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Crítica - Caníbal

Poster

'Que hable el silencio'

11/10/2013 - Por Evelio Barbero

(4/5)

Caníbal
Director: Manuel Martín Cuenca
Intérpretes: Antonio de la Torre (Carlos) / Olimpia Melinte (Nina / Alexandra) / María Alfonsa Rosso (Aurora) / Gregory Brossard (Novio) / Manolo Solo (Vecino) / Joaquín Núñez
Duración: 116 minutos
Sinopsis: Carlos es el sastre más prestigioso de Granada. Un hombre respetable. Su vida es el trabajo y comer, pero no cualquier cosa. Carlos es caníbal. Un día, Nina llega a su vida. Es la hermana gemela de una mujer a la [...]
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Estreno 11 de Octubre de 2013

CRÍTICA



El cine de Manuel Martín Cuenca, definitivamente, no es para todos los públicos. La pausa y el silencio vienen siendo su modus operandi y la esencia de sus historias, distintas en contenido pero cortadas por patrones similares. Donde alguno pueda encontrar intensidad emocional es fácil que otros encuentren parsimonia soporífera. Aplicando la máxima de que menos es más y empleando prácticamente la misma fórmula que en su anterior trabajo, La Mitad de Óscar, Martín Cuenca prefiere que hable el silencio como vehículo narrativo. En el caso de Caníbal el ritmo está algo más justificado por la introversión específica del personaje de Antonio de la Torre, asesino y antropófago sin atisbo de emociones en sus métodos, más cerca de Norman Bates que de Hannibal Lecter por los sucesos a los que se ve expuesto, y con un espíritu de lobo solitario que da rienda suelta a sus instintos en un refugio aislado en la montaña.


(Más imágenes en su galería)



Aunque el ritmo ralentiza considerablemente, demasiado en algunos tramos, un guión interesante que no pierde el tiempo (ni falta que hace) en juzgar a su protagonista, la película es Antonio de la Torre, animal como personaje y bestia como actor. Muy mal se le tiene que dar para no hacerse este año con ese segundo Goya que lleva años rondando, volviendo a demostrar porque es uno de los mejores actores de este país. Sutil y sin aspavientos, no necesita de nada más que su expresión corporal para darle toda la credibilidad a un personaje que de por sí da muy pocas pistas sobre sus motivaciones. Uno no sabe si sufre o disfruta de su condición, si se siente inferior o superior a su entorno, ni siquiera si sus acciones están bien o están mal, pero de alguna forma consigue transmitir su humanidad cuando de repente su mundo interior se ve trastocado.

El argumento y la puesta en escena tan intimista de Martín Cuenca, esta vez sí, justifican casi todo lo que se ve en pantalla. Le resta el excesivo reposo, a veces razonado, a veces no y la añadidura de algunos elementos que uno no sabe muy bien como tomarlos, como la continuada presencia religiosa, de alguna forma ajena al hilo central pero pretendidamente sugiriendo algo. ¿Sentido de culpa? ¿Penitencia? ¿Miedo a ser juzgado por sus actos? Cuando todo es tan minimalista son detalles que se escapan y a la larga acaban pesando. No siempre vas a tener a Antonio para salvar la función.

 

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