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Diario de Sitges 2017 (I): Amor húmedo y bucles temporales

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Por quinto año consecutivo estoy, contra viento y marea, en el Festival de Sitges. Seguro que, preocupados por mí, estáis pensando que ese deje de dificultades que se trasluce de la primera frase de este artículo se debe a la situación inestable en Cataluña y en las dificultades que tengo como murciano para entrar/ser aceptado/lo que sea aquí, tan lejos de mi tierra. Tengo que admitir que algo de preocupación sí que tenía al respecto antes de venir, pero los que me siguen en Twitter habrán podido comprobar por este hilo que en realidad toda la mala suerte y los problemas los tuve justamente en mi propia región, que no está menos convulsa estos días, y que al llegar aquí lo he encontrado todo como siempre: acogedora, turística, pacífica y, estos días, centrada en el cine fantástico. Como debe de ser. Lo que ocurra o deje de ocurrir en los próximos días será otra historia de la que espero no tener que contar nada relevante. Solo birras, amistad y buen cine, mucho buen cine.



¿Por dónde empezar? ¿Por la película de inauguración o por la primera obra maestra? Por suerte para mí, no tengo que elegir porque son la misma cosa. LA FORMA DEL AGUA () es una absoluta delicia, cine en estado puro con aroma a clásico que consigue destilar toda la esencia de Guillermo del Toro, de su estilo, sus influencias y su trayectoria, en una de las historias de amor más hermosas, tiernas y poéticas (y, por qué no decirlo, sensuales de un modo extraño) de los últimos años.

El mexicano siempre se ha caracterizado por ser más un estilista que un narrador. Su cine está bellamente concebido, pero suele quedarse algo corto a la hora de morder al espectador, bien sea en cuanto a tensión, bien en cuanto a emoción. Su toque naive suele chocar con unas historias que piden a gritos una mayor brutalidad o una mejor construcción de personajes para acercar el drama. Pero todos esos ensayos, apreciables e incluso muy buenos, han sido un aprendizaje que ha eclosionado aquí, el film que marca su madurez como cineasta y autor. Una película que desde el comienzo se plantea como un cuento de hadas y que avanza pausadamente, navegando entre referencias cinéfilas perfectamente engarzadas en el relato, con la mirada siempre puesta en el mismo lugar: el corazón. No de forma pedante, ni maniquea, ni cursi, sino con sensibilidad y delicadeza. Con una mirada adulta que nunca pierde la capacidad para asombrarse, encandilarse, enamorarse con lo que cuenta, pero siempre poniendo por delante la historia y los personajes, y usando todo lo demás en su servicio. Quizá sea su obra más rica y perfecta porque por primera vez el que está detrás es un hombre con risa de niño, y no un niño con voz de hombre.

Cada pieza está justamente donde debe estar. Los personajes (hasta los secundarios) tienen vida, respiran, sufren, y nosotros con ellos, gracias a unos actores fabulosos que encuentran en ellos rincones inesperados de emoción y tragedia (incluso el villano interpretado por Michael Shannon); no hay un diálogo desperdiciado ni un fotograma inútil, todos avanzan el relato al tiempo que aportan matices que hacen el discurso más complejo; y el lenguaje visual, tan presente en Del Toro, no es un mero atrezzo sino una forma narrativa muy cuidada que articula emociones y sensaciones que no se pueden contar en palabras. De hecho, el film contiene algunas de las mejores secuencias del año, pero ninguna mejor que el inciso musical donde la realidad se resquebraja y atisbamos el mundo interior de la protagonista (una Sally Hawkins excepcional). Sinceramente, quien no se emocione con esa escena es que está tan muerto como los dedos del malo.

El resultado es una obra profundamente emotiva sobre monstruos y seres rechazados, sobre nuestro lugar en el mundo como seres humanos, incluso sobre ética y política; un homenaje al cine clásico, a la música y al arte como formas de canalizar nuestros sueños, esperanzas y deseos; pero, ante todo y sobre todo, una historia sobre seres solitarios salvados por el amor.



Hablando de cosas bastante menos interesantes, en la primera jornada también se proyectó el Director’s Cut de la coreana THE BATTLESHIP ISLAND (), y yo no fui a verlo porque ya vi la versión recortada, que son 132 minutos y ya se hace larga de más. Además de que otra media hora de metraje no iba a solucionar los problemas que tiene, porque son de la propia concepción del film, una historia bélica que podría haber sido un potente documento sobre la barbarie de la guerra, pero que se queda bastante licuada al estar contada desde el hálito comercial y una voluntad más aventurera que dramática.

No me entendáis mal: es una película perfectamente competente en todo lo que se propone. Las escenas de acción están bien resueltas, los elementos de comedia están bien medidos dentro del drama, y los personajes y sus arcos están bien definidos. Es una solvente película de cárceles y fugas. Pero tira de tópicos a rabiar, tanto en los conflictos como en su resolución, y su epicidad está mal entendida: cada vez que hay alguna duda sobre qué podría crear mayor impacto emocional en el espectador, se apuesta por la espectacularidad en lugar del intimismo. Y eso la despoja de buena parte de su autenticidad, dejando como juguete para la taquilla lo que podría haber sido una mirada humanista sobre un episodio realmente terrible. Que su plano final quiera jugar una última (y prácticamente única) baza de identificación con el público, más allá de los gestos y sacrificios ‘de película’ que se suceden en su clímax, queda como un gesto inmerecido por haber descuidado los aspectos más sociales e históricos de su discurso.

¿En qué cambiará el Director’s Cut? Sospecho que en la inclusión de alguna que otra subtrama desarrollando personajes secundarios que apenas salen en un par de escenas, pero que tienen cierta importancia en los compases finales (el niño, el de las gafas). Pero no habrá un cambio de tono, porque sería hacer otra película totalmente distinta.



Peor resulta RESCATE EN OSIRIS (), un pastiche con aroma de videoclub que se anuncia a bombo y platillo como ‘Science Fiction Volume One’, sin duda con la voluntad de comenzar una franquicia (termina con un cliffhanger de final de temporada absurdo) que debería haber sido una serie de televisión, porque como película deja bastante que desear (incomprensiblemente, tiene ya distribuidor para nuestras salas). Se trata de un compendio de lugares comunes del género con poca cohesión entre sí y con un déficit de atención absoluto a la hora de llevar la trama, lo que hace que se detenga continuamente en flashbacks y subtramas que no le importan a nadie, y que tampoco añaden ningún aspecto imprescindible a personajes o situaciones.

Hay algunos momentos salvables y escenas realizadas con competencia, pero porque tiran de manual más que por haber un guionista con mirada incisiva o un director con garra detrás. Incluso se puede elogiar su aspecto visual, ya que para ser un producto de bajo presupuesto, luce bastante bien en pantalla. Pero luego llegan los insertos epilépticos, la gratuita división en capítulos, los diálogos interminablemente expositivos o los monstruos invencibles que se matan con una metralleta y parecen sacados de Dentro del Laberinto, y la ilusión se cae.



Afortunadamente, el día ha acabado bastante mejor con THE ENDLESS (), la nueva película de Justin Benson y Aaron Moorhead, que hace un par de años ya dejaron muy buenas sensaciones con Spring. Y, fieles al estilo que ya mostraron en ese film, de nuevo aplican el naturalismo mumblecore a una historia que se mueve por terrenos de pesadilla cuántica, introduciendo poco a poco elementos fantásticos en un relato que comienza como un drama psicológico y se va tornando más complejo e imprevisible conforme avanza.

Benson y Moorhead juegan con lo metalingüístico desde el principio, reservándose los papeles principales en la historia de dos hermanos que huyeron de un culto religioso a una deidad del bosque y que una década después deciden volver para ver qué ha sido de sus compañeros. Su mirada comienza centrándose en las secuelas psicológicas de la desprogramación, cómo ha afectado a la relación fraternal y cómo la vida fuera del culto no parece ser mejor. Lo extraño va haciéndose presente sin prisa, a base de detalles que chirrían y que van creando un aura de misterio que solo en su segunda mitad se concreta en un laberinto kafkiano con más preguntas que respuestas, y en donde la creatividad en la puesta en escena y la originalidad de las ideas suplen con creces el exiguo presupuesto.

Meterse en bucles y dimensiones paralelas es un riesgo, porque la estructura dramática se te puede derrumbar, pero el dúo de directores mantiene su mirada cercana y sin pretensiones, siempre con un ojo puesto en el corazón de la historia: la relación entre los dos hermanos. Es el ancla al que vuelven cuando las cosas se ponen muy locas, el motor que nos guía en medio de la confusión, de modo que no es necesario que entendamos el lugar de cada subtrama en el gran esquema. Son solo piezas en la evolución de los personajes, en su lucha por superar un pasado traumático. Es un juego estimulante y perverso, muy entretenido de seguir, pero al fin y al cabo solo una herramienta para narrar una historia humana.


Eso es todo por el primer día. Que ya es suficiente, teniendo en cuenta las circunstancias. Como siempre, no sé la regularidad que podrán tener los artículos, pero haré todo lo posible por mantener el ritmo de uno diario. Mientras tanto, si queréis seguir las reacciones más o menos en tiempo real, podéis leerme en Twitter.

@DamnedMartian

 

Fuente: CINeol | Visitada: 532 veces


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Comentarios (1)

22:47 - 06/10/2017

Miniviciao@

Pues a mi la de osiris me parecio muy aceptable y entretenida.


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