóbico que hubiesen sentido el resto de sus coetáneos. Borgnine incluso llegó a decir que “si John Wayne estuviese vivo, se estaría revolviendo en su tumba”, cosa que ni siquiera tiene ningún puto sentido. Por su parte, Curtis apareció en Fox News subrayando que la gente solo hablaba de la película porque trataba de “vaqueros gays” (dicho con todo el asco del mundo) y que “a Howard Hughes y a John Wayne no les gustaría”. Porque todos sabemos que la opinión de un hombre que guardaba su orina en frascos es la brújula moral con la que debemos guiarnos.

Al final, la estrategia de apelar a los instintos más cavernícolas de la vieja guardia le salió bien a LionsGate. Aunque si hoy en día se recuerda a Crash como una de las ganadoras más infames de la historia es principalmente por culpa de su campaña.

Curiosamente, esta misma táctica pero a la inversa se utilizaría años más tarde para intentar desacreditar a 12 años de esclavitud. En este caso, los medios hicieron de voceros de un rumor que decía que los académicos estaban votando por el film de Steve McQueen sin haberlo visto, por simple compromiso políticamente correcto. La estratagema pretendía movilizar al sector más rancio y potencialmente racista de la Academia, que podía sentirse indignado por sus compañeros y focalizar sus votos en otra nominada, derribando a la clara favorita. Si la campaña no surgió efecto fue porque la más clara competidora para la victoria, Gravity, era una película del espacio, un género que a una persona de 97 años que guarda un capuchón blanco en su armario no le podría dejar más indiferente.



En 2009, En tierra hostil tuvo el honor de lograr superar con éxito dos de las estrategias sucias que hemos visto antes, y que en ambos casos habían acabado con las opciones de Óscar de quienes las vivieron. Lo curioso es que en un caso fue víctima de una campaña y en otro fue la perpetradora a la que pillaron con las manos en la masa.

El juego sucio del film de Kathryn Bigelow vino de la mano de uno de sus productores, Nicolas Chartier, que escribió un email masivo a cientos de amigos académicos pidiéndoles directamente que votasen por su película en lugar de por el “gigante de 500 millones”, en referencia a su directa competidora, Avatar, “porque necesitamos que ganen películas independientes como las que tú y yo hacemos”. Hay que aclarar que la Academia prohíbe expresamente todo tipo de interacción directa entre los nominados y los votantes para evitar estas situaciones. Obviamente, cuando el email llegó a manos de la Fox, les faltó tiempo para destaparlo. La Academia, en respuesta, vetó al productor en la gala (aunque no le retiró la nominación -y posterior premio-, como sí hizo con la canción de la película Alone Yet Not Alone cuando se produjo una situación similar).

Al mismo tiempo que se producía este escándalo comenzaron a circular numerosos artículos poniendo en duda la veracidad del film. Y de forma tan salvaje que dejaban la campaña contra Salvar al soldado Ryan como una película Disney. Hasta cinco piezas dedicó Los Ángeles Times (y posteriormente otros medios nacionales que siguieron su estela) a desmontar la presunta veracidad de la historia, tanto a través de columnas de opinión que pintaban la película como ‘una de John Wayne’, como citando a expertos desactivadores de bombas que decían que no era fiel a la realidad, como recurriendo a veteranos de combate que se quejaban del retrato que hacía de ellos. Lo gracioso del caso es que detrás de esta campaña estaba, cómo no, Harvey Weinstein, cuyo caballo en esta carrera era Malditos bastardos. Una película bélica conocida por su veracidad, su fidelidad a la realidad y su retrato de los veteranos de combate.



Para no abandonar a Kathryn Bigelow, junto con Steven Spielberg la mayor sufridora de este tipo de ataques, tendríamos que hablar de La noche más oscura. El film sobre la caza de Bin Laden surgió con enorme fuerza en los últimos meses de 2012 como el mayor peligro para destronar a la favorita, Argo. Pero en apenas dos semanas, su reputación estaba tan manchada que la realizadora no fue nominada y el film se quedó en la estacada para la Academia. Si lanzas suficiente mierda, hasta un campo de amapolas se convierte en una pocilga.

Este fue el primer ejemplo verdaderamente agresivo de campaña basada en sacar de contexto lo que cuenta un film. En concreto, la mecha comenzó con una columna de opinión en el New York Times clamando que la cinta glorificaba la tortura como método efectivo de interrogatorio, lo cual era una violación de los derechos humanos y la alineaba con la línea más dura y peligrosa del partido republicano. Pronto todos los medios se sumaron al debate, la mayoría de ellos hurgando en la llaga para avivar una polémica en la que se silenciaron los intentos del guionista Mark Boal por defender su historia. En la cual, dicho sea de paso, los investigadores obtienen más pistas falsas que información valiosa a través de la tortura, que es cuestionada abiertamente en su segunda mitad y no juega ningún papel relevante en la captura final del terrorista árabe.



Para finalizar este artículo, y regresando al pasado más inmediato, vale la pena comentar los dos casos más señalados de la edición anterior de los Óscar, sobre todo porque ambos están relacionados con el mismo tipo de suceso: los abusos sexuales a mujeres. Solo que los resultados fueron totalmente opuestos.

La que se llevó la peor parte fue El nacimiento de una nación, que cuando se proyectó en Sundance causó tal revuelo que se convirtió en una de las favoritas para la victoria. Tal fue el miedo sembrado en el resto de estudios que antes de que llegase la primavera ya conocíamos todos los detalles escabrosos de la presunta violación que habían cometido en 1999 el actor y director Nate Parker y su coguionista, Jean McGianni Celestin. La mujer dijo que estaba borracha y semiinconsciente cuando abusaron de ella y que después la acosaron, pero Parker y Celestin afirmaron que el sexo fue consensuado y que no hubo relación posterior. Ambos fueron juzgados en su día por ello y ambos fueron absueltos, pero eso no quiere decir nada en el mundillo del comercio de infamias.

Para empeorar las cosas, se descubrió que la mujer se había suicidado en 2012 mientras estaba ingresada en una clínica mental. Aunque los artículos evitaban mencionar una relación directa entre ambos sucesos imposible de demostrar, la mera coexistencia en el mismo texto era suficiente para establecer la asociación en el lector. Para dar la puntilla, algunos medios señalaron los paralelismos entre el caso y una escena de violación en el film (como si no fuese un recurso habitual en las películas sobre esclavitud). Hubiese bastado con resucitar el suceso para acabar con las opciones de estatuilla de Parker, pero con estas dos últimas estocadas, es posible que no vuelva a trabajar en Hollywood nunca más.



Para demostrar el doble rasero de la industria dependiendo del color de la piel del acusado, Casey Affleck se enfrentó a acusaciones parecidas durante la promoción de Manchester frente al mar, pero no le impidieron ganar el Óscar. En su caso, el suceso se produjo en 2010, cuando estaba dirigiendo el falso documental I'm Still Here. Dos mujeres del equipo de la película le demandaron por conducta inapropiada, alegando comportamientos como meterse en la cama de una de ellas para sobarla, intentar forzar a la otra a quedarse en su habitación aunque se había negado, u obligar a un subordinado a mostrarles el pene. Ambas demandas se resolvieron con un acuerdo extrajudicial y el actor ha negado siempre que fuesen ciertas, pero ¿quién va a creerle? Si fuese inocente no habría pagado, ¿verdad? Al menos esa es la duda que quisieron sembrar en la Academia.

¿Qué es más preocupante? ¿Qué los académicos no creyesen que las acusaciones fuesen ciertas, silenciando por enésima vez las voces de las mujeres que se levantan contra los hombres que abusan de ellas? ¿O que sí creyesen en la veracidad de sus denuncias, pero les diese absolutamente igual?

Y con esa mentalidad, amigos, es como un monstruo como Harvey Weinstein consiguió medrar en Hollywood arrasando a su paso con decenas de inocentes.

 

Fuente: CINeol | Visitada: 2068 veces


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Comentarios (4)

21:09 - 02/03/2018

The Lobo

¡Pedazo de articulazo!

23:16 - 02/03/2018

Gelan

Enorme artículo. Flipante hasta donde llegan algunos durante la carrera de premios.

11:00 - 03/03/2018

nierense

A sus pies, maestro. Pedazo artículo

08:46 - 12/03/2018

erperisv

Guau, que articulazo, me ha encantado.
Y vaya pozo de mierda que es Hollywood, ya sabía que hacían cosas así, pero no hasta que punto.


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