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Crítica - María Antonieta (2006)

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'¿A qué huelen las Princesas?'

04/01/2007 - Por Irulan

(4/5)

María Antonieta (2006)
Director: Sofia Coppola
Intérpretes: Kirsten Dunst (María Antonieta) / Jason Schwartzman (Luis XVI) / Rip Torn (Rey Luís XV) / Judy Davis (Condesa de Noailles) / Rose Byrne (Duquesa de Polignac) / Mary Nighy (Princesa Lamballe) / Steve Coogan (Embajador Mercy) / Asia Argento (Madame du Barry) / Marianne Faithfull (Reina María Teresa) / Molly Shannon (Tía Victoria) / Shirley Henderson (Tía Sophie) / Jean-Christophe Bouvet (Duque de Choiseul) / Jamie Dornan (Conde Fersen) / Aurore Clément (Duquesa de Chartres) / Guillaume Gallienne (Conde Vergennes) / James Lance (Léonard) / Dominic Gould (Conde) / Sebastian Armesto (Conde de Provence) / Tom Hardy (Raumont) / Jean-Marc Stehlé (Doctor d\'Artois)
Duración: 123 minutos
Sinopsis: Película que narra la breve e intensa vida de la legendaria y enigmática María Antonieta, una ingenua princesa austro-húngara que a los 15 años fue entregada en matrimonio al príncipe heredero de la corona francesa. Cuatro años después sería coronada reina, [...]
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Estreno en España: 5 de Enero de 2006
Nota I.M.D.B.: 6.6/10 (5,342 votes)



CRÍTICA


¿A qué huelen las Princesas?



Es-cán-da-lo. Es un escándalo. La que se ha montado con María Antonieta, lo nuevo de Sofia Coppola, hijísima donde las haya. O que la amas o la odias. Te parece una auténtica genialidad o una broma bochornosa. Tal y como sucediese hace unos años con Moulin Rouge, una de esas cintas de “nuevos autores” que provocan amor y aversión a partes iguales.

La mención del film de Baz Luhrmann en esta crítica es todo menos una coincidencia. Aunque no lo parezca, su Molino Rojo y esta Reina Adolescente tienen bastante que ver. Ambas son películas de época que juegan con música y actitud contemporáneas. Ambas son exuberantes formalmente. Ambas han provocado y provocarán reacciones encontradas. Y es que son extremadamente personales. ¿Son buenas? ¿Cuál es la mejor? Eso dependerá, más allá de sus valores cinematográficos, en los ojos del que mire. O al menos esa es la única forma en que yo me explico tanta adoración y odio. Si comulgas con Luhrmann, con su forma de ver las cosas, con sus gustos estéticos y musicales, amarás Moulin Rouge. Si no, te parecerá una orgía kitsch de mal gusto. Si te chiflan los planos preciosistas de Coppola, sus silencios y sus bandas sonoras alejadas de los circuitos comerciales, esta Maria Antonieta será un festín para tus ojos. Si por el contrario sus películas te parecen pretenciosas y snob; entonces esta que nos ocupa se te antojará como la peor de todas.



Así de sencillo. Y así de complicado. Es esta quizá la obra más arriesgada de la realizadora, y en ella se nota cómo su confianza se ha acrecentado tras los buenos resultados de sus dos films anteriores: Las Vírgenes Suicidas y Lost In Translation -galardonada con el Oscar al Mejor Guión Original-. Esto, por supuesto, tiene sus consecuencias positivas (principalmente el impecable uso de un presupuesto holgado), pero también negativas (quizá se ha confiado demasiado).

Pero centrémonos: María Antonieta es todo menos una película histórica. Es más bien un largo “anuncio” de estética delicada que pretende mostrarnos los años de juventud de una Reina, de una niña a la que traen y llevan, una joven a la que su propio marido rechaza y que encuentra su salvación en un mundo de lujo y opulencia en el momento menos indicado de todos: los albores de la Revolución Francesa. La película así no nos habla de política, ni del pueblo -están ahí, pero no nos importan realmente-, sino que nos habla sólo y exclusivamente -y esto sí, con rigor histórico- de los entresijos de Palacio: cómo eran sus fiestas, la comida, las costumbres y cómo se vestían y desvestían los más ricos del reino. Todas y cada una de las escenas de la película están construidas con un solo propósito: lucir. O seducir. Enamorar. Ser la cosa más bonita que hemos visto en nuestra vida. Desde los decorados (qué lujo ver el auténtico Versalles) o la ropa (espectacular, de Milena Canonero, ganadora de dos Oscars) hasta el mismísimo reparto. No hay nada ni nadie que no parezca cuidadosamente colocado en el marco de la pantalla; una pantalla con la más limpia de las fotografías, donde todo son tonos suaves, claros, pastel, pero llenos de matices; una pantalla donde todo se mueve al ritmo de la new wave de los años ochenta, del post-punk o algunos de los grupos actuales más de moda. Y si a priori uno puede pensar que ver a la joven Reina correteando por palacio mientras suenan los Strokes (o bailando al ritmo de Siouxsie & The Banshees) puede ser algo de lo más raro, lo cierto es que no, no lo es. Porque la selección musical está tan cuidada que cada canción que suena refleja un sentimiento y lo hace apropiadamente, y porque en el fondo, los nuevos románticos tuvieron mucho que ver con el tiempo en que se desarrolla la acción del film. Es más, la película a veces parece una colección de vídeos musicales -y qué vídeos-, destacando personalmente el I Want Candy (esa sucesión de zapatos y tartas… en la que es quizá una de las mejores secuencias del film) o el Ceremony de New Order (para ver el amanecer tras pasar toda la noche celebrando un cumpleaños).



Y todo ese lujo, toda esa brillantez formal, no hace sino resaltar la belleza de Kirsten Dunst. No nos engañemos: la suya no es una gran interpretación, pero más que nada porque no es un gran papel. Apenas conocemos lo que ronda por la cabeza de su personaje, ella sólo está ahí para sonreír, para llorar, para bailar y para conquistar a todos y a todas con ese encanto personal que irradia. Es una figurita de porcelana dentro del aparador de la directora. Tal y como sucede con el resto del (excelente) reparto: desde Jason Swartzman –un Delfín blando, inocuo- hasta los británicos Steve Coogan o Shirley Henderson, pasando por nombres tan dispares como los de Marianne Faithful, Asia Argento o una irreconocible Molly Shannon.

María Antonieta es, finalmente, un experimento en el que Sofia Coppola ha intentado ir más allá; una película que, ante todo, yo calificaría de personalísima, subjetivísima. Y desde mi propia subjetividad he de reconocer que yo disfruté, que se me pasó volando y me resultó encantadora, entretenida, preciosa,… Del mismo modo que habrá muchos a los que les parecerá aburrida, reiterativa, vacua, superficial y empalagosa. Pero para opinar hay que verla, y con cuantos menos prejuicios mejor.

 

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