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Diario de Sitges 2017 (IX): El miedo a crecer

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Este es el último artículo diario desde Sitges, aunque inicialmente tenía pensado que fuesen dos. Quedaban películas suficientes por ver como para separarlas en dos volúmenes, uno en sábado y otro en domingo. Iluso de mí, no entraba en mis previsiones que el sábado mi cuerpo iba a sacar la bandera blanca y me iba a tener que saltar casi todas las películas que tenía planeadas para guardar cama por mareos y malestar general. Dicen que una de las mejores formas de romper un material poco flexible es someterlo a aumentos y descensos de temperatura extremos, para que la compresión y dilatación creen grietas en él. Sumadle a eso la falta de sueño, la mala alimentación, las prisas de un lado a otro, el estrés político y personal, la acumulación de cansancio laboral con el que llegaba, el catarro que no se me ha acabado de curar y, por último pero no menos importante, una noche de demasiada cerveza y demasiada poca comida. Receta para el desastre. Este es sin duda el festival donde peor lo he pasado físicamente, así que no podía terminar sino en la absoluta descomposición. Pero bueno, antes de caer tuve tiempo de ver algunos títulos destacados de este último apretón.



Una de las películas imprescindibles a competición este año era JUPITER'S MOON (), no solo por ser una de las pocas cintas de género que pueden decir que han competido en Cannes, sino porque es la nueva obra del director de White God, Kornél Mundruczó. En el festival francés se la consideró fallida, pero claro, allí no están acostumbrados al fantástico y hasta abuchearon a films como The Neon Demon o Personal Shopper. Están locos estos galos.

La cuestión es que, pese a haber sido el flamante ganador de Sitges, es un film fallido. Y lo es por culpa exclusivamente de un guion que nunca encuentra su propósito. La idea de partida está ahí (un hombre capaz de volar y con misteriosas propiedades curativas, que podría ser lo que mitológicamente se ha llamado ‘ángel’), pero luego nunca sabe qué hacer con ella, cómo apoyar en ella un discurso o una trama cohesionada. Se pierde en tópicos de película americana del montón, pero sin aportar una mirada fresca o una capacidad especial para diseccionar la sociedad. Todo lo que cuenta es rutinario y pedestre, deslavazado en el procedimiento y difuso en el objetivo.

Lo que eleva ese guion mediocre es un trabajo de dirección descomunal, que oscila entre el plano secuencia pegado al barro y la imagen poética cuando entra en acción lo fantástico. La cámara corre, nada, se enfanga, respira el mismo aire que los personajes reales, pero vuela, baila, hace piruetas, se desliza con delicadeza cuando el ‘ángel’ se eleva. Mundruczó compone algunas de las escenas visualmente más potentes del año, pero solo son perlas en un mar de virtuosismo técnico con un sentido narrativo muy claro. Si tan solo el guion hubiese estado a la altura, podríamos estar hablando de una obra maestra.



Más regular en todo, aunque sin que ninguno de sus elementos destaque tanto, es la comedia de terror FELIZ DÍA DE TU MUERTE (), que combina un slasher clásico con Atrapado en el Tiempo. El film se centra en una joven víctima de un asesino enmascarado, que va repitiendo el mismo día una y otra vez cada vez que muere a manos del psicópata. Obviamente, para salir del bucle tiene que evitar su muerte y para ello nada mejor que averiguar quién es el asesino. Es un recurso que comienza a estar ya demasiado utilizado (es al menos la tercera película del festival que lo usa), pero al menos le introduce un detalle original: no se trata de un bucle infinito y algunas secuelas de las muertes comienzan a hacer mella en la protagonista conforme va resucitando.

El film entretiene y divierte sin pretensiones, sin salirse apenas de los cánones del género en su versión más adolescente, incluidos los personajes habituales como la pija insoportable, el buen chico, el creepy, la amiga borde, el amante malote, etc. Pero emplea bien las posibilidades que le ofrece la premisa para establecer un juego del gato y el ratón que entra con fluidez y se disfruta como un caramelo de un sabor familiar (y sabroso). También es cierto que no hace nada especial con la idea de partida, se limita a quedarse dentro de terreno ya explorado, así que tampoco se puede decir que sea un peliculón, solo un pasarratos solvente y sin problemas.



Mucho más satisfactoria en todos los sentidos es BRIGSBY BEAR (), cinta independiente americana que viene apadrinada por el grupo cómico The Lonely Island, y que podría definirse como una mezcla entre Napoleon Dynamite, La Habitación y Rebobine, Por Favor. Siempre a camino entre la comedia y el drama, el film cuenta la historia de un joven que ha vivido encerrado toda su vida en una casa, obsesionado con una serie de televisión que realmente no existe y era rodada solo para él, y que ahora debe enfrentarse a un mundo real para el que no está preparado.

Se trata de una película pequeña y sensible, pero también llena de momentos y diálogos hilarantes, que analiza sin pedantería alguna nuestra relación con el pasado, con todo aquello que nos ha marcado cuando crecíamos, con la nostalgia de los héroes e iconos que tenemos de niños, y especialmente cómo la ficción y la cultura definen en muchos sentidos nuestra educación vital. Lo hace desde el punto de vista de que es necesario madurar, encontrar una resolución para continuar avanzando, pero al mismo tiempo rechaza que en este proceso no haya que mirar atrás. Al contrario, no se puede romper totalmente con lo que somos, sino construir sobre esa base una nueva identidad.

Canto al cine, a la creatividad y las suecadas, el film es una joya humilde y muy divertida que solo si se mira desde el prisma del drama social puede resultar ingenua y fallida (no me imagino que quienes hayan pasado por una situación similar encuentren mucho humor en su propuesta, la verdad).



Otro de los directores fundamentales en este festival era John Cameron Mitchell, y que alguien me explique por qué una película como HOW TO TALK TO GIRLS AT PARTIES () está en Noves Visions en lugar de formar parte de la Sección Oficial Fantástico, donde ha habido sitio hasta para dos documentales que, por la propia definición del género, no pintaban nada ahí. El film nos lleva hasta la ciudad inglesa de Croydon en 1978, en plena revolución punk, donde tres chavales en busca de fiesta acaban metiéndose en los planes de una secta alienígena que está de visita por el país, y en concreto trabando amistad con una extraterrestre con ganas de explorar libremente el planeta y sus costumbres.

Fresca, gamberra y delirante, la película confirma el amor del director por la música y el arte visual que ya demostró en Hedwig and the Angry Inch. Su lado punk y anárquico está plasmado con energía y humor, una rabia adolescente que se ve rota por completo cuando entran en escena los aliens, con su mundo pop de sintetizador y comportamiento mecánico, en una de las escenas más tronchantes de lo visto en el festival. El film acaba convirtiéndose en un viaje iniciático tanto para los chavales como para la joven extraterrestre (una excelente Elle Fanning pasándoselo como una enana con su marciano personaje), y construyendo un discurso sobre la libertad individual y la revolución frente a los esquemas cerrados de los padres, como forma para hacer avanzar la sociedad y que no se consuma a sí misma.

El tramo final, más emotivo, es también más convencional y por ello decae un poco, así como el epílogo tiene unas cuantas referencias de más a Neil Gaiman (autor del relato original) que dan la impresión de ombliguismo, pero no desluce una de las cintas más originales y divertidas de esta edición.



La mayor sorpresa del certamen, sin embargo, vino justo al final y la vi prácticamente por casualidad, porque ya llevaba saltadas unas cuantas por encontrarme mal. Fue la australiana BOYS IN THE TREES (), un cuento de terror adolescente que mezcla los mundos fantasmales con esa última noche o ese viaje de crecimiento vital tan clásicos en el género, como los de American Graffiti o Cuenta Conmigo. Situada en la noche de Halloween de 1997, la historia sigue a un joven aspirante a fotógrafo que acompaña a su casa a un antiguo amigo, ahora convertido en el chico del que todo el mundo abusa. Por el camino cuentan historias de miedo y recuperan recuerdos olvidados de cuando eran niños y todavía eran inocentes.

Rodada con una sensibilidad exquisita para el drama y con una atmósfera entre lo mágico y lo oscuro, la cinta va atrapando poco a poco con su exploración de los miedos que nos impiden crecer y las culpas que nos obligan a madurar, el dolor del rechazo y los monstruos que se esconden detrás de todos nosotros, acechándonos en la noche o convirtiéndonos en lo que no queremos ser. La historia nos enfrenta con los demonios de esta época convulsa, nos recuerda todas aquellas cosas que hicimos cuando no éramos conscientes y cómo pudieron afectar no solo a nuestra vida, sino a la de los demás. Una tragedia con aroma a Charles Dickens y Edgar Allan Poe, tierna y a la vez cruel.

Mezclando con una pericia inusitada sus dos vertientes, la fantástica y la real, es un viaje a un mundo tan reconocible como particular, entre el canto a la vida y la fascinación por la muerte. Visualmente poderosa, con un fabuloso empleo de la música (o su ausencia), es una auténtica joya pequeña y emotiva. Una de las obras más grandes del festival, ocultas en una sección paralela en el último día de proyecciones.



Una de las cintas que tuve que dejar a medio, pero que luego pude completar en el tren, fue el anime A SILENT VOICE (). Y por cierto que tiene muchas similitudes con la película de mi viaje de vuelta el año pasado, El Himno del Corazón, porque ambas son tremebundos melodramas adolescentes que duran más que un día sin pan. En este caso, el film aborda el bullying y sus efectos tanto en la víctima como en el abusador, en una historia de amor y amistad que da excesivas vueltas sobre sí misma para contar lo que cuenta.

Está rodada con mimo y sensibilidad, su primer tramo es excelente, pero pasado un punto no tiene mucho más que aportar. Los diálogos y situaciones son repetitivos y machacones, el drama está forzado para ser más lacrimógeno y los personajes se enrocan en una falta de evolución para permitir añadir más minutos de forma totalmente innecesaria. En 80 minutos habría sido una bonita historia, en 130 es una pesadez.



Por último tenemos una comedia indie americana, THE LITTLE HOURS (), que adapta el Decamerón de Boccaccioen lo que no deja de ser una comedia más de tono Apatow cuyo único punto original es estar situada en el siglo XIV en un convento italiano. Hay buenos gags, buenos personajes y buenos diálogos, situándose en sus mejores momentos cerca de la parodia de Mel Brooks y en sus peores cerca de la parte sensiblera de la comedia americana reciente. Sin embargo, todo eso no construye nada realmente relevante. No hay una sensación de discurso ni de crítica social, ni se busca transmitir nada con lo que cuenta más allá de la funcionalidad humorística, que está bien resuelta, pero que una vez se termina no deja nada en la memoria. Solvente y olvidable.


Eso es todo en cuanto a los artículos diarios desde el festival. Esta semana haré el típico balance con lo mejor y lo peor de esta edición y cerraremos definitivamente un año más desde las costas catalanas con el deseo de regresar dentro de doce meses.

@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 717 veces