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Crítica - Las Niñas

Poster

'1992 el año que nos creímos modernos'

02/09/2020 - Por Álvaro de Paz

(4/5)

Las Niñas
Director: Pilar Palomero
Intérpretes: Natalia de Molina (Madre de Celia) / Andrea Fandos (Celia) / Francesca Piñón (Madre Consuelo) / Mercé Mariné / Carlota Gurpegui (Vanessa) / Elisa Martínez (Leyre) / Zoe Arnao (Brisa)
Duración: 97 minutos
Sinopsis: Celia, una niña de 11 años, estudia en un colegio de monjas en Zaragoza y vive con su madre. Brisa, una nueva compañera recién llegada de Barcelona, la empuja hacia una nueva etapa en su vida: la adolescencia. En este [...]
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Estreno 4 de Septiembre de 2020

CRÍTICA



1992 Fue el año en el que España se presentó ante el mundo como un país democrático y moderno. Un rey intachable, una familia real inmaculada, unas infantas llorando desde un palco, y un hijo con un sombrero a lo Indiana Jones que portaba con una sonrisa; la sonrisa de España. La sonrisa que sujetaba la bandera que nos unía a todos en el estadio olímpico de Barcelona, ante los ojos de todo el planeta.


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Parecía que ese día por fin nos habíamos quitado de golpe toda la caspa, y ahora relucíamos como un coche recién comprado. ¿Pero realmente ocurrió así?

Yo fui a un colegio de monjas como Celia; la niña protagonista, y ahí dentro no era Barcelona 92. La “sesualidad” la veías codificada en el plus, o la imaginabas en una revista, o te la contaban los mayores, a los cuales se la habían contado otros más mayores. Bebías whisky del armario de tus padres cuando no estaban para ser “mayor”. Fumabas en callejones y pedías rollo en las discos.

Pilar Palomero nos cuenta en esta su ópera prima a través de los ojos de Andrea Fandos; que sería una especie de alter ego de la propia directora, como fue ser mujer en esa época, donde en la tele apuntaban que ya éramos un país nuevo.

El guión abre con un coro ensayando, y cierra con ese coro ya actuando ante un público. Por el camino el arco de Celia es la curvatura de el autoconocimiento, del riesgo, del ir más allá, del atreverse, y del dejarse influenciar para poder caminar donde nunca habías llegado.

El reparto concentrado en unas niñas que desprenden verdad en cada secuencia. Rodeadas de unos secundarios creíbles, y una Natalia de Molina que supura dolor cada vez que sale en pantalla, dando vida a una madre a la que le pesa la vida y un pasado que no ha terminado aún con ella; un pasado duro que guarda en secreto un dolor que arrastra desde su juventud. Madre sola, ve como su hijo está creciendo cada día, dentro de una pubertad que le empieza a abrir los ojos. Y con ello nacen las preguntas, y con las preguntas hay que buscar respuestas; respuestas que no son fáciles de explicar.

La fotografía de Daniela Cajías nos devuelve a esa España de claro oscuros, una España que pasaba del tono gris del franquismo al sepia, y que ya poco a poco empezaba a ver la luz. Una España que contuvo la respiración durante el lanzamiento de la flecha que encendió el pebetero. Un instante que parece marcar un antes y un después en nuestro intento de cerrar de una vez un rancio olor a viejo que nunca nos terminamos de quitar de encima.

Un país que ese verano del 92 pasaba su pubertad, al igual que las niñas de esta película realizada con mucho amor y mucha ternura.

Recientemente ganadora en el festival de cine de Málaga, tiene un largo camino aún por recorrer donde le auguro una gran noche en la ceremonia de los Goya.

En este año tan atípico en todos los sentidos, un rayito de luz en las salas con una obra así es casi un milagro. Os invito a que caminéis al cine con vuestras familias y vuestra máscara, pero que no os quedéis en casa porque estas niñas de un cole de monjas de Zaragoza de principio de los 90 somos un poco todos.

 

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