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Diario de Sitges 2017 (VI): Conejos y otros animales

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El Festival de Sitges ya ha pasado su ecuador y, desde este lugar soleado donde la gente baja a la playa a bañarse o se pasea para tapear o se disfraza de zombie en familia o se reúne para comentar la última de Lanthimos o se abandona al placer en el callejón del pecado o se apresura para la siguiente sesión, todo es una burbuja de paz y comunión cinéfila/turística. Aquí Puigdemont y su DUI diferido, Rajoy y su 155 interruptus, Casado y sus cunetas subliminales, Montoro y sus empresas migradas, los franquistas y los indepes y sus banderas y sus palizas, todo eso queda muy lejos. Como si fuese un mundo de película fantástica. Como si todas esas toneladas de estupidez humana que circulan a sus anchas por este país no fuesen con nosotros. Como si, cuando el certamen se acabe, fuésemos a volver al mismo mundo que dejamos cuando vinimos a Sitges.


Pero basta de escribir sobre mitología mientras disfruto de un café en una soleada terraza, a escasos metros de Jaume Balagueró. Vamos a lo real, al cine. Como buen fanático de la ciencia ficción y en concreto de los viajes en el tiempo, tenía muchas esperanzas puestas en CURVATURE (), una cinta de bajo presupuesto cuyo argumento recuerda al de películas como Los Cronocrímenes o Synchronicity. Por eso, el chasco al encontrarme un producto mediocre en forma y fondo ha sido aún mayor. Porque hay pocos elementos, fantásticos o dramáticos, que se puedan salvar en este thriller lleno de agujeros de guion y diálogos impostados.

Toda obra de viajes temporales contiene una paradoja. Puede ser abierta (el viajero en el tiempo cambia con sus acciones el pasado o el futuro) o cerrada (el viaje está incluido en el tiempo de destino, por lo que se crea un bucle), pero elijas la opción que elijas, hay que tener las ideas claras para saber qué personaje hace qué en cada momento. El espectador puede ignorarlo y solo averiguarlo (o deducirlo) al final, pero el guionista tiene que tener un esquema diáfano para construir el esqueleto de la historia. Aquí no hay esqueleto, es una bolsa de huesos sueltos de perro y gato mezclados que alguien te dice que son un dinosaurio porque no entiende los conceptos más básicos de biología. Metáfora de mierda para decir que los creadores de este film no han entendido nunca ninguna película de viajes temporales, a la vista del cacao sin sentido que crean, que no se sostiene ni aunque quieras disculpar sus fallos más flagrantes. Es un despropósito de principio a fin.

A eso se suma que todo el contenido dramático del film es falso y anquilosado, una sensación acentuada por intentos ocasionales de romanticismo visual de revista de viajes; que los actores son regulares como mucho (incluso el clon de Inés Arrimadas que la protagoniza); y que la no hay asomo de intriga o tensión en el desarrollo de su misterio.



También es fallida, aunque en este caso por lo menos hay una mente pensante detrás, la australiana RABBIT (), un thriller de autor sobre secuestros y gemelas conectadas mentalmente que tiene una concepción visual rabiosa y elegante, pero que se queda a medias a la hora de utilizarla para una historia que merezca la pena. Como concepto para un cortometraje habría sido magnífico, porque sus ideas son estimulantes y están abordadas con una gran expresividad; es a la hora de querer expandirla cuando se encuentra con problemas narrativos que no es capaz de solucionar.

El principal lastre del film es su falta de fluidez. La trama avanza a trompicones, con espasmos donde todo cambia y largos trechos estáticos y repetitivos que parecen estar llenando metraje sin aportar nada. Los personajes tampoco llegan a avanzar más allá de lo esquemático de su presentación, ni se concretan de forma satisfactoria las motivaciones de esa especie de secta científico-religiosa que centra la mayor parte de la historia. De hecho, su postulado final sobre la importancia de los gemelos carece de la fuerza y definición necesarias para justificar la historia que nos han mostrado antes. Así, solo nos quedan ramalazos de un director con capacidad de sobra para manejar con impacto lo visual y sonoro, para crear una atmósfera malsana, pero que debe encontrar una voz que le guíe en lo narrativo.



En el lado opuesto de la creatividad se encuentra LA PIEL FRÍA (), una película que se mueve por terrenos tan familiares que aburre pese a la corrección absoluta con la que está rodada. El problema que tiene no es tanto de ejecución como de planteamiento de la idea, que bebe de fuentes como Pitch Black, El Juego de Ender o los mitos de H.P. Lovecraft. Y es que todo lo que quiere ser ya lo hemos visto muchas veces antes, y todo lo que podría aportar al género está oculto bajo esa capa de terror de supervivencia tan funcional como olvidable.

La historia nos lleva a una isla perdida donde dos hombres se deben enfrentar a unas criaturas que parecen haber evolucionado del cruce entre anfibio, pez y humano. Los bichos atacan, ellos se defienden, atacan, se defiende, ataque, defensa… Básicamente, esa es la estructura que sigue el film, sin siquiera innovar entre una secuencia u otra. Algún factor se altera, pero la mecánica y estrategia de los ataques se mantiene igual, con lo que poca tensión o sorpresa se puede crear. Pero eso solo supone rascar la epidermis de la historia, quedarse con lo más típico en lugar de buscar el centro del relato para construir emocionalmente desde ahí. Toda la evolución de la historia, todas sus implicaciones humanas, científicas e incluso alegóricas, se concentran así en los últimos 15 minutos y se abordan con menos potencia climática que las grandes escenas de acción. Antes de eso, los elementos que anuncian este giro están tratados como meros añadidos sin importancia a una manida historia de monstruos, cuando deberían ser el motor narrativo. Una oportunidad desaprovechada para mostrar que el cine de género puede ser un contenedor para una reflexión moral y sensible sobre la naturaleza del hombre.



Bastante más original y juguetona resulta ANIMALS (), una comedia donde la realidad se descompone y confunde en una especie de cine de Möbius infinita. El argumento, en este caso, es perfectamente trivial y lo único que importa saber de él es que la pareja protagonista es un matrimonio en crisis por una infidelidad. A partir de este punto, todo en la película es un laberinto de tiempo y espacio. Pasado, presente y futuro no siguen un orden normal y van entrando y saliendo de sí mismos, repitiéndose y alterándose, destruyendo la relación causa-efecto, percibiéndose a distintas velocidades y con distintas elipsis según el personaje. Los hogares se comunican entre sí aunque estén a distintas alturas y distancias. Las identidades se mezclan y solapan, se clonan y se desdoblan al mismo ritmo que se fusionan y mezclan.

Todo esto puede parecer muy abstracto, y lo es, pero el film no está narrado de forma solemne y pretenciosa. Al contrario, está lleno de humor, el ritmo es ligero, y la puesta en escena no está recargada de simbología. A Greg Zglinski le basta con unos cuantos elementos cotidianos y una batidora mental para ir llevándote por un camino muy loco y ajeno a la lógica tradicional. ¿Sin sentido? En absoluto. El objetivo de este caos controlado, con una estructura sólida pero irreal, es precisamente deconstruir la mirada de cada componente de una pareja en proceso de descomposición, cómo se alejan sus puntos de vista sobre hechos y emociones, y cómo sus expectativas sobre quién debería ser la otra persona van moldeando su realidad subjetiva y distanciándola de la del otro. Se abre así una brecha cognitiva que a veces se intenta recomponer mediante el disfraz, la asunción del rol deseado por la pareja, pero es de una solución transitoria que solo consigue que la relación se disuelva con mayor rapidez.

Todo ese discurso, empleado de forma conceptual para un juego de espejos y realidades, es lo que esconde esta cinta tan estimulante.



Y después de todo ese análisis concienzudo y filosófico, toca no decir nada. Porque lo más difícil de hacer para alguien que se dedica a criticar películas es tener que escribir sobre una que no te ha despertado nada más que un “bien”. Es el caso de SWEET VIRGINIA (), un noir de estilo clásico muy correcto en todos y cada uno de sus apartados, pero que no destaca ni a favor ni en contra en ninguno de ellos. Los actores cumplen sin fisuras. La puesta en escena es elegante, sobria y sin alharacas (y sí, empleo esta palabra por primera vez en mi vida para darle algo de sustancia al párrafo). La trama no tiene sorpresas pero está construida de forma sólida. Los personajes y diálogos son buenos. Pese a que tiene un ritmo lento y meditabundo, se deja ver con facilidad y sin aburrir. La violencia está presente con la crudeza necesaria, pero sin cargar las tintas en ella. Todo en el film es adecuado, apto, cabal, apropiado, aceptable, cumplido. Correcto. Bien. Y ya.


Para el próximo artículo me reservo un par de agradables sorpresas y alguna que otra película correcta. Lo bueno es que por ahora estoy logrando evitar casi todas las cintas que todo el mundo odia (menos Ángel Sala, que dice que son una maravilla, así que se irán con premio), como Dhogs o Black Hollow Cage, o que están divididas entre los que dicen que no están mal y los que dicen que son horribles, como The Maus o El Secreto de Marrowbone. Que siga la racha.

@DamnedMartian

 

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