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Crítica - El Color Púrpura

Poster

'Magnífico'

25/01/2006 - Por Damned Martian

(5/5)

De todos es sabido que la industria del cine (incluyendo en ella también a crítica y público) es tan dada a poner en un pedestal a sus ídolos como a apuñalarles por la espalda. Y Steven Spielberg es posiblemente el que mejor lo sabe. A mediados de los 80 era uno de los pocos que podía presumir de tener a sus pies tanto a crítica como a público. Sin embargo, el Oscar se le resistía: Tiburón, En Busca del Arca Perdida y E.T. estuvieron nominadas a Mejor Película, y él estuvo nominado como Mejor Director por las dos últimas y por Encuentros en la 3ª Fase, sin resultado. Para la industria, Steven seguía siendo el chico de las (buenas) películas de acción y fantasía. Así que cuando Spielberg rodó la película que nos ocupa, la gente no tardó en verlo como “su salto a la madurez”. Pero como todos conocemos a las malas lenguas, se le acusó también de dar dicho salto sólo para ganar un Oscar. Y aunque estuvo a la altura del reto, al final le dieron la espalda. Tan drásticamente que aún hoy, El Color Púrpura sigue ostentando el injusto record de película más derrotada de la historia: 11 nominaciones, 0 Oscars, algo que ya se preveía cuando le ignoraron como Mejor Director.

Lo primero que choca al ver la película, al menos durante los primeros 20 minutos, es la forma en que se presenta a la raza negra. Lejos de ofrecer una visión complaciente, Spielberg nos los muestra como vagos, maleantes, incultos, analfabetos, endogámicos, machistas y un rosario de otros defectos. A primera vista, este retrato podría pecar de racista. Pero retrocedamos a los años 30 y fijémonos en la obra del dibujante Tex Avery. En esa época, Avery creó multitud de cortos de animación donde presentaba a los negros de forma parecida, si bien mucho más caricaturesca, resaltando todo esto y mucho más (como su adicción al juego) para burlarse de ellos. Tan bestia llegaba a ser que algunas de esas obras aún hoy están censuradas en Estados Unidos. Sin embargo, prestando atención tanto a esos cartoons como al resto de su obra podemos comprobar que Avery no tenía piedad con ningún colectivo, que se reía de todos y de todo. Independientemente de que los presentase como héroes o villanos, sus personajes eran basura blanca, negratas, amarillos… Y en muchas ocasiones, esto mismo lo utilizaba para celebrar su diversidad o las características que hacían única a una etnia o grupo social. Y, como toda buena parodia, extraía sus ideas de la realidad. Porque todo lo que reflejaba era de algún modo cierto: los negros en Estados Unidos atravesaban una fase donde, pese a ser libres como los demás ciudadanos, eran rechazados y relegados socialmente a la clase baja, y todos sus defectos son los de esta clase, esa que no tiene acceso a una buena educación, esa a la que no se le permite mezclarse con los demás, esa cuya vida gira en torno al trabajo sin cualificar y que necesita aferrarse psicológica y pragmáticamente a las estructuras tradicionales para mantener el orden en su mundo. Al igual que ocurría con Lo que el Viento se Llevó, el retrato de El Color Púrpura no es racista, sólo intenta (y consigue de forma excelente) reflejar una realidad que no por políticamente incorrecta deja de ser cierta, una realidad que aún hoy podemos observar en muchos colectivos.

Pero en realidad esta no es una película sobre una raza, ni sobre el racismo, los conflictos familiares (tan típicos en Spielberg) o las diferencias de clase. Todos esos temas están presentes en el film, pero como una aportación secundaria que sirve para reforzar el contexto de la historia. De lo que realmente trata la película es de mujeres. Nos encontramos ante la odisea de una mujer que debe enfrentarse al mundo que le ha tocado vivir, un mundo que se empeña en dañarla, en separarla de sus seres más queridos, en ponerla de rodillas ante los abusos que le infligen y acatarlos sin rechistar, una mujer a la que no le está permitido pensar por sí misma y que carece de todo lo que podría ayudarla a sobrevivir (belleza, talento, familia…). Estamos ante un reflejo de lo que significó vivir en una época y en una situación donde lo más difícil era ser una mujer, ante un cuento sobre cómo una persona consiguió vencer todo esto mediante lo único que poseía y que le daba fuerza: el amor. Es el irrefrenado amor que siente Celie por su hermana lo que la empuja a rebelarse, a mostrarse como un auténtico ser humano ante los ojos de aquellos que la tratan como un animal. Es posiblemente la mejor afirmación de la identidad femenina frente a la tiranía del hombre que se ha hecho desde Hollywood, más allá de diatribas pseudofeministas que caen en el neomachismo, como Thelma y Louise.

Todo esto no sería posible sin la magnífica interpretación de Whoopi Goldberg, su primer y sin duda mejor papel en el cine (claro que tampoco es que eso sea decir mucho mirando su filmografía). Whoopi le otorga a Celie la inocencia de una niña que no ha podido crecer y la resignación de una mujer a la que le han arrebatado su infancia. La complicidad que consigue con el espectador proviene de su asombrosa capacidad para expresar todo lo que siente tan sólo con su lenguaje corporal. No se queda muy atrás el resto del reparto, empezando por un Danny Glover que le da profundidad psicológica a un personaje que se podría haber quedado en un villano de caricatura. Por su parte, Oprah Winfrey expresa a la perfección la fortaleza e iniciativa de su personaje, y logra encogernos el corazón cuando vemos su impecable transformación (mejor no entrar en detalles para no desvelar demasiado). Y la otra revelación del film es Margaret Avery, inmensamente sexy en su rol de la cabaretera Shug, pero también capaz de transmitir con su mirada su fragilidad y ese dolor que se esconde en su pasado y que el guión sólo sugiere.

En resumen, un magnífico film con el que Spielberg demostró que podía aplicar sus más celebradas cualidades (el sentido del ritmo, su peculiar sensibilidad…) para narrar una historia seria, capaz de encoger el corazón y de construir un mensaje que resuene en la mente del espectador mucho después de salir de la sala o apagar la televisión.

 

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