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Crítica - Días sin Huella

Poster

'Delirium Tremens'

18/03/2005 - Por morneo

(4/5)

Delirium Tremens

Viendo “Días sin huella”, te das cuenta de las experiencias desagradables que pasan determinadas personas por estar enganchadas a un vicio, en concreto al alcohol. Sorprendiendo por su intensidad y su enfoque implacable, la maestría del gran Billy Wilder retrata claramente la espiral viciosa que entrampa a Don (Ray Willand, “Crimen Perfecto", “El ministerio del miedo”) por culpa de su lastimosa afición. Wilder consigue dar a su personaje principal diversas perspectivas de su adicción, muestra como Don se ve, como los otros lo ven y como es él realmente, esto último no es agradable de ver. No hay ninguna degradación moral o física que Don no aguante con tal de sorber un pequeño trago de su ansiado alcohol.

La clave del desarrollo lento de la película, es la inclusión tranquila de Wilder de ciertos elementos que nos muestran esa adicción, como el aumento progresivo de los círculos mojados de los vasos de alcohol sobre la barra, o como Wilder oculta la cámara tras las botellas, enmarcando la cara de Don como si fueran las rejas de una prisión, donde esta atrapado por su alcoholismo, proyectando una sombra deformada de lo que es un hombre y todo girando alrededor de una mentira constante, una montaña rusa que sólo un hombre puede parar.

Presente en casi todas las escenas, Ray Willand es el motor que lleva a “Días sin huella”. Su interpretación fue justamente galardonada con un Oscar, ya que convence con cada gesto de su cuerpo y alcanza, tal vez, una eficacia espantosa. Mirando profundamente en sus ojos, vemos un particular infierno de fe perdida y egoísmo, además de vislumbrar su descenso y caída en la adicción, sobreviviendo gracias a la caridad de su hermano y el amor de su novia. Cuando esta sobrio, Don es una persona avergonzada y honesta, pero la actuación de Milland es igualmente poderosa y a la vez inquietante, no sabes lo que puedes esperar de él. Tanto su hermano, como su novia tratan de salvarlo creyendo que aún dentro de él hay un corazón decente. El dolor de tener su fe continuamente rota puede verse reflejada en sus ojos, aún intentando de ocultar el daño con palabras positivas.

Aunque en una película como “Días sin huella”, la creación de una adecuada atmósfera es de una importancia suprema, aquí os donde entra Miklos Rozsa. Aunque muchas de las escenas de Don son prácticamente mudas, la música juega un factor importante con la expresión física de Milland, transmitiendo un tono emocional, muy adecuado para hacernos llegar sus miedos, depresiones o estados de ansiedad.

Combinando todos estos elementos, Wilder recrea de manera espléndida la experiencia de un alcohólico, ofreciendo la idea que tienen esas personas de sentirse superiores, con más claridad o creatividad por el mero de hecho, no sólo de beber, sino de tener una botella a su alcance.

Aunque hasta no hace mucho hemos asistido también a un viaje a la autodestrucción alcohólica con “Leaving Las Vegas”, con esta película, ganadora del Oscar a la Mejor Película en 1945, asistimos a un espeluznante estudio de una adicción, excelente artísticamente, pero horrorizados por su contenido.

 

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