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Crítica - La Casa de los 1000 Cadáveres

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'Para amantes de la serie B'

29/12/2005 - Por Hattie Carroll

(3/5)

Antes de ver una película llegamos cargados de prejuicios y la manera de juzgarla, de colgarle una etiqueta, depende de cosas tan subjetivas como nuestro propio estado de ánimo y nuestra receptividad a entrar en el juego de la película… de haber alguno, claro. Muchas personas jamás entrarían en el juego de La casa de los 1000 cadáveres, un delirio puramente masturbatorio para fans de la serie B sin complejos. Lo cierto es que yo no entré la primera vez y ahora me produce cierto resquemor reconocer que me pareció tan mala como la increíblemente mala House of the dead, película del inefable Uwe Boll que no tiene sentido ninguno y es de visionado obligado para todo del que disfrute viendo cine malo. La casa de los 1000 cadáveres me pareció algo similar. Y ahora me sorprende. En su momento me resultó poco creíble, demasiado bizarra y excesiva, totalmente estúpida y predecible y propia de un friki de las pelis de Romero y Hooper que se ha pasado de rosca. Ahora nada de eso me parece razón para crucificar una película, más bien todo lo contrario. Por aquel entonces andaba yo fascinada por la sobriedad de La matanza de Texas (obra maestra que me sigue fascinando) y no supe digerir los excesos rocambolescos de Rob Zombie. Y desde el principio me situé en una posición de superioridad, me pasé de lista y no hay nada peor que un espectador listillo que aprovecha los defectos para no ver las innegables virtudes de una película. Virtudes que se manifiestan en este caso en la recreación de un ambiente malsano que no es simple intento de copia del cine setentero, que realmente consigue una suciedad sucia hasta la nausea y perturbadora, profundizando en la América olvidada y ofreciendo imágenes tan “bellas” como esa bandera por muchos repudiada (símbolo de una libertad falsa) manchada de sangre. Sus protagonistas (héroes ya en toda regla y sin ningún complejo en su estupenda secuela: Los renegados del diablo) son seres grotescos que con sus propias manos moldean sus obsesiones ajenos a ese concepto complaciente de bien y mal que ninguna película debe olvidar si quiere seducir al gran público. Mención se merecen los hombres de carne y hueso que ponen rostro a esos dementes, por encima incluso de un estupendo Sid Haig, yo mencionaría al que me parece el verdadero icono de la película: un soberbio Bill Moseley. Sin olvidar a Sheri Moon, que básicamente destaca porque está muy buena y porque a Rob Zombie no le duelen prendas para mostrar planos realmente apetecibles y morbosos de su bello cuerpo.

La casa de los 1000 cadáveres sólo puede entretener al que disfruta con la demencia, al enamorado de la casquería, al que con ojos limpios sólo busca pasar el rato en el Tren de la Bruja y se deja seducir por la potencia visual de ciertas imágenes extremas rodadas con exquisito mimo y cuidado por otro enamorado de las películas de terror más grandes de la historia: las de los setenta y ochenta. Se nota que los que fuímos niños o jóvenes en esa época hemos crecido y reclamamos esa vuelta a los orígenes, a la suciedad, al terror puro e inocente que sirve también como medio para expresar nuestra mala leche, nuestro desencanto social y nuestras ganas de ponerlo todo patas arriba. El que se regodea en la locura lo hace para dejar claro que no le gusta el mundo en el que vive, busca en el horror la liberación de su propia frustración y se llena de satisfacción cuando los demás le cuelgan la etiqueta de “enfermo”. Lo estamos, enfermos de una sociedad hipócrita que se escandaliza con las perversiones inocentes del terror descerebrado y tolera y permite, y hasta a veces justifica, actos mucho más aberrantes en la vida real. Enfermos de una industria cinematográfica cada vez más encorsetada, de estrenos insulsos pensados para no escandalizar a nadie, de malos cada vez menos malos y buenos cada vez más estúpidos, de alegrías y tristezas preprogramadas. En ese panorama La casa de los 1000 cadáveres es ya película de culto de un género que parece resurgir gracias a la mala baba de directores como el propio Rob Zombie o Eli Roth (director de la buenísima Cabin Fever).

A Rob Zombie se le puede achacar cierto abuso de la estética videoclipera (que consigue, no obstante, momentos de gran belleza macabra a ritmo de una música perfectamente elegida), cierta pesadez en algunos pasajes y la falta total de sorpresa. Defectos estos (defectos para mí) que consigue solventar con extrema elegancia en su secuela: Los renegados del diablo. Lo fácil hubiera sido rodar la misma película otra vez pero Rob Zombie se nos antoja valiente cuando, decidido a darle una vuelta de tuerca a su obra, rueda una película muy diferente, con otro tono y alejada de los tópicos que repite una y otra vez en su ópera prima. Pero esa… es otra historia.

 

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4.13

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