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Crítica - Roma (2004)

Poster

'Cine argentino en estado puro'

28/10/2004 - Por Sycamore

(4/5)

Dijo Ricardo Darín en una entrevista que, ya que el cine argentino no tenía los recursos de otras industrias, sus efectos especiales eran los sentimientos. Su declaración no podía tener más sentido dada la ola de nuevo cine argentino que nos está llegando, películas llenas de nostalgia, sensibilidad, fragilidad y crudeza, directo a donde más duele. Adolfo Aristaráin pertenece a ese grupo de realizadores argentinos que juegan como pocos con el diálogo auténtico y los sentimientos. Si en Martín (Hache) y Lugares comunes se hizo con el público y la crítica, Roma aguanta el tirón aún sin llegar a la altura de las otras dos películas.

Todo comienza en Madrid, entre escritor y un joven que trabaja para una editorial, y la relación laboral primero y de amistad luego, que surge entre ellos en torno a la última novela de uno de esos argentinos que está de vuelta de todo, que vivió todo lo que tuvo que vivir en su país para luego emigrar a Europa y sobrevivir. La historia es puramente retrospectiva, una revisión a más de 50 años de vida en retazos, en instantáneas a lo largo de lo que Joaco quiere contar, porque el resto le da vergüenza. En paralelo, y al estilo de El mismo amor, la misma lluvia, somos testigos de los cambios políticos y sociales de un país que lleva luchando por su orgullo desde que hace ya demasiado tiempo.

La película tiene, pues, las características del cine argentino: sensibilidad a la hora de contar la vida de Joaco, la crudeza propia de los reveses de su biografía, nostalgia en la mirada del Joaco adulto mirando al río de la vida que ya pasó, fragilidad en la madre de Joaco. Ella es la culpable del título y la culpable también de los momentos más emotivos de la película, es sin duda el personaje más desgarrador y que más supura amor. Lástima que la forma que tiene Joaco de contar su vida no ahonde demasiado en determinados personajes, que su vida tenga elementos tópicos y que no aportan demasiado a las pretensiones de la película. Se echa en falta, sobre todo, que en la relación entre el Joaco adulto y Manuel Cueto no se profundice apenas pues era un filón interesante y muy poco aprovechado, más aún con la química que existe entre un muy correcto José Sacristan y un sorprendente Juan Diego Botto, que sin en Martín (Hache) quedaba un tanto en evidencia al lado de los monstruos que le acompañaban, aquí se defiende estupendamente en sus dos papeles.

Sin llegar a la altura de sus anteriores trabajos, esto sigue siendo cine argentino en estado puro. El ritmo de la película está bien llevado, las elipsis de la vida de Joaco están bien explicadas y el juego de flashbacks nostálgicos para llevarnos a los momentos cumbres de la biografía convencen, aunque hubiera sido mejor que el pasado y el presente se confrontaran más. De estos flashbacks sin duda el que más flojea es el último, donde los tópicos y los acontecimientos previsibles restan autenticidad a la biografía. De la película hay que quedarse sobre todo con Roma, con un personaje que nos regala Aristaráin para siempre, para que admiremos a esas madres abnegadas que lo dan todo sin pedir nada a cambio.

7,5/10

 

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